Discusión sobre este post

Avatar de User
Avatar de Javier Jurado

Gracias, Chus. Como siempre, las categorías pueden traicionarnos y es necesario abrirse a los matices. Insistir en la abolición del trabajo coquetea en exceso con la idea de que nos sustenten otros. Y no puede haber ingenuidad: el trabajo es condena desde la expulsión del paraíso. Para sobrevivir, es necesario trabajar. En el trabajo puede, además haber creatividad, especialmente cuando emprendemos o nos dejan actuar aunque sea por cuenta ajena. Ahora bien, como bien dices, hay trabajos que pueden ser tremendamente alienantes. Encontrar el equilibrio siendo posibilistas y pragmáticos, tan valientes para abandonar como razonables para conservar, es probablemente la mejor recomendación. Pero claro, esa proclama no da para un titular en prensa.

Avatar de Filípides

He leído con atención tu texto, Chus. Coincido contigo en gran parte del diagnóstico: hemos confundido tener con crecer, hemos dejado que nuestra dignidad se mida por el puesto o el sueldo, y hemos revestido de virtud lo que en el fondo es servidumbre. Pero me parece arriesgado el horizonte implícito: la idea de que la emancipación vendría de abolir el trabajo.

La historia muestra lo contrario. Incluso en las sociedades sin dinero, la vida giraba en torno al trabajo: recolectar, cazar, cuidar, cultivar. No había salarios, pero sí la obligación de contribuir. El dinero llegó mucho más tarde; el esfuerzo estuvo siempre. Por eso la cuestión no es si trabajamos o no trabajamos, sino cómo lo hacemos, qué sentido tiene ese esfuerzo, en qué se convierte para nosotros.

Marx lo llamó alienación: lo degradante no es el hecho de trabajar, sino que el fruto de ese trabajo nos resulte ajeno, que no podamos reconocernos en lo que hacemos. La emancipación, entonces, no puede consistir en abolir el trabajo, sino en transformarlo. En devolverle su capacidad de ser crecimiento: de ser creación, obra, vínculo.

Tú contrapones tener y crecer. Y estoy de acuerdo en que ese contraste es esencial. Pero creo que la única forma de reconciliarlo es a través de un trabajo que ya no sea engranaje de supervivencia, sino huella y acción. Hannah Arendt distinguía entre labor (el ciclo interminable de la necesidad), trabajo (la construcción de un mundo duradero) y acción (la libertad de revelarnos en lo común). Hoy casi todo se reduce a lo primero. El reto no es abolirlo, sino recuperar las otras dos dimensiones.

El mito de que la liberación llegará con la pereza absoluta es, a mi juicio, una trampa. Abolir la moneda no abole la escasez; abolir el salario no abole la necesidad de cooperar. Lo que sí podemos cambiar es la relación con el trabajo: que deje de ser mera repetición y vuelva a ser crecimiento.

No se trata de glorificar la explotación ni de rehabilitar la vieja moral del sacrificio. Se trata de algo distinto: de afirmar que la dignidad no está ni en trabajar más ni en no trabajar nunca, sino en trabajar de un modo que nos devuelva a nosotros mismos.

El dinero es un espejo. El trabajo también. No sirve de nada romper el espejo: lo decisivo es transformar la imagen que devuelve.

26 comentarios más...

Sin posts

Por supuesto, sigue adelante.