Hace un mes que mis padres decidieron llevar a mi perro al pequeño terreno en el que cultivan un huerto. Boumer, de ojos chocolate derretido al sol y un pelo que pareciera los arabescos intrincados de una filigrana de plata, acostumbrado a acurrucarse a mi lado, a apoyar su cabeza en mis piernas mirándome tiernamente mientras yo devoro la merienda, a ser el guardián de mis sueños y el confidente de mis aventuras, fue desterrado, sin explicación, a la misma soledad en la que su partida me obligó a mantener mi existencia.
El huerto está en un terreno árido, con un único árbol que viste cicatrices y hojas moteadas de amarillo y una alberca, bostezo de la tierra y abismo de verdín que traga la luz y la esperanza. Intento, siempre que puedo, paliar mi soledad paseándola al lado de la suya. Cuando decido ir a verle, Boumer presiente mi llegada, y desde que entro en la calle de la cárcel que lo retiene, sus ladridos de bienvenida resuenan en el aire.
Hoy he terminado pronto en la escuela y quiero darle una sorpresa. Almuerzo de manera apresurada un bocadillo, guardando algunos trocitos que él tomará con delicadeza y moviendo su rabito con la misma alegría con la que bailaría un niño al que le ponen un helado de fresa entre sus manos y con mi bici me dirijo hacia su encuentro. Me acerco, pero no escucho su ladrido. Me asusto imaginando el motivo de esta ausencia. Acelero el pedaleo para llegar antes, tiro la bici y corro en busca de mi perro. Repito a gritos su nombre, pero él no contesta.
Mi padre sale a mi encuentro y me dice que Boumer no estaba a su llegada, que le han dicho que lo han visto enamorado persiguiendo a una perra abandonada y que seguro volverá en unos días. Mi padre me manda entrar y ayudarle con el huerto y yo siento, de pronto, como si el cielo se hubiera cubierto de nubes de tormenta. Quiero ir en busca de mi perro y mi padre no me deja. Me grita que solo es un perro y que volverá cuando quiera hacerlo, que no pierda el tiempo en tonterías.
Cuando termino de ayudarle me escapo de sus fauces para salir en busca del abrazo de mi perro. Con la bici recorro los caminos gritando su nombre, pero no encuentro respuesta. Al caer la noche vuelvo a casa con la idea fija de intentarlo al día siguiente.
Vuelvo al día siguiente.
Y al siguiente.
Y al siguiente.
Durante cinco días busqué a mi perro.
Al cabo de esos cinco días mi padre con una voz que sonaba al crujir de una puerta vieja y oxidada me dijo:
-¡Deja de buscar al dichoso perro!, No vas a encontrarlo. Lo saqué, ahogado, de la alberca hace cinco días.
Me quedé muda. Un escalofrío se extendió por mi piel como una ola gélida. La agonía de Boumer se filtraba a través de mis sentidos.
E imaginé.
Imaginé el agua cerrándose sobre él. El cuerpo que intentaba salir. Las patas resbalando contra el borde. El esfuerzo inútil. Imaginé sus ojos. Buscándome.
Volví a casa con el corazón ahogado en lágrimas. Todo mi mundo, de pronto se volvió gris, como si una niebla espesa lo cubriera. A partir de aquel momento los castillos con dragones que poblaban las calles se convirtieron en monótonos edificios de cemento y cristal y las calles dejaron de ser laberintos llenos de secretos y aventuras.



