Hoy hace tres años que vendí la casa de mis padres. Era un piso muy pequeño, con dos habitaciones, una sala de estar, una cocina diminuta y un baño sin bañera. Estaba a las afueras de Madrid, en una de esas ciudades dormitorio que crecían como setas en los alrededores de las grandes ciudades para albergar a todos los que no podían pagar por vivir dentro.
Recuerdo especialmente el salón, corazón de la casa y testigo de numerosas historias con final feliz. Recuerdo la explosión de luz y de color con la que el papel de flores iluminaba sus paredes, transportándonos a jardines en primavera. El tacto aterciopelado de la manta que hacía las veces de calefacción; un tacto que acariciaba mi piel sumergiéndome en la indulgencia de un roce que evoca la delicadeza de sueños susurrados. Recuerdo también el olor que se colaba desde la cocina, olor a las rosquillas que mi madre elaboraba con la nata que, día tras día, iba guardando en la nevera; un olor que narraba historias de vainilla y de canela, un perfume de lo casero, de lo amorosamente obrado. Cierro los ojos y puedo escuchar el canto del canario que vivía con nosotros en su jaula junto a la ventana del salón. Un canto armonioso que invitaba a las penas a danzar lejos. Recuerdo las comidas de los domingos en la mesa camilla que presidía el salón; el festín que, en días especiales, el pollo asado nos proporcionaba. En cada bocado se apreciaba la sal y la pimienta y la caricia del calor con el que había sido cocinado. Su piel crujiente era una deliciosa amalgama de texturas y de aromas.
Perdida en esos recuerdos de pronto invade mi memoria uno de los momentos más tristes de mi infancia: el día, a mis ocho años, en el que el salón fue transformado: aquella tarde del 5 de enero cuando, sentada junto a la mesa, mi padre se acomodó a mi lado para decirme que los reyes magos no existían; que eran un invento para niños pequeños y que yo ya había dejado, hacía tiempo, de ser una niña pequeña. De pronto, las flores del papel que cubría las parades del salón se marchitaron, dejaron caer sus hojas y perdieron todo su color. El salón, en aquel momento, se tornó gris. Nunca más volví a apreciar el olor de las rosquillas de mi madre; en su lugar, el olor a agrio de los cigarrillos que fumaba mi padre lo impregnaron todo. Un olor que quedaba suspendido como una sombra rancia que teje su presencia en el aire. Cada rincón del salón se volvía cómplice de esa esencia amarga, como si el humo mismo se hubiera convertido en un espectro persistente que danzaba en la penumbra. La manta, refugio aterciopelado contra el frio, dejó de cobijarme y perdió toda su delicadeza. Su textura, suave y acogedora, se desvaneció como un susurro gélido que teje un baile de heladas caricias. A partir de aquel instante, cada una de sus fibras comenzaron a narrar una historia diferente. No volví a escuchar a nuestro canario, como si de pronto se hubiera quedado mudo por culpa del tabaco. En su lugar las voces provenientes del televisor que, incansables, anunciaban noticias de desastres, y los ecos de las continuas discusiones de mis padres que resonaban como trágicas sinfonías. Cada palabra se convertía en una nota aguda que se alzaba y caía, creando un paisaje sonoro donde la armonía parecía desvanecerse entre las sombras de un conflicto persistente. A partir de entonces, el festín de sabores que proporcionaba el pollo perdió su danza de matices; en su lugar, un sabor desagradable se alzó como un intruso no invitado a la mesa. Su esencia dorada se disolvió en una sinfonía quemada. El poema culinario que creaba, desde ese momento fue un verso desafinado, una decadencia de lo exquisito a lo indeseado. Presentes las ausencias de su piel crujiente, y el sabor de las especias.
Consigo evadirme de ese pensamiento, pero me quedo anclada en la casa de mi infancia. ¿Cómo sería hoy mi recuerdo de aquel salón si a pesar de la contundencia con la que mi padre afirmó la no existencia de los reyes magos, ellos hubieran llegado la noche del 5 de enero, al menos, de aquel año? Seguramente, y aunque las flores del papel que vestían sus paredes habrían fallecido de cáncer a causa del tabaco que, durante tantos años inhalaron, colores cálidos y llenos de vida cubrirían sus restos; quizá, un verde esperanza, un azul cielo o un rosa palo. La manta, cobijo de mis sueños y fuente de calor habría dejado paso al abrazo cálido de la calefacción, a unos radiadores que, con su aliento, acariciarían mi piel como cálidas manos que me rozaran suavemente. No sería el canto del hijo de los hijos de nuestro canario el sonido que envolvería el espacio, sino música acompasada. Armonías fluyendo como río sereno, murmullos de melodía convertidos en susurros que acariciarían mi alma. Seguramente de la cocina ya no llegaría un embriagador olor al cariño de una madre. Posiblemente, el aroma del salón sería una fragancia acogedora. Como la esencia de un día soleado de primavera que se filtrara por las ventanas. El sabor de especies y de lumbre del pollo se habría esfumado. En su lugar, en cada bocado, la frescura de un paseo por un jardín de vegetales revelaría una explosión de verdes notas y sabores.
Si quieres saber más sobre mí: www.chusrecio.com




Muy interesante 😃 y totalmente recomendable, gracias.