Aquí, en este rincón del mundo donde la tierra se ha olvidado de ser tierra, camino sobre algo que no sé si es hielo o es tiempo congelado. La nieve no cruje bajo mis pies; cede y me deja pasar sin reconocerme.
Miro hacia el horizonte y no encuentro línea. Solo una transición tan gradual que la vista se cansa de buscarla. El cielo no está arriba; se ha derramado, se ha mezclado con la superficie, y ahora no sé si miro el suelo o el firmamento. Quizá no importa. Quizá aquí, en este territorio donde las coordenadas pierden sentido, la única orientación posible es la que llevo dentro.
He venido a fotografiar, pero la cámara se ha vuelto un peso innecesario. ¿Cómo capturar lo que no tiene contorno? ¿Cómo enmarcar el silencio sin traicionarlo con el clic del obturador?
Hay un iceberg a lo lejos. O quizá cerca. Emerge como una memoria que no sabía que conservaba. No es grande ni pequeño. Testigo de algo que ocurrió antes de que yo existiera y que continuará cuando yo sea, como todo aquí, una capa más de hielo bajo otras capas de hielo.
Pienso en las personas que dejé atrás. En las que me esperan. En las que ya no esperan nada. El viento, si es que esto que roza mi rostro puede llamarse viento, no trae sus voces, pero tampoco las borra completamente. Se quedan en algún lugar intermedio, como la línea que no logro ver entre el cielo y la nieve.
Me siento, aunque no hay donde sentarse que no sea hielo. Y en este gesto absurdo, esta postura que el frío convertirá en arrepentimiento en cuestión de minutos, descubro que la inmensidad no asusta cuando dejas de intentar medirla. Deja de ser un enemigo. Se convierte en un espejo. Un espejo blanco, ciego, que no devuelve tu imagen sino tu pregunta.
¿Por qué he venido?
La respuesta no está en el hielo. El hielo solo existe, sin preguntas ni respuestas. La respuesta se está formando en este instante de quietud forzada, en esta conversación que mantengo conmigo misma mientras el blanco me rodea, me penetra, me convierte en una nota al margen de su propio silencio.
Me levanto. La cámara sigue colgada, muerta de peso e inutilidad. Pero algo ha cambiado. No sé qué fotografiaré ahora, pero sé que no será el iceberg. Ni el horizonte. Ni la nieve.
Será la ausencia de límites. La frontera invisible. El lugar donde el ojo se detiene porque ya no puede seguir, y la mente, obstinada, inventa lo que no hay.
Eso fotografiaré. Eso escribiré. Eso será, quizá, cuando vuelva a un mundo donde las líneas existen, donde el cielo se queda en su sitio, donde el blanco es solo un color entre otros, y no esta presencia abrumadora que se niega, terca y hermosa, a nombrarse.



