Para dar un abrazo, sitúe su cuerpo frente a otro cuerpo, pero no lo haga desde la costumbre ni desde el gesto aprendido; hágalo desde ese lugar despojado de todo ego, donde ya no queda nada que demostrar, donde no es necesario defenderse. Deténgase antes de acercarse del todo. Mire sin invadir. El otro no es un lugar al que llegar, sino un territorio que puede abrirse o cerrarse sin previo aviso, y espere ese gesto mínimo, casi imperceptible, en el que algo cede, en el que la resistencia comienza a disolverse. Si ese gesto no aparece, no avance. El respeto debe preceder al contacto; debe rodear primero, como una forma invisible de abrazo que no llega a tocar el cuerpo pero que sostiene la posibilidad del encuentro.
Levante los brazos. Hágalo con una lentitud cargada de cuidado, como si aún no fuera el instante, porque hay pieles que han aprendido a defenderse incluso del afecto y cualquier movimiento precipitado puede devolverlas a ese lugar donde el contacto aún no sabe ser refugio. No toque todavía. Acerque las manos como quien se aproxima al fuego sin saber si quema o abriga. Permita que el aire entre ambos se cargue de presencia, que la proximidad sea reconocida antes de ser consumada. Y solo cuando el otro lo admita —y lo sabrá sin necesidad de confirmación—, entonces abrace, no desde los brazos, no desde la forma, no desde el gesto. Abrace desde el lugar en el que habita su verdad.
Para ello, coloque un brazo sobre la espalda del otro y escuche. No se trata de encontrar un punto exacto, sino de percibir dónde el cuerpo del otro deja de sostenerse por un instante, dónde aparece esa pequeña rendición sin apenas hacer ruido. El otro brazo debe cerrar el gesto sin clausurarlo, dejando siempre un margen, una salida posible, porque un abrazo que no permite irse no alcanza a abrigar. Acerque el torso lentamente, permitiendo que el espacio desaparezca como desaparecen las palabras cuando ya no sostienen. Sienta cómo algo empieza a moverse. Y entonces, entréguese al abrazo. Hágalo con todo su cuerpo, sin condiciones, como si todo lo que importara estuviera entre sus brazos.
Perciba cómo la piel se eriza. Un reconocimiento que no necesita pensamiento. Como si el cuerpo descubriera, antes que la consciencia, que no está solo, que no necesita defenderse, que no tiene que hacerse fuerte, aunque haya pasado demasiado tiempo habitando esa distancia. Si el otro cuerpo se entrega, sostenga. No el peso visible, no la forma, no lo que todavía se contiene, sino aquello que se desmorona en silencio: el cansancio acumulado, la tensión que no ha encontrado salida, todo lo que no se dijo y, aun así, permanece... Ajuste la presión con una precisión hija del cuerpo: apenas más si el otro se acerca, apenas menos si duda. Escuche con la piel. Respire sin intentar acompasar, pero note cómo la respiración cambia, cómo se corta, cómo se alarga, cómo a veces se rompe y vuelve a empezar.
Hay abrazos en los que todo cede. Se reconocen en gestos mínimos: una mano que tarda en soltarse, un temblor que atraviesa la espalda como una grieta que se abre, una respiración que se altera y busca su lugar. No intervenga. No intente comprender. Permanezca.
Porque hay algo que solo sucede si no se interrumpe; algo que no se ve y, sin embargo, cambia todo. El pulso se reordena. El cuerpo encuentra un lugar. La soledad —esa que parecía absoluta— se diluye y, de puntillas, el amor encuentra un rincón donde quedarse.
Permanezca un poco más de lo necesario. No hay forma de saberlo. Solo ocurre: el cuerpo se entrega sin reservas y ya no tiene prisa por marcharse. Esa sensación de que, por un instante, nada falta.
Para terminar, no separe el cuerpo de golpe. Afloje lentamente, como si algo aún se sostuviera entre ambos. Sepárese apenas, permaneciendo en ese borde donde el contacto ha desaparecido pero la presencia aún permanece. No diga nada. Hay cosas que se rompen al nombrarse.
Si ha seguido correctamente las instrucciones, es posible que nada haya cambiado en apariencia y, sin embargo, algo —muy hondo, muy frágil— haya sido transformado. No lo busque. No lo nombre. Tal vez ese abrazo haya salvado dos mundos.
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❤️❤️ El texto es una delicia de atención, cuidado y consciencia. El abrazo consciente como un acto primordial. ❤️❤️
Hermosa descripción de lo que un abrazo puede significar. Instrucciones perfectamente recibidas. Gracias.