Cuando lo útil desplazó a lo verdadero
Sobre la transformación de la verdad en función, y el gobierno silencioso de la percepción
Recuerdo un tiempo en el que la verdad importaba incluso cuando no servía para nada. Importaba como importan ciertas preguntas que nos revuelven, como importa una grieta que no se deja sellar o un silencio que interrumpe el ritmo previsto. No aportaba beneficios claros. No optimizaba procesos. No garantizaba consenso. Y, aun así, se la buscaba. A veces incluso a sabiendas de que podía resultar estéril, peligrosa o inoportuna.
Ese tiempo está inscrito en una tradición que entendía la verdad no como algo que se elige, sino como una exigencia. Algo ante lo cual uno queda expuesto. La verdad no era un objeto disponible, sino una instancia que obligaba a responder, incluso cuando la respuesta resultaba costosa. No se la convocaba para resolver problemas, sino para habitar el mundo con mayor lucidez, aunque esa lucidez no trajera alivio. Para Aristóteles, la verdad no debía su dignidad a su eficacia, sino a su adecuación con lo que es. No se la juzgaba por lo que producía, sino por su fidelidad a lo real, por el mismo significado de la palabra con la que se la nombra.
Hoy, sin embargo, la verdad ha sido sometida a una pregunta previa que la vacía de fuerza: ¿para qué sirve?
Antes de preguntarnos si algo es verdadero, evaluamos si resulta funcional: si explica rápido, si confirma lo que ya pensamos, si señala un culpable reconocible, si encaja con nuestras lealtades previas, si permite seguir adelante sin demasiada fricción. Lo verdadero ha sido desplazado por lo conveniente. Y aquello que no supera el umbral de la utilidad queda relegado al territorio de lo superfluo, de lo incómodo o de lo prescindible.
Este deslizamiento no es solo cultural ni pragmático. Es también ontológico, político y perceptivo.
Cuando algo solo importa en función de lo que produce, deja de ser un acontecimiento y pasa a ser un medio. Y en ese tránsito, lo real pierde densidad. La verdad deja de aparecer como algo que nos excede —algo que exige tiempo, contraste y atención— y pasa a ser algo que se moldea. No se la escucha: se la ajusta. No se la recibe: se la edita. No se la soporta: se la administra.
Me viene a la mente una escena. Hace unos meses, un asesor de campaña confesó —off the record— que había recomendado a su candidato repetir una cifra falsa sobre seguridad ciudadana. “Lo importante es que la gente se sienta protegida; la exactitud ya vendrá después.” La mentira era más rápida que la verdad, y más útil. El asesor lo sabía
Heidegger advertía: la modernidad no se limita a usar la técnica, sino que piensa técnicamente. El mundo ya no se nos da como presencia, sino como fondo disponible. Todo debe poder ser utilizado, también la verdad. Lo que no se deja instrumentalizar pierde legitimidad ontológica.
Así, la verdad se adapta. Pero esta adaptación no opera solo a nivel de contenidos. Opera, sobre todo, a nivel de percepción.
Ya no es necesario imponer una visión del mundo desde arriba. Basta con configurar el marco perceptivo desde el que ese mundo será leído. No se gobierna tanto lo que pensamos como las condiciones bajo las cuales pensamos: qué aparece como relevante, qué se presenta como urgente, qué se vuelve invisible, qué nos parece exagerado, sospechoso o innecesario.
Esto es lo que podríamos llamar una gobernanza de la percepción.
No se trata de censurar, sino de orientar la mirada. No de prohibir preguntas, sino de hacerlas improbables. No de negar hechos, sino de diluirlos entre narraciones más eficaces. La percepción se convierte así en un territorio estratégico: quien la gobierna no necesita controlar la verdad; le basta con controlar el modo en que la verdad es recibida (o ignorada).
En este nuevo paisaje, no hace falta ocultar la verdad ni censurarla. Basta con volverla lenta, compleja, provisional. Basta con que llegue tarde. Mientras tanto, otras narraciones —más simples, más emocionales, más operativas— ocupan su lugar porque sirven mejor: ordenan el caos, alivian la incertidumbre, ofrecen un sentido inmediato allí donde lo real solo ofrece preguntas.
La utilidad se convierte así en el nuevo criterio de legitimidad. No solo en la economía o en la técnica, sino también en el pensamiento y en la información. Pensar ya no consiste en abrir una herida en lo evidente, sino en consumir explicaciones funcionales. Adorno lo advirtió con lucidez: cuando el pensamiento se somete a la lógica de la administración, pierde su capacidad crítica. La razón que solo busca funcionar termina por convertirse en una razón obediente.
La verdad, cuando lo es de verdad, rara vez resulta funcional: no llega a tiempo, no confirma prejuicios y no tranquiliza. A menudo incomoda, retrasa, introduce ambigüedad, enturbia. Precisamente por eso resulta cada vez más difícil de sostener en un mundo que confunde claridad con obediencia y sentido con eficacia.
Hemos aprendido a preferir lo que funciona a lo que es.
Este desplazamiento se vuelve especialmente visible en el lenguaje informativo. Las palabras ya no se eligen por su precisión, sino por su efecto. No se habla para nombrar lo real, sino para producir estados perceptivos: miedo, indignación, alivio, adhesión. El lenguaje deja de ser un lugar de encuentro con los hechos y se convierte en una herramienta de orientación de conductas.
Hannah Arendt advirtió que cuando la verdad fáctica se subordina a la utilidad política o emocional, el mundo común se resquebraja. Sin una relación no instrumental con la verdad, ya no compartimos realidad: coexistimos en paisajes perceptivos cuidadosamente administrados.
Leemos una noticia y la creemos. No porque sea verdadera, sino porque hemos aprendido a mirar de otro modo.
Decir la verdad solo se legitima si cumple una función clara: calmar, justificar, reforzar una posición previa. Si no sirve para algo inmediato, se considera innecesaria. Incluso peligrosa.
Entonces, la franqueza se vuelve imprudencia; la duda, debilidad; y el pensamiento crítico, fricción.
En este contexto, la mentira no necesita imponerse por la fuerza. Le basta con ser más eficaz que la verdad. Más rápida. Más sencilla. Más alineada con intereses determinados. La pregunta deja de ser “¿es verdad?” y pasa a ser “¿encaja?”. Y si encaja —si orienta la percepción en la dirección adecuada— adquiere legitimidad, aunque sea falsa.
Esta lógica produce un tipo de sujeto específico: informado, pero no crítico; expuesto a múltiples narrativas, pero incapaz de detenerse ante ninguna. Un sujeto que confunde acceso con comprensión y repetición con juicio propio. Un sujeto gobernable, no porque esté engañado, sino porque no se detiene a mirar.
Aquí se pervierte también la sospecha de Nietzsche. No para desmontar verdades dogmáticas en nombre de una vida más lúcida, sino para legitimar versiones interesadas en nombre de una vida sin fricción. No se busca una verdad más profunda, sino una percepción más cómoda.
En el arte, esta gobernanza perceptiva se manifiesta con claridad. Se exige que la obra sirva, que eduque, que denuncie, que sane. El arte que no se deja traducir en un mensaje claro incomoda. Se le pide que justifique su existencia demostrando su utilidad. Pero cuando el arte sirve, deja de abrir mundo y pasa a ilustrar consignas.
La inutilidad del arte es una forma de dignidad. Kant defendía la experiencia estética precisamente por su gratuidad: el juicio de lo bello no sirve para nada, y en esa inutilidad reside su valor.
Lo mismo ocurre con la experiencia. Walter Benjamin advirtió que la experiencia auténtica no se deja capitalizar sin excedente, sin algo que se resiste a ser convertido en valor. Cuando todo debe servir, ya no vivimos acontecimientos: ejecutamos operaciones. No atravesamos el mundo; lo gestionamos.
Y lo mismo ocurre con el pensamiento. Y con el lenguaje. Cuando todo debe servir, ya no hay lugar para aquello que exige tiempo, contraste, silencio. Ya no hay espacio para una verdad que no se deja usar.
Quizá, entonces, lo más inquietante de nuestro tiempo no sea solo la proliferación de falsedades, sino la naturalización de un régimen perceptivo que decide por nosotros qué merece atención y qué no. Un régimen que no nos obliga a creer, pero nos educa en no preguntar.
¿Cuánto cuesta no saber?
Si quieres saber más sobre mí: www.chusrecio.com





Hola Chus, en tu texto de "posverdad " tomas la idea de Arendt de perdida de mundo común ...también mencionas la fatiga cognitiva que implica filtrar, analizar, detenerse en cada publicación, ...aquí es como q la lupa esta puesta en esa gobernanza de la precepcion qué resulta muy difícil escapar, justamente porque parece no podemos visualizar nitidamente quien maneja los hilos, la estructura nos entretiene con su relato, orienta la discusión, y como mencionabas en 'posverdad" el coste de contradecir la isla de percepcion de nuestra tribu puede ser altísimo ....que nos queda entonces ??...entre la eficacia del sistema y nuestros propios temores ?.....en alguna pregunta que te hice me contestaste " no es que estemos convencidos , es que se nos ha hecho hábito " , aun me resuena como un lugar del que no podremos salir
Gracias por tus textos
Manuel
Gracias, qué texto tan necesario (que no útil). Me recordó aquello de María Zambrano: "No se pasa de lo posible a lo real, sino de lo imposible a lo verdadero".