Discusión sobre este post

Avatar de User
Avatar de Dapi

Estimado Chus, aciertas en algo esencial y poco agradable de admitir: los políticos pueden mentir, manipular y señalar enemigos porque existe una sociedad dispuesta a tolerarlo cuando la mentira, la manipulación o el enemigo elegido coinciden con sus intereses, sus temores o su identidad. Sin embargo, quizá todavía concedes al ser humano un grado de inocencia que no estoy seguro de que merezca.

Tendemos a pensar que nuestra civilización es una especie de ascenso moral. Hemos construido leyes, declaraciones de derechos, códigos éticos, instituciones y sistemas educativos y, contemplando todo ese edificio, hemos llegado a convencernos de que también nosotros hemos cambiado profundamente. Pero quizá hemos cambiado bastante menos de lo que nos gusta imaginar.

El ser humano que vive hoy rodeado de tecnología, tribunales, universidades y constituciones sigue siendo, en lo esencial, el mismo animal social que durante miles de años luchó por sobrevivir, proteger a los suyos, competir por recursos, ascender dentro del grupo y desconfiar de quienes estaban fuera de él. La civilización no necesariamente ha eliminado esos impulsos; simplemente ha construido formas mucho más sofisticadas de administrarlos y, sobre todo, de justificarlos.

Tenemos leyes, desde luego, pero sabemos hasta qué punto su interpretación puede variar según las circunstancias, los intereses y quién sea la persona afectada. Tenemos principios éticos, pero resulta sorprendente observar cómo muchos de ellos se vuelven flexibles cuando cumplirlos nos perjudica. Condenamos comportamientos en los demás que sabemos explicar perfectamente cuando los cometemos nosotros. Y cuanto mayor es nuestra capacidad intelectual, más elaboradas pueden llegar a ser esas explicaciones.

Quizá una de las características más humanas no sea la maldad, sino la extraordinaria habilidad para construir una versión moralmente aceptable de nuestros propios actos.

Por eso la hipocresía no debería entenderse únicamente como un defecto de algunas personas especialmente cínicas. Es, en cierto modo, un mecanismo social. Necesitamos mantener una imagen razonablemente buena de nosotros mismos mientras hacemos cosas que no siempre coinciden con esa imagen. Y para conseguirlo hemos desarrollado una herramienta formidable: la justificación.

Mentimos, pero nuestra mentira tenía una razón. Favorecemos a los nuestros, pero lo hacemos por responsabilidad. Excluimos, pero defendemos el orden. Acumulamos poder, pero es para poder cambiar las cosas. Condenamos la corrupción hasta que el corrupto pertenece a nuestro grupo y entonces aparecen los matices, las circunstancias y las comparaciones.

Y probablemente por eso toleramos también tantas contradicciones en los demás. Sabemos, aunque rara vez lo confesemos, que todos necesitamos cierta indulgencia para nuestras propias ficciones.

Hay además otro elemento que el artículo apenas toca y que me parece importante: la educación no solo transmite conocimientos y valores; también transmite el relato que una sociedad construye sobre sí misma. Aprendemos que vivimos en sociedades democráticas, igualitarias, solidarias y respetuosas con los derechos humanos. Y en buena medida es cierto. Pero también aprendemos a confundir la existencia de esos ideales con su cumplimiento.

Así terminamos creyendo que una sociedad que proclama la igualdad es necesariamente igualitaria, que una sociedad que dispone de leyes justas actúa siempre con justicia o que reconocer formalmente unos derechos significa garantizar realmente su ejercicio.

El resultado es paradójico: cuanto más elevada es la imagen moral que una sociedad tiene de sí misma, más difícil puede resultarle reconocer sus propias contradicciones.

Quizá por eso miramos el pasado con tanta superioridad. Nos preguntamos cómo pudieron aquellas personas tolerar determinadas injusticias mientras damos por supuesto que nosotros habríamos actuado de otra manera. Pero esa seguridad dice probablemente más de nuestra vanidad que de nuestra virtud.

Las personas del pasado tampoco solían considerarse malvadas. También tenían explicaciones, leyes, religiones, principios, costumbres y argumentos que convertían sus actos en razonables dentro de su mundo.

Nosotros hacemos exactamente lo mismo.

Por eso hay una observación del artículo especialmente valiosa: un principio solo demuestra ser realmente un principio cuando estamos dispuestos a aplicarlo también contra nuestros propios intereses. Mientras la justicia solo sea exigible al adversario, la libertad solo sea sagrada para quienes piensan como nosotros y la mentira solo resulte intolerable cuando la pronuncia el contrario, no estamos defendiendo valores. Estamos utilizando palabras nobles como armas de una vieja lucha tribal.

Y ahí quizá reside la parte más incómoda de todo esto.

No somos necesariamente mucho mejores que quienes nos precedieron.

Somos mucho mejores explicándonos por qué lo somos.

Tal vez el verdadero progreso no consista en creer que hemos superado al animal que fuimos, sino en reconocer que sigue viviendo dentro de nosotros. Las leyes, la educación, la democracia y la cultura son extraordinariamente valiosas precisamente por eso: no porque hayan creado un ser humano nuevo, sino porque intentan contener las debilidades del que siempre hemos sido.

El peligro empieza cuando confundimos los diques con la desaparición del río.

Porque entonces dejamos de vigilarlos.

Un comentario más...

Sin posts

Por supuesto, sigue adelante.