He dedicado algún tiempo a observar a la especie dominante de este planeta y debo reconocer que todavía no consigo comprenderla.
Se llaman a sí mismos seres humanos. Han desarrollado una inteligencia extraordinaria. Han descubierto la composición de la materia, calculado la edad aproximada del universo, reconstruido la historia de su propio planeta, observado galaxias situadas a miles de millones de años luz y enviado artefactos fuera de los límites de su sistema solar. Son capaces de intervenir en el código genético de los organismos, sustituir órganos enfermos, construir máquinas que aprenden y detectar partículas que sus sentidos nunca podrían percibir. Han concebido matemáticas capaces de describir fenómenos que ninguna persona verá directamente y han levantado instrumentos con los que observar acontecimientos ocurridos mucho antes de que su especie existiera.
Resultaría razonable suponer que una criatura capaz de semejantes hazañas habría alcanzado también un grado equivalente de sabiduría.
No parece ser el caso.
Los humanos saben que viven en un planeta finito. Conocen con bastante precisión la cantidad de recursos disponibles, comprenden los ciclos que regulan su clima y han identificado muchas de las actividades que están alterando gravemente esos ciclos. Poseen instrumentos capaces de medir la temperatura de la atmósfera, la concentración de gases, el retroceso de los hielos, la acidificación de los océanos y la pérdida acelerada de biodiversidad. Saben incluso cuáles podrían ser muchas de las consecuencias de continuar comportándose como lo hacen. Y continúan.
Esta es la primera dificultad que presenta su estudio: el conocimiento no parece modificar necesariamente su conducta.
La especie puede descubrir que una acción amenaza las condiciones futuras de su existencia y, simultáneamente, multiplicar esa acción porque produce beneficios durante un intervalo de tiempo considerablemente menor que la duración de una vida humana. He observado individuos que manifiestan sincera preocupación por el futuro del planeta mientras consumen objetos fabricados mediante procesos que contribuyen a deteriorarlo. También gobiernos que firman compromisos para reducir el daño mientras subvencionan actividades que lo aumentan, empresas que anuncian su preocupación por la sostenibilidad mientras necesitan vender cada año más productos que el anterior y sociedades enteras que celebran el crecimiento ilimitado dentro de un sistema cuyos límites físicos conocen perfectamente.
Lo llaman progreso. Todavía intento comprender la palabra.
La contradicción se vuelve aún más desconcertante cuando se observa su relación con la vida. Los humanos sostienen que una vida humana posee un valor extraordinario. Y existen abundantes pruebas de que, en determinadas circunstancias, lo creen sinceramente. Pueden movilizar medios aéreos, equipos médicos, satélites, centenares de profesionales y cantidades enormes de recursos para rescatar a una sola persona atrapada en una montaña, dentro de una mina o en medio del océano. Un hospital puede gastar sumas inmensas para prolongar durante algunos meses la vida de un único individuo. Científicos y médicos dedican décadas a encontrar tratamientos que permitan salvar a personas a las que jamás conocerán.
Al mismo tiempo, millones de miembros de esa misma especie viven sin alimentos suficientes, agua potable, medicamentos básicos o condiciones mínimas de seguridad. Muchas de esas muertes son perfectamente previsibles y una parte considerable podría evitarse mediante recursos que existen y que la especie emplea en otras actividades. Los humanos son conscientes de ello. Elaboran estadísticas, publican informes, convocan congresos y organizan jornadas internacionales destinadas a recordar periódicamente la existencia del problema.
Después continúan con sus vidas.
Parece que una persona con nombre posee para ellos una realidad moral mucho mayor que diez mil personas convertidas en una cifra. Una niña atrapada bajo unos escombros puede conmover a un continente entero. Diez mil niños muertos de hambre constituyen un dato.
No he conseguido averiguar en qué momento exacto una tragedia se vuelve tan grande que deja de resultar emocionalmente comprensible para quienes la observan.
Algo semejante ocurre con la violencia. Los humanos consideran el asesinato uno de los actos más graves que un individuo puede cometer. Sus sociedades disponen de leyes muy severas para castigarlo. Sin embargo, dedican cantidades extraordinarias de inteligencia, recursos y trabajo a perfeccionar instrumentos cuya función última es destruir a otros miembros de su propia especie, con frecuencia bajo la convicción de que disponer de una capacidad cada vez mayor para hacerlo es necesario precisamente para evitar que ocurra.»
Las llaman sistemas de defensa. Tal vez la elección del vocabulario sea una de las claves para comprenderlos.
Los humanos poseen una extraordinaria capacidad para modificar moralmente una acción mediante el nombre que le asignan. Matar puede ser asesinato o defensa. Privar a alguien de recursos puede ser crueldad o eficiencia. Excluir puede ser discriminación o protección. Deteriorar un ecosistema puede llamarse explotación; limitar parcialmente ese deterioro sin cuestionar la necesidad de seguir creciendo puede presentarse como sostenibilidad.
Tengo la impresión de que las palabras cumplen entre ellos una función que va mucho más allá de describir la realidad: les permiten convivir con ella.
Ninguna característica me ha sorprendido tanto como su capacidad de construir principios universales y, casi inmediatamente, llenarlos de excepciones.
Afirman que todos los seres humanos poseen la misma dignidad, pero el lugar exacto donde una persona nace determina de manera extraordinaria su esperanza de vida, su seguridad, su alimentación, su educación y su posibilidad de desplazarse por el planeta. Han dividido la superficie terrestre mediante líneas imaginarias, límites establecidos por ellos mismos a los que llaman fronteras y consideran completamente normal que esos límites determinen de manera radical quién puede desplazarse y quién debe ser detenido, expulsado o devuelto. Una persona puede sin que nadie le pregunte demasiado; otra puede ser perseguida, detenida, expulsada o devuelta al otro lado porque el azar de haber nacido a un lado y no al otro de una línea imaginaria determinó de antemano qué parte del planeta tendría derecho a habitar.
Lo extraordinario es que ambas pertenecen a la misma especie. Los humanos lo saben y, sin embargo, han conseguido convertir esta desigualdad radical en una parte ordinaria del mundo.
También proclaman la igualdad, pero dedican una parte considerable de su existencia a establecer jerarquías. Compiten por dinero, prestigio, poder, belleza, reconocimiento, propiedades, seguidores y símbolos cuya utilidad práctica resulta a veces difícil de determinar. Algunos acumulan recursos que no podrían consumir durante varias vidas mientras otros carecen de lo necesario para terminar una sola.
He intentado comprender por qué una criatura que dispone ya de alimento, refugio y seguridad puede necesitar poseer cien veces más que otra. Las explicaciones económicas son complejas, pero sospecho que la respuesta pertenece menos a la economía que a una necesidad antigua de posición dentro del grupo.
Este parece ser uno de sus rasgos más persistentes. Conservan, pese a la enorme complejidad de sus sociedades, una poderosa tendencia tribal.
Han conseguido organizar sociedades de millones de individuos, pero continúan necesitando dividirlas en grupos capaces de identificarse mediante símbolos, colores, religiones, territorios, ideologías o relatos históricos. Una vez establecida la pertenencia, se produce algo especialmente curioso: las mismas acciones adquieren distinto valor moral según quién las realice: una mentira pronunciada por el adversario demuestra su corrupción; una mentira pronunciada por uno de los propios requiere contexto. La violencia de los otros confirma su barbarie; la propia suele tener causas. La injusticia sufrida por el grupo merece indignación; la causada a otro grupo encuentra explicaciones.
Los humanos llaman a esto con nombres distintos según la circunstancia. Rara vez lo llaman hipocresía cuando se refiere a ellos mismos.
He observado también que poseen una enorme facilidad para construir enemigos. El procedimiento es sorprendentemente estable. Primero reducen a individuos diferentes a una categoría común. Después atribuyen a esa categoría unas características generales. Finalmente convierten esas características en una amenaza.
En ese momento deja de resultar necesario conocer a las personas incluidas en el grupo. La categoría les basta.
La operación resulta especialmente eficaz porque permite retirar la empatía sin tener que admitir que se ha retirado. El individuo puede continuar considerándose bondadoso, generoso e incluso compasivo mientras acepta el sufrimiento de miles de personas a las que ya no percibe enteramente como semejantes.
No han perdido su humanidad. La distribuyen.
Un humano puede acariciar durante horas a un animal doméstico, llorar por la muerte de un personaje ficticio, cuidar con enorme ternura a un familiar enfermo y defender poco después que otras personas sean abandonadas a su suerte porque pertenecen a una categoría que ha aprendido a despreciar.
No parece experimentar necesariamente contradicción alguna.
Poseen otra capacidad extraordinariamente desarrollada: la compartimentación. Pueden mantener simultáneamente principios incompatibles siempre que estos permanezcan en compartimentos diferentes de su pensamiento. Aman la naturaleza y la destruyen. Defienden la paz y fabrican armas. Proclaman igualdad y construyen jerarquías. Protegen la infancia y permiten que millones de niños vivan en condiciones que considerarían insoportables para los suyos. Hablan de generaciones futuras mientras consumen recursos que esas generaciones necesitarán. Son capaces incluso de saber perfectamente que existe una contradicción y continuar viviendo dentro de ella.
No estoy seguro de si esto debe considerarse una extraordinaria capacidad adaptativa o una forma sofisticada de ceguera.
Resulta particularmente llamativa la imagen que la especie posee de sí misma. Se considera civilizada. La palabra aparece continuamente en sus discursos.
Han construido constituciones, tribunales, universidades, museos, declaraciones de derechos, sistemas sanitarios y bibliotecas. Han escrito tratados sobre ética, compasión, justicia y dignidad. Algunos de sus individuos han dedicado toda su vida a pensar cómo debería comportarse un ser humano frente a otro.
Es, sin duda, admirable.
Pero después observo la facilidad con la que todos esos principios pueden debilitarse cuando aparece el miedo, la escasez, el resentimiento o la pertenencia.
Creo que la civilización humana no es exactamente una transformación de la especie, sino una estructura construida sobre ella. Esto explicaría por qué sociedades que durante décadas parecen estables pueden empezar a tolerar con sorprendente rapidez discursos que poco antes consideraban vergonzosos. No hace falta transformar completamente a sus miembros. Basta con modificar lentamente aquello que se considera aceptable.
Las grandes barbaridades de su historia no comenzaron cuando aparecieron seres excepcionalmente crueles. Lo hicieron mucho antes, cuando suficientes personas corrientes dejaron de considerar intolerables pequeñas formas de crueldad.
Los humanos contemplan esas barbaridades del pasado con una seguridad moral que resulta sorprendente. Estudian guerras, genocidios, esclavitud y persecuciones y suelen imaginar que ellos habrían actuado de otra manera.
No sé en qué basan esa certeza.
He visto individuos capaces de enfrentarse a su propio grupo para defender a alguien considerado enemigo. Personas capaces de reconocer públicamente que estaban equivocadas. Seres humanos que cuidan a otros sin esperar recompensa.
Y he encontrado algo todavía más extraño: la especie ha sido capaz de extender lentamente su círculo moral. Durante siglos negó dignidad a enormes categorías de sus propios miembros y, sin embargo, una parte de ella luchó una y otra vez para ampliar esa dignidad. Inventaron la abolición de la esclavitud, los derechos de las mujeres, la protección de la infancia, los derechos civiles, la consideración moral hacia otras especies y hasta la responsabilidad hacia seres humanos que todavía no han nacido.
Son capaces de imaginar principios morales mucho más grandes que sus instintos.
Pueden comprender intelectualmente que un desconocido situado al otro lado del planeta posee una vida tan irrepetible para él como la propia para ellos. Pueden incluso comprender que otros animales sienten dolor, que las generaciones futuras tendrán intereses y que la atmósfera pertenece también a quienes todavía no existen.
Su imaginación moral ha llegado muy lejos. Su conducta todavía no.
No cabe preguntarse si los humanos son una especie civilizada o una especie salvaje. Parecen ser ambas cosas.
Son el animal capaz de construir la bomba y el hospital, el campo de exterminio y la declaración de derechos, la cámara de tortura y la organización humanitaria. Pueden destruir un bosque y dedicar después una vida entera a recuperar otro. Pueden condenar a millones mediante una decisión y sacrificar su propia existencia para salvar a una sola persona. No parecen haber resuelto esa contradicción.
Si tuviera que resumir mi observación, diría que los seres humanos han adquirido la capacidad de imaginar aquello que deberían ser mucho antes de adquirir la capacidad de convertirse en ello.
Hay algo extraordinario en una especie capaz de mirar sus propias atrocidades y sentir vergüenza, de reconocer sus errores, escribir sobre ellos, crear leyes para impedir que se repitan e intentar ampliar una y otra vez los límites de aquello que considera digno de protección.
Pero existe algo igualmente inquietante en comprobar con qué facilidad puede olvidar todo lo aprendido cuando aparecen el miedo, el beneficio, la identidad o el enemigo adecuado.
Mi conclusión provisional es esta: el ser humano no es una especie civilizada que conserva restos de barbarie. Es una especie profundamente ambivalente que ha construido la civilización precisamente porque necesitaba protegerse de sí misma.




Felicidades Chus, lo has clavado. Seguro que no eres un extraterrestre infiltrado? 🤔
"los seres humanos han adquirido la capacidad de imaginar aquello que deberían ser mucho antes de adquirir la capacidad de convertirse en ello."
Lo que tardemos en colmar esa brecha definirá el tiempo que queda para nuestra extinción.