La contabilidad de la destrucción.
La guerra como dato económico: una reflexión sobre la fractura moral que permite convertir la destrucción en beneficio.
De vez en cuando aparece en la prensa una noticia escrita en un lenguaje sorprendentemente tranquilo. Habla de oportunidades de mercado, de crecimiento del sector, de perspectivas favorables para determinadas empresas… Hace unos días leía que varias compañías españolas del sector de la defensa, el término preferido para evitar otras palabras más directas, celebraban el aumento de pedidos provocado por la nueva situación geopolítica: guerras abiertas, tensiones internacionales, programas de rearme en Europa. Para esas empresas el escenario era claro: más contratos, más inversión, más facturación. El artículo estaba redactado con el tono habitual de las páginas económicas. Nada parecía fuera de lugar. Todo se presentaba como una consecuencia lógica del funcionamiento del mercado.
Y, sin embargo, basta con detenerse un instante para advertir algo inquietante. Porque aquello que aparece en los informes financieros como crecimiento tiene en la realidad otro nombre: destrucción. La guerra, cuando se la despoja de sus abstracciones, es algo muy concreto. Es una ciudad que deja de existir tal como era. Es una familia que abandona su casa con una bolsa de ropa. Es un cuerpo que no vuelve. Sin embargo, existe un punto de la vida económica donde esos hechos se traducen en otra cosa: pedidos, contratos, expansión industrial. Ahí aparece una fractura moral difícil de mirar de frente.
No se trata sólo de que exista una industria de armamento. La historia humana, por mucho que nos pese, ha conocido siempre esa realidad. Lo verdaderamente perturbador es la serenidad con la que esa contradicción se ha integrado en nuestra vida. Leemos que el sector de la defensa se fortalece y apenas sentimos el choque entre las dos realidades que esa frase contiene. Tal vez el lenguaje tenga algo que ver con ello. No hablamos de industria de la guerra, sino de industria de defensa. No hablamos de armas, sino de sistemas. No hablamos de muerte potencial, sino de seguridad. Las palabras introducen una distancia moral que permite mantener separadas, dentro de la misma frase, dos realidades que en el fondo son inseparables.
Hannah Arendt observó que uno de los rasgos más inquietantes de la modernidad es la fragmentación de la responsabilidad. En los sistemas complejos cada individuo realiza su tarea técnica sin enfrentarse directamente al resultado final de la cadena. El ingeniero perfecciona un mecanismo, el directivo firma un contrato, el analista celebra el crecimiento del sector. Nadie dispara. Y, sin embargo, al final de esa cadena siempre hay alguien que muere.
Simone Weil escribió que la fuerza posee una capacidad terrible: transforma al ser humano en cosa. La violencia no destruye solamente cuerpos; destruye la percepción de la humanidad del otro. Lo inquietante de nuestro tiempo es que hemos aprendido a contabilizar sus consecuencias sin mirar aquello que verdaderamente significan. La destrucción puede convertirse en línea ascendente en un informe económico.
Ese es el punto donde la fractura moral se vuelve más visible. Porque la cuestión no es solo que algunos ganen dinero fabricando armas. La cuestión es que la sociedad entera ha aprendido a aceptar esa lógica como parte natural del paisaje. En el capitalismo contemporáneo casi todo puede convertirse en mercado. La escasez genera negocios. Las catástrofes generan negocios. Incluso el miedo genera negocios. La guerra no escapa a esa lógica: la encarna de forma extrema. Una ciudad arrasada significa contratos de reconstrucción. Un conflicto prolongado significa producción sostenida. La inseguridad significa inversión en tecnología militar. La destrucción puede integrarse, sin demasiada dificultad, en el ciclo económico.
Y es justamente ahí donde surge una pregunta difícil de esquivar: ¿qué ocurre con una sociedad cuando una parte de su prosperidad depende de que el mundo sea un lugar más peligroso? No se trata de negar la complejidad política del mundo. Los estados se defienden, las tensiones existen, la historia está llena de conflictos. Sería ingenuo ignorarlo. Pero aceptar esa complejidad no debería impedir reconocer otra verdad más perturbadora. Cuando la guerra entra en la lógica del beneficio, la violencia deja de ser solamente una tragedia humana y empieza a convertirse también en una oportunidad económica.
Tal vez esa contradicción sea posible porque nuestra época ha desarrollado varios mecanismos que permiten convivir con ella sin demasiado desasosiego. Uno de ellos es la distancia. La guerra casi siempre ocurre lejos del lugar desde el que se redactan los informes económicos. La vemos en mapas, en gráficos, en breves secuencias de informativos. Sabemos que existe, pero no forma parte de la textura inmediata de nuestra vida cotidiana. Esa distancia transforma la tragedia en información. Y cuando el sufrimiento se convierte en información, resulta más fácil integrarlo en el lenguaje frío de la economía.
A esa distancia se suma la fragmentación de la responsabilidad, tal y como decía Arendt. Las sociedades contemporáneas funcionan a través de sistemas tan complejos que nadie se percibe a sí mismo como autor del resultado final. Cada individuo ocupa un lugar muy pequeño dentro de una cadena enorme. La violencia aparece al final del proceso, en un punto donde casi nadie siente que su decisión personal la haya producido. El sistema entero funciona como una maquinaria en la que las consecuencias últimas quedan siempre un poco más allá del campo de visión de quienes participan en ella.
El lenguaje cumple también su papel en esta operación moral. Las palabras no solo describen la realidad: también la amortiguan. Decimos “defensa”, “seguridad”, “capacidades estratégicas”, y esas expresiones introducen una distancia simbólica respecto a aquello que realmente está en juego. La muerte no desaparece, pero queda desplazada fuera del campo visible de la frase.
Sin embargo, quizá la causa más profunda sea otra. El sistema económico contemporáneo posee una extraordinaria capacidad para transformar cualquier acontecimiento en recurso.
Y aquí aparece un giro aún más preocupante: no es que toleremos la contradicción, es que, de algún modo dependemos de ella. Las economías contemporáneas necesitan crecimiento constante, inversión continua, nuevos ámbitos de expansión. En ese contexto, incluso los fenómenos más oscuros de la condición humana pueden terminar integrándose en la lógica del sistema.
La guerra, entonces, deja de ser únicamente una catástrofe humana para convertirse variable económica. Y por eso, probablemente, la fractura moral más profunda de nuestro tiempo consista precisamente en eso: en haber aprendido a vivir en un mundo donde la destrucción puede aparecer, sin demasiado escándalo, como una oportunidad de negocio.
Y, sin embargo, quizá la pregunta más perturbadora no tenga que ver únicamente con la economía ni con la política, sino con nosotros mismos.
Porque una fractura moral de esta naturaleza no se sostiene solo por estructuras externas. Se sostiene también por una cierta disposición interior. Por una forma de mirar —o de no mirar— que hemos aprendido a habitar.
Hay algo en el ser humano que parece capaz de convivir con contradicciones profundas sin necesidad de resolverlas. De compartimentar la realidad. De aceptar, en un mismo gesto, la conciencia del sufrimiento y su conversión en oportunidad. Como si pudiéramos mantener separadas, dentro de nosotros, dos verdades incompatibles sin que se produzca una ruptura visible.
Tal vez no sea solo el dinero el que borra la ética. Tal vez sea también nuestra capacidad para acostumbrarnos: nos acostumbramos a las cifras, a las imágenes, a la repetición de lo intolerable. Y en ese proceso, lo que en otro tiempo habría provocado escándalo moral comienza a percibirse como parte del orden de las cosas. Entonces, se vuelve posible que, la muerte se convierta en dato sin que algo en nosotros se resista con suficiente fuerza.
Y quizá lo más inquietante no sea que eso ocurra, sino que podamos seguir viviendo con normalidad después de haberlo entendido.
Porque cuando la destrucción deja de interrumpirnos, cuando ya no rompe el ritmo de nuestra comprensión ya no estamos sólo ante un problema económico o político. Estamos ante una forma de desgaste de lo humano. Una erosión lenta, casi imperceptible, que se manifiesta en algo muy sutil: en la pérdida de la capacidad de escandalizarnos, en la facilidad con la que seguimos adelante. En definitiva, en la capacidad de leer, comprender… y continuar.
Y quizá ahí —precisamente ahí— es donde la fractura se vuelve definitiva.
Si quieres saber más sobre mí: www.chusrecio.com




Excelente reflexión, Chus. En voz alta para que la conciencia despierte. Es probable que, como forma de supervivencia, el hombre, criatura compleja y contradictoria, haya desarrollado mecanismos de distancia e indiferencia, incluso humor, ante el horror y la corrupción. Quizás por eso, tú artículo es tan necesario, no tanto para cambiar una realidad cada vez más próxima, como para reconocernos en ella.
Gracias, una vez más. Saludos
Que la guerra no me sea indiferente
Que es un monstruo grande y pisa fuerte
La pobre inocencia de la gente
Mercedes Soza