Lo sé. La mentira es un tema que, desde distintos ángulos, se repite en mis reflexiones. Vuelvo a ella una y otra vez, probablemente porque también ella vuelve, cada vez más despojada de pudor, cada vez más instalada en nuestra vida pública, cada vez menos necesitada siquiera de parecer verdad. Podría pensar que ya he escrito suficiente sobre el asunto, que no merece la pena insistir, pero hay algo que sigue resultándome difícil de comprender y que, lejos de disiparse, se vuelve cada vez más inquietante: no que nos mientan, sino que hayamos aprendido a convivir con la mentira sin que parezca suceder nada. Lo que me preocupa ya no es únicamente la facilidad con la que un político puede falsear la realidad, sino la facilidad todavía mayor con la que una sociedad puede descubrir que ha sido engañada y continuar exactamente como estaba, sin retirar su confianza, sin exigir consecuencias y, en demasiadas ocasiones, apresurándose incluso a justificar a quien la engañó. Es por eso necesito volver sobre la mentira. Porque empiezo a sospechar que el verdadero asunto nunca fue la mentira misma, sino aquello que estamos dispuestos a sacrificar para seguir creyendo en ella.
Hubo un tiempo en que acusar a un político de mentir era una acusación grave. No porque la política hubiera sido nunca un territorio especialmente virtuoso ni porque tenga sentido inventar ahora un pasado en el que quienes gobernaban decían siempre la verdad. El poder ha manipulado desde que existe: ha ocultado, exagerado, seleccionado los hechos que le convenían, administrado silencios y construyendo relatos favorables a sus intereses. Nada de eso es nuevo. Lo que sí parece haber cambiado es el hecho de que la mentira ya no necesita ocultarse. Un político puede mentir sabiendo que existen documentos, grabaciones y datos capaces de desmentirlo en cuestión de minutos y hacerlo, sin embargo, con absoluta tranquilidad, porque ha aprendido algo sobre nosotros: ser descubierto ya no significa necesariamente ser desacreditado. La mentira se demuestra, circula durante unas horas el desmentido, llega una nueva polémica y todo queda sepultado bajo otra capa de ruido. Quien mintió conserva a sus seguidores, su palabra apenas pierde valor y, en demasiadas ocasiones, son precisamente quienes han sido engañados los que acuden a defenderlo. El problema de nuestro tiempo, por tanto, no es que los políticos mientan. Es que hemos dejado de considerar la mentira políticamente intolerable.
Pero incluso esta formulación nos concede demasiada inocencia. Nos permite imaginar una escena confortable en la que unos políticos sin escrúpulos manipulan a una ciudadanía ingenua que simplemente ha sido engañada. Sería tranquilizador que el deterioro pudiera explicarse de esa manera: bastaría con identificar a los manipuladores y preservar intacta nuestra dignidad. El problema es que ninguna mentira demostrada puede continuar siendo políticamente rentable sin encontrar personas dispuestas a relativizarla, justificarla o seguir repitiéndola aun después de saber que es falsa. No siempre somos víctimas pasivas de la manipulación. En ocasiones colaboramos con ella porque la mentira que nos ofrecen cumple una función que la verdad no puede cumplir: nos confirma, nos absuelve, fortalece nuestra pertenencia y nos permite conservar intacta la imagen del mundo en la que nosotros seguimos estando en el lado correcto.
Esta es una de las transformaciones más preocupantes de nuestra época: hemos dejado de utilizar siempre los hechos para decidir qué pensamos y hemos empezado a utilizar nuestra inteligencia para decidir qué hacer con los hechos que amenazan aquello que ya habíamos decidido pensar. Cuando una convicción política deja de ser una idea y se convierte en identidad, reconocer que estábamos equivocados puede significar mucho más que corregir una opinión. Puede obligarnos a admitir que confiamos en quien no debíamos, que defendimos una mentira, que fuimos injustos con alguien o que llevamos años interpretando la realidad desde una premisa equivocada. Cambiar de opinión exige entonces revisar también nuestra propia biografía moral, y pocas cosas parecen resultar más insoportables que pronunciar dos palabras aparentemente sencillas: “me equivoqué”. Es mucho más fácil sospechar de la fuente, desacreditar al mensajero, descubrir una conspiración o encontrar una excepción que nos permita regresar tranquilamente a nuestras certezas.
Por eso atribuir el auge de discursos extremistas simplemente a la ignorancia no solo es insuficiente, sino también peligroso. Nos tranquiliza imaginando que quienes los apoyan pertenecen a una humanidad intelectualmente inferior a la nuestra. No es así. Personas instruidas, inteligentes e informadas pueden abrazar posiciones profundamente irracionales porque la inteligencia no inmuniza contra el autoengaño; en ocasiones únicamente proporciona mejores herramientas para practicarlo. Tampoco votamos como un economista que compara programas y selecciona racionalmente aquel que maximizará nuestros derechos y nuestro bienestar. Votamos también con nuestros miedos, nuestras frustraciones, nuestras heridas narcisistas, nuestra sensación de pérdida, nuestros deseos de reconocimiento y nuestra necesidad de que el mundo siga siendo comprensible. Un ser humano puede incluso aceptar la reducción de determinadas libertades o protecciones si cree que a cambio recuperará algo que considera más importante: orden, identidad, seguridad, autoridad, reconocimiento o la sensación de que alguien ha devuelto las cosas al lugar que, según él, deberían ocupar.
Fromm comprendió hace décadas una paradoja que seguimos resistiéndonos a aceptar: el ser humano no siempre huye de la opresión; también puede huir de la libertad. La libertad exige soportar incertidumbre, responsabilidad y autonomía, mientras que la autoridad puede ofrecer algo psicológicamente mucho más confortable: orden, pertenencia y la tranquilidad de que otro nos diga quiénes somos, qué debemos pensar y a quién debemos culpar.
El miedo es uno de los materiales políticos más eficaces. Una sociedad sometida a cambios rápidos, incertidumbre económica, transformaciones culturales, desplazamientos demográficos y pérdida de expectativas puede convertirse en terreno fértil para quien sea capaz de transformar la complejidad en amenaza. Lo decisivo no es necesariamente que la amenaza sea proporcional a la realidad, sino que consiga ser sentida. Y cuando una persona tiene miedo, una explicación sencilla adquiere un poder formidable. Frente a problemas cuyas causas son múltiples y difíciles de comprender, alguien ofrece una narración de una extraordinaria comodidad: sé qué está ocurriendo, sé quién tiene la culpa y sé lo que hay que hacer. La complejidad produce impotencia; el enemigo devuelve la ilusión de control.
Por eso necesita culpables. Una sociedad que no entiende del todo por qué vive peor, por qué sus expectativas se han reducido o por qué el mundo que conocía cambia con tanta rapidez puede encontrar un extraño alivio cuando alguien señala a un grupo y le asegura que ahí está la explicación. De repente, lo que era una red complejísima de causas adquiere un rostro. Ya no hay que pensar en estructuras económicas, decisiones políticas acumuladas durante décadas, transformaciones tecnológicas, desigualdades, demografía o intereses contradictorios. Basta con mirar hacia un lugar y decir: ellos. El mecanismo es intelectualmente miserable, pero emocionalmente impecable, porque convierte la incertidumbre en certeza y la frustración en agravio.
René Girard vio en el mecanismo del chivo expiatorio una de las estrategias más primitivas con las que una comunidad restaura artificialmente su unidad: desplazar hacia una víctima común las tensiones que es incapaz de resolver. Nada cohesiona con tanta rapidez un “nosotros” como la fabricación de un “ellos”.
Y el agravio posee una potencia política extraordinaria. No soy simplemente alguien que atraviesa dificultades: alguien me ha quitado aquello que me correspondía. No he perdido centralidad porque la sociedad se haya vuelto más plural: otros han ocupado mi lugar. No tengo que revisar mi relación con un mundo que cambia: el problema es que alguien está destruyendo deliberadamente ese mundo. A partir de ahí, la igualdad puede experimentarse como pérdida y los derechos ajenos como privilegios concedidos a costa de los propios. Quien estaba acostumbrado a ocupar una posición central no siempre percibe la igualdad como una ampliación del espacio común; puede vivirla como desplazamiento. Y entonces aparece una oferta política formidable: no te estoy quitando derechos, te estoy devolviendo el orden; no estoy excluyendo a nadie, estoy protegiéndote; no estoy restaurando jerarquías, estoy acabando con privilegios; no estoy alimentando el resentimiento, estoy diciendo lo que nadie se atreve a decir.
El lenguaje realiza así una de sus operaciones más siniestras: convierte el retroceso en restauración y la crueldad en sentido común.
Pero todavía sería demasiado cómodo pensar que todo esto sucede porque alguien consigue engañar a personas fundamentalmente buenas. Hay ocasiones en las que un discurso extremista no crea un prejuicio, sino que lo legitima. No introduce necesariamente el resentimiento; le proporciona vocabulario. No fabrica desde cero el desprecio; elimina la vergüenza que impedía expresarlo. Lo verdaderamente perturbador no es únicamente que existan dirigentes capaces de explotar nuestras zonas más oscuras, sino que descubran que hacerlo resulta rentable porque esas zonas estaban ahí esperando una autorización. Una parte de la sociedad puede sentirse incluso liberada cuando alguien pronuncia públicamente aquello que hasta entonces había tenido un coste moral decir. La brutalidad empieza a llamarse sinceridad, el desprecio franqueza, la discriminación sentido común y la ausencia de compasión fortaleza. Aquello que ayer habría avergonzado comienza a presentarse como valentía.
Este desplazamiento debería inquietarnos mucho más que cualquier programa electoral concreto, porque demuestra hasta qué punto la civilización depende de límites que pueden moverse. No nacemos democráticos, tolerantes, igualitarios ni respetuosos con la dignidad ajena. Son conquistas culturales, jurídicas y morales que necesitan ser aprendidas, defendidas y transmitidas. Bajo ellas continúa existiendo el mismo animal social vulnerable al miedo, a la obediencia, a la jerarquía y a la necesidad de pertenecer que ha atravesado toda nuestra historia. La civilización no elimina esas pulsiones; construye diques para contenerlas. El peligro comienza cuando descubrimos que movilizar electoralmente los impulsos que esos diques pretendían contener produce más beneficio que fortalecerlos.
Es entonces cuando la pertenencia se vuelve especialmente poderosa, porque organiza todas las demás. Una vez que alguien ha decidido quiénes son “los nuestros”, cambia también su relación con la verdad, la justicia y la compasión. La misma mentira parece gravísima o insignificante dependiendo de quién la pronuncie; la misma incompetencia es intolerable o comprensible según las siglas; la misma injusticia provoca indignación o indiferencia dependiendo de quién la padezca. Nuestra conciencia comienza a funcionar como un tribunal corrupto que conoce la identidad del acusado antes de examinar las pruebas. La sentencia precede al juicio y los hechos son convocados únicamente para justificarla. Y entonces dejamos de tener principios en sentido estricto, porque un principio solo merece ese nombre cuando continúa obligándonos precisamente cuando aplicarlo perjudica a los nuestros.
Si defendemos la verdad únicamente cuando sirve para golpear al adversario, no defendemos la verdad. Si reclamamos justicia únicamente cuando permite castigar a quienes detestamos, no defendemos la justicia. Si nuestra compasión desaparece cuando quien sufre pertenece a otro grupo, tampoco somos compasivos. Tenemos herramientas retóricas que utilizamos en una guerra tribal y seguimos llamándolas valores porque nos resulta demasiado doloroso admitir que las hemos vaciado de contenido.
Ahí comienza también la deshumanización. Seguimos siendo capaces de amar, cuidar y conmovernos; no hemos perdido la empatía. Hemos aprendido a administrarla selectivamente. Podemos llorar ante el sufrimiento de quien reconocemos como semejante y permanecer impasibles ante alguien a quien previamente hemos reducido a una categoría. Esa reducción es esencial, porque una persona concreta siempre incomoda. Tiene nombre, historia, miedo, recuerdos, alguien que la espera y una conciencia tan compleja como la nuestra. Una categoría no. La categoría puede ser despreciada, expulsada, abandonada o castigada con mucha mayor facilidad. Por eso toda deshumanización comienza antes de la violencia: comienza cuando dejamos de mirar individuos y empezamos a mirar etiquetas, cuando ya no preguntamos quién es el otro sino a qué grupo pertenece, y cuando ese dato basta para decidir cuánto de nuestra humanidad merece recibir.
No debería extrañarnos entonces que alguien que padeció exclusión pueda apoyar la exclusión de quien viene detrás. Haber sufrido una injusticia no convierte automáticamente a nadie en defensor de la justicia. Esta es otra de las fantasías sentimentales con las que nos gusta proteger una imagen noble del ser humano. El sufrimiento no siempre ensancha la empatía; en ocasiones únicamente enseña cuánto deseamos dejar de pertenecer al grupo que sufre. Haber atravesado una puerta no garantiza que queramos mantenerla abierta: puede provocar justamente el deseo de cerrarla detrás de nosotros para dejar claro que ya estamos del otro lado. La víctima de ayer puede sentirse más segura identificándose con quien decide quién merece entrar que reconociéndose en quien todavía espera fuera.
Nada de esto debería sorprendernos si miráramos la historia sin la tranquilizadora superioridad con la que solemos contemplarla. Nos gusta observar las grandes atrocidades desde su desenlace y pensar que nosotros jamás habríamos participado en ellas. Vemos persecuciones, deportaciones, campos y cadáveres y nos resulta fácil imaginarnos del lado correcto. Pero esa es la pregunta cómoda, porque cuando el horror ha alcanzado su forma definitiva casi cualquiera puede reconocerlo. La pregunta que debería inquietarnos es qué habríamos aceptado años antes, cuando todavía cada concesión parecía demasiado pequeña para alarmarse: qué mentira habríamos disculpado porque procedía de los nuestros, qué humillación habríamos considerado desagradable pero comprensible, qué colectivo habríamos tolerado que fuese señalado reiteradamente como amenaza y cuántas veces habríamos mirado hacia otro lado porque todavía no parecía estar sucediendo nada suficientemente grave.
El Holocausto no debería tranquilizarnos mediante la fantasía de unos monstruos irrepetibles. Debería perturbarnos por una razón mucho más cercana: porque lo monstruoso necesitó también personas corrientes. Seres humanos que trabajaban, querían a sus familias, tenían amigos y probablemente se consideraban decentes. Algunos participaron, otros colaboraron, otros se beneficiaron, muchos callaron y demasiados terminaron acostumbrándose. Esa normalidad resulta mucho más inquietante que la existencia excepcional del monstruo, porque nos obliga a reconocer que la crueldad y la humanidad nunca estuvieron distribuidas entre dos especies distintas. Habitan, potencialmente, al mismo ser humano. Por eso la idea arendtiana de la banalidad del mal sigue resultando tan incómoda: porque destruye la tranquilidad que nos proporciona imaginar al verdugo como un ser radicalmente distinto de nosotros. Lo verdaderamente aterrador no es que el mal necesite siempre monstruos, sino que pueda servirse también de personas ordinarias que han renunciado a juzgar por sí mismas.
Por eso nuestra capacidad de habituación es una de las características que más debería avergonzarnos. La degradación moral rara vez llega de golpe. Avanza mediante pequeñas concesiones. Una expresión que ayer nos parecía indecente empieza a parecernos exagerada pero comprensible; después deja de incomodarnos y finalmente puede incluso divertirnos cuando humilla a la persona adecuada. La brutalidad conquista una sociedad mucho antes de conseguir que todos sean brutales: le basta con lograr que suficientes personas dejen de reaccionar ante ella. Así el insulto se convierte en estilo, el desprecio en sinceridad, la mentira en estrategia y la falta de empatía en fortaleza. No perdemos nuestra humanidad en un único gesto. La vamos entregando en pequeñas cantidades hasta que aquello que habría debido avergonzarnos se convierte en parte ordinaria del paisaje.
Y esta es la parte más incómoda de todas: algunos proyectos políticos no triunfan a pesar de movilizar miedo, resentimiento, jerarquía y exclusión. Pueden triunfar precisamente porque los movilizan. Ofrecen algo que la política racional y compleja tiene dificultades para proporcionar: una identidad inequívoca, un orden perdido, un enemigo reconocible, la absolución de nuestras frustraciones y, en ocasiones, la promesa de que alguien a quien consideramos culpable pagará por ellas. Es una combinación formidable. No hace falta que nuestra vida mejore inmediatamente si sentimos que alguien está restaurando nuestra posición. Ni siquiera hace falta que ganemos si podemos contemplar cómo pierden aquellos a quienes hemos aprendido a considerar adversarios.
Ese es uno de los síntomas más degradantes de nuestro tiempo: que el daño ajeno pueda convertirse en una forma de satisfacción política. Que una medida pueda perjudicarnos y, sin embargo, celebrarse porque perjudica todavía más al grupo adecuado. Que ya no necesitemos construir un mundo mejor siempre que consigamos que el otro viva uno peor. Cuando la política alcanza ese punto, abandona la aspiración de organizar una convivencia y adquiere la lógica de una hinchada cuyo placer principal consiste en la derrota del contrario. Una sociedad que encuentra satisfacción en semejante lógica debería dejar de felicitarse continuamente por su civilización.
Por eso debemos abandonar la cómoda pregunta acerca de qué les está ocurriendo a nuestros políticos y preguntarnos qué clase de sociedad convierte determinadas formas de mentira, crueldad y simplificación en políticamente rentables. Cada mentira impune habla de quien la pronuncia, pero también de quien decide perdonarla; cada enemigo fabricado necesita personas que experimenten alivio al encontrarlo; cada discurso deshumanizador necesita ciudadanos dispuestos a aceptar que hay seres humanos cuya dignidad vale menos que la propia. Ningún dirigente puede sostener indefinidamente una maquinaria de resentimiento si no descubre primero que existe un mercado dispuesto a consumirlo.
Y ahí reside la verdadera vergüenza. No en descubrir que existen individuos capaces de manipular nuestros miedos, porque siempre han existido, sino en comprobar lo poco que necesitan ofrecernos para conseguir nuestra colaboración: una identidad a la que aferrarnos, una mentira que nos absuelva, alguien a quien culpar y la certeza de que nosotros pertenecemos al lado correcto.
Nos gusta pensar que la humanidad es aquello que nos distingue, que siglos de pensamiento, ciencia, derechos y cultura nos han convertido en criaturas esencialmente distintas de las que protagonizaron las barbaridades que estudiamos con horror. Deberíamos ser bastante menos arrogantes. La civilización puede resultar mucho más superficial de lo que imaginábamos. Basta a veces un poco de miedo, una pérdida de estatus, una identidad amenazada, un enemigo conveniente y alguien dispuesto a legitimarnos para comprobar con qué rapidez aquello que llamábamos principios empieza a llenarse de excepciones.
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Estimado Chus, aciertas en algo esencial y poco agradable de admitir: los políticos pueden mentir, manipular y señalar enemigos porque existe una sociedad dispuesta a tolerarlo cuando la mentira, la manipulación o el enemigo elegido coinciden con sus intereses, sus temores o su identidad. Sin embargo, quizá todavía concedes al ser humano un grado de inocencia que no estoy seguro de que merezca.
Tendemos a pensar que nuestra civilización es una especie de ascenso moral. Hemos construido leyes, declaraciones de derechos, códigos éticos, instituciones y sistemas educativos y, contemplando todo ese edificio, hemos llegado a convencernos de que también nosotros hemos cambiado profundamente. Pero quizá hemos cambiado bastante menos de lo que nos gusta imaginar.
El ser humano que vive hoy rodeado de tecnología, tribunales, universidades y constituciones sigue siendo, en lo esencial, el mismo animal social que durante miles de años luchó por sobrevivir, proteger a los suyos, competir por recursos, ascender dentro del grupo y desconfiar de quienes estaban fuera de él. La civilización no necesariamente ha eliminado esos impulsos; simplemente ha construido formas mucho más sofisticadas de administrarlos y, sobre todo, de justificarlos.
Tenemos leyes, desde luego, pero sabemos hasta qué punto su interpretación puede variar según las circunstancias, los intereses y quién sea la persona afectada. Tenemos principios éticos, pero resulta sorprendente observar cómo muchos de ellos se vuelven flexibles cuando cumplirlos nos perjudica. Condenamos comportamientos en los demás que sabemos explicar perfectamente cuando los cometemos nosotros. Y cuanto mayor es nuestra capacidad intelectual, más elaboradas pueden llegar a ser esas explicaciones.
Quizá una de las características más humanas no sea la maldad, sino la extraordinaria habilidad para construir una versión moralmente aceptable de nuestros propios actos.
Por eso la hipocresía no debería entenderse únicamente como un defecto de algunas personas especialmente cínicas. Es, en cierto modo, un mecanismo social. Necesitamos mantener una imagen razonablemente buena de nosotros mismos mientras hacemos cosas que no siempre coinciden con esa imagen. Y para conseguirlo hemos desarrollado una herramienta formidable: la justificación.
Mentimos, pero nuestra mentira tenía una razón. Favorecemos a los nuestros, pero lo hacemos por responsabilidad. Excluimos, pero defendemos el orden. Acumulamos poder, pero es para poder cambiar las cosas. Condenamos la corrupción hasta que el corrupto pertenece a nuestro grupo y entonces aparecen los matices, las circunstancias y las comparaciones.
Y probablemente por eso toleramos también tantas contradicciones en los demás. Sabemos, aunque rara vez lo confesemos, que todos necesitamos cierta indulgencia para nuestras propias ficciones.
Hay además otro elemento que el artículo apenas toca y que me parece importante: la educación no solo transmite conocimientos y valores; también transmite el relato que una sociedad construye sobre sí misma. Aprendemos que vivimos en sociedades democráticas, igualitarias, solidarias y respetuosas con los derechos humanos. Y en buena medida es cierto. Pero también aprendemos a confundir la existencia de esos ideales con su cumplimiento.
Así terminamos creyendo que una sociedad que proclama la igualdad es necesariamente igualitaria, que una sociedad que dispone de leyes justas actúa siempre con justicia o que reconocer formalmente unos derechos significa garantizar realmente su ejercicio.
El resultado es paradójico: cuanto más elevada es la imagen moral que una sociedad tiene de sí misma, más difícil puede resultarle reconocer sus propias contradicciones.
Quizá por eso miramos el pasado con tanta superioridad. Nos preguntamos cómo pudieron aquellas personas tolerar determinadas injusticias mientras damos por supuesto que nosotros habríamos actuado de otra manera. Pero esa seguridad dice probablemente más de nuestra vanidad que de nuestra virtud.
Las personas del pasado tampoco solían considerarse malvadas. También tenían explicaciones, leyes, religiones, principios, costumbres y argumentos que convertían sus actos en razonables dentro de su mundo.
Nosotros hacemos exactamente lo mismo.
Por eso hay una observación del artículo especialmente valiosa: un principio solo demuestra ser realmente un principio cuando estamos dispuestos a aplicarlo también contra nuestros propios intereses. Mientras la justicia solo sea exigible al adversario, la libertad solo sea sagrada para quienes piensan como nosotros y la mentira solo resulte intolerable cuando la pronuncia el contrario, no estamos defendiendo valores. Estamos utilizando palabras nobles como armas de una vieja lucha tribal.
Y ahí quizá reside la parte más incómoda de todo esto.
No somos necesariamente mucho mejores que quienes nos precedieron.
Somos mucho mejores explicándonos por qué lo somos.
Tal vez el verdadero progreso no consista en creer que hemos superado al animal que fuimos, sino en reconocer que sigue viviendo dentro de nosotros. Las leyes, la educación, la democracia y la cultura son extraordinariamente valiosas precisamente por eso: no porque hayan creado un ser humano nuevo, sino porque intentan contener las debilidades del que siempre hemos sido.
El peligro empieza cuando confundimos los diques con la desaparición del río.
Porque entonces dejamos de vigilarlos.