Hace unos días salí a caminar al final de la tarde. El frío tenía ese olor metálico que dejan los días de invierno cuando empiezan a cerrarse. La tierra del camino estaba húmeda y se pegaba ligeramente a las suelas, y a lo lejos las montañas habían perdido el último brillo de luz y empezaban a convertirse en sus propias sombras.
Los perros corrían unos metros por delante. De vez en cuando se detenían en seco, bajaban el hocico hasta la hierba y se quedaban inmóviles, concentrados en algo que para mí no existía. Uno de ellos encontró un rastro y comenzó a avanzar despacio, con el cuerpo inclinado hacia adelante, completamente absorto, como si en ese pequeño rastro estuviera contenido todo su mundo.
El silencio del campo tenía un sonido muy preciso: el roce de las hojas secas, un cuervo atravesando el cielo, el crujido breve de la gravilla bajo mis pasos. En un momento me detuve. Uno de los perros seguía concentrado en su descubrimiento y el otro se tumbó en medio del camino, con esa confianza absoluta de quien sabe que el mundo no le exige nada más que estar allí.
Lo miré durante un rato y pensé que hay algo en esa forma de habitar el mundo que siempre me ha resultado profundamente familiar.
Mi vida, en realidad, se parece mucho a eso. Vivo en el campo y mis días se sostienen sobre gestos pequeños: abrir las ventanas cuando la mañana aún huele a tierra fría, preparar café mientras entra la luz, caminar por estos mismos senderos cuando la tarde empieza a retirarse, escuchar el viento en los árboles. Nada extraordinario. Solo lo esencial.
Y, sin embargo, dentro de mí ocurre algo distinto.
Las ideas se abren unas dentro de otras como senderos que se bifurcan continuamente. A veces basta una idea fugaz, una intuición apenas esbozada, una imagen que atraviesa mi mente para que en mi cabeza empiece a abrirse senderos que no dejan de bifurcarse.. Hay días en que mi mente se parece a una casa con multitud de habitaciones abiertas, y a veces tengo la impresión de que no todo el mundo se siente cómodo en lugares así, que no todo el mundo desea entrar en esos territorios extraños que llevamos dentro, en nuestros mundos raros.
Seguimos caminando. El viento movía la hierba a los lados del camino. Me detuve de nuevo y los perros siguieron unos metros más adelante, hasta desaparecer durante un instante entre los arbustos. El camino quedó vacío.
Entonces pensé que tal vez así es también mi vida: por dentro, una mente llena de caminos que no terminan nunca; delante de mí, cada día, la sencillez del mundo esperando en silencio.



