Cursaba EGB, curso octavo, en un colegio de barracones, con un patio donde los niños jugaban a fútbol, aunque no hubiera campo. En los recreos caminaba con el profesor de matemáticas o me sentaba con un libro cerca de una pared. Mientras otros corrían, yo leía. Mientras otros formaban grupos, yo pasaba páginas. A veces levantaba la vista cuando alguien gritaba un nombre, pero nunca era el mío.
No tenía amigos.
En clase, el profesor dijo que el viernes habría baile. El dinero sería para el viaje de fin de curso. Algunos aplaudieron. Otros preguntaron por la música. Alguien dijo que habría bebidas. Alguien dijo que había que ir con ropa de fiesta.
Yo bajé la mirada hacia el cuaderno.
No iría al viaje. En casa, el dinero se guardaba para lo que hacía falta. Eso decía mi padre mientras doblaba billetes sobre la mesa, mientras mi madre asentía, mientras yo aprendía que había cosas que se decían una vez y luego ya no se preguntaban.
Pensé que tampoco tendría que ir al baile.
Pero mi madre se enteró…
Ese viernes, al volver del colegio, encontré el vestido sobre la cama. Mi madre lo había cosido con retales. Tenía flores, lazos, mangas con vuelo. Lo toqué con dos dedos. Luego retiré la mano.
A primera hora de la tarde mi madre entró en la habitación con un peine. Dijo que me pusiera el vestido. Dijo que todas iban a ir. Dijo que no podía quedarme en casa con un libro. Dijo que ya estaba bien. Dijo que tenía que hacer cosas de chicas.
Me quité la ropa. Me puse el vestido.
Mi madre me arregló el pelo. Tiró de un mechón. Lo sujetó. Volvió a tirar. Me dijo que me estuviera quieta. Yo miré mis rodillas. Después miré mis zapatos. Después miré el suelo.
Cuando salí de casa, el vestido me rozaba las piernas al caminar. En el camino al colegio pensé en dar la vuelta. Pensé en caminar por las calles hasta que pasaran dos horas. Pensé en sentarme en algún portal. Pensé en esperar junto a una tapia. Pensé en volver a casa cuando pensara que el baile había terminado.
Pero mi madre preguntaría. Preguntaría qué música habían puesto. Preguntaría quién había ido. Preguntaría si había bailado. Preguntaría con quién. Y yo no sabría responder.
Seguí andando. Al llegar, en la sala había tres personas. Era uno de los barracones del colegio. Habían quitado las mesas, todas menos una, sobre la que estaba el equipo de música. Las sillas rodeaban el centro. Del techo colgaban tiras de papel. Sobre una pared, un reloj.
Me senté en una silla junto a la esquina. Puse las manos entre las piernas. Miré las baldosas.
La música empezó antes de que llegaran todos.
Primero entraron dos chicas. Luego tres chicos. Luego otro grupo. Luego más. La puerta se abría y se cerraba. Entraban voces, bolsas, colonias, peines, pulseras, risas, pasos. Los cuerpos fueron ocupando la sala. Las sillas dejaron de verse. El centro se llenó.
Nadie se sentó a mi lado.
Junté las rodillas.
El vestido se subía sobre ellas. Lo bajé con las manos. Después dejé las manos sin mover. Después las escondí debajo de la tela.
Un chico pasó delante. Me miró. Siguió andando.
Dos chicas se acercaron a la mesa del equipo de música. Una dijo algo al oído de la otra. Las dos miraron hacia la esquina. Luego se rieron sin abrir la boca.
Miré el reloj. La aguja no se había movido.
Había decidido quedarme dos horas. Dos horas bastarían. Dos horas serían una prueba. Dos horas podrían contarse en casa. Podría decir: fui. Podría decir: estuve. Podría decir: había música. Podría decir: bailaron.
La música subió. Alguien empezó a dar palmas. Varias parejas entraron al centro. Otros hicieron un círculo. Una chica dejó el bolso en una silla. Otra se quitó los zapatos. Un chico empujó a otro hacia una chica y todos se rieron.
Yo seguí mirando las baldosas.
Conté las juntas del suelo desde mis zapatos hasta la mesa. Luego desde la mesa hasta la puerta. Luego desde la puerta hasta el reloj. Luego volví a empezar.
Alguien dijo mi nombre. No lo dijo para llamarme. Lo dijo dentro de una frase.
Después vino otra frase.
Después una risa.
Después un silencio.
Después otra risa.
Apreté los dedos contra la silla.
El cuerpo empezó a no caber en el sitio. Mi espalda tocaba el respaldo. Mis piernas tocaban el borde. Mis manos no sabían dónde ponerse. La tela del vestido tocaba mi piel. La música tocaba mi pecho. Las voces llegaban desde todos los lados.
Miré la puerta. Pensé en levantarme. No me levanté.
Una canción terminó. Empezó otra. Alguien fue a buscar a una chica que estaba sentada. Ella dijo que no con la cabeza. Él insistió. Ella se levantó. Todos hicieron sitio para que pasaran.
El reloj avanzó. Intenté tragar saliva, pero mi boca no tenía saliva.
Me llevé una mano al cuello. Noté el golpe debajo de la piel. Quité la mano. La puse entre las piernas. Volví a mirar el suelo.
El vestido volvió a subir. Lo bajé otra vez.
Un grupo se colocó cerca de mí. Me dieron la espalda. Durante un momento solo vi cinturones, faldas, codos, manos. Una mano soltó un vaso en el suelo, junto a mi zapato. El vaso quedó allí. Nadie lo recogió.
La música cambió.
Las parejas se acercaron unas a otras. Las cabezas se inclinaron. Los brazos rodearon cinturas. En el centro, los cuerpos se movían sin mirar el suelo.
Yo miré mis zapatos. Uno tenía una hebilla. La toqué con la punta del dedo. La solté.
Alguien volvió a decir mi nombre. Esta vez hubo más voces.
No entendí todas las palabras. Entendí algunas. Entendí libro. Entendí siempre. Entendí no. Entendí mi nombre.
Otra vez miré el reloj. No había pasado una hora.
El aire entraba y no entraba. Abrí un poco la boca. Respiré por la boca. Cerré la boca. Volví a abrirla. Los ojos empezaron a llenarse. Bajé la cabeza. El pelo cayó hacia delante. Dejé que cayera.
La música siguió. Las luces siguieron. Las risas siguieron. El reloj siguió.
Me levanté.
Nadie se apartó porque nadie estaba delante. Cogí la chaqueta. No cogí el vaso. No miré el centro. Crucé hasta la puerta.
Al salir al pasillo, la música siguió detrás. Caminé hasta el patio. Luego hasta la verja. Luego hasta la calle. No corrí al principio. Después sí.
El vestido se me pegaba a las piernas. Un zapato se me salió un poco del talón. Me detuve, lo metí de nuevo y seguí andando. Pasé junto a una tienda. Pasé junto a un portal. Pasé junto a un escaparate. En el cristal vi el vestido.
No me miré.
Di vueltas por las calles. Cuando noté la cara mojada, me limpié con las manos. Luego con la manga. Luego dejé de limpiarme.
Esperé a que pasara el tiempo.
Cuando creí que ya podía volver, regresé.
Entré sin hacer ruido. Mi madre preguntó desde otra habitación si lo había pasado bien.
Dije que sí. Tuve que repetirlo.
Mi madre no salió.
En el pasillo, mi perro vino hacia mí. Movió la cola. Me agaché y lo abracé. Hundí la cara en su cuello. Él olía a casa, a manta, a pan, a tierra.
Me quedé así un rato.
Después fui a mi habitación. Me quité el vestido. Lo dejé sobre la silla. Me puse otra ropa. Apagué la luz.
Me senté junto a la ventana. Miré el cielo. Busqué las estrellas.
Pensé en los seres que había imaginado tantas veces. Pensé que quizá, desde algún lugar, estaban mirando. Pensé que quizá sabían encontrar a alguien detrás de un cristal. Pensé que quizá vendrían, por fin, a llevarme a casa.
Apoyé la frente en la ventana. Mi perro se tumbó a mis pies. No me moví. Esperé.
Si quieres saber más sobre mí: www.chusrecio.com



