La cultura que dejamos de desear
Una reflexión sobre el desprestigio del pensamiento y el triunfo de una rudeza que confunde autenticidad con pobreza moral.
Tras leer el artículo publicado hoy en El País de Ignacio Sánchez-Cuenca, me he quedado pensando no tanto en la coyuntura política que lo atraviesa, ni en los nombres propios que lo sostienen, sino en algo más amplio y más inquietante: la pérdida de prestigio del pensamiento. No del pensamiento como ornamento, como lujo cultural o como signo de distinción social, sino del pensamiento entendido como una forma de responsabilidad ante el mundo.
Es profundamente reveladora una época que ya no parece querer parecerse a sus intelectuales. Durante mucho tiempo, con todas las contradicciones que se quieran señalar, la figura del intelectual ocupó un lugar simbólico dentro del imaginario colectivo. No era solo alguien que sabía más, ni alguien que acumulaba libros, citas o referencias. Era, o al menos podía ser, una figura de exigencia. Alguien que no aceptaba la realidad como un hecho cerrado. Alguien que introducía preguntas allí donde otros habían instalado costumbres. Alguien capaz de incomodar al poder, pero también de incomodar la comodidad moral de su propio tiempo.
El intelectual no representaba únicamente la cultura. Representaba una posibilidad de elevación. La idea de que una sociedad podía aspirar a ser más justa, más lúcida, más compleja, más libre. La idea de que leer, pensar, discutir, comprender la historia, atender al lenguaje, escuchar el sufrimiento y desconfiar de las certezas demasiado rápidas no eran gestos inútiles, sino formas de construir mundo.
Quizá por eso su descrédito resulta tan grave.
Una sociedad que deja de admirar el pensamiento empieza a admirar únicamente la eficacia, la rentabilidad, la ocurrencia, la desfachatez o la capacidad de imponerse. Y cuando eso sucede, el saber deja de ser horizonte y se convierte en sospecha. Ya no se mira a quien piensa como a alguien que puede ayudarnos a ver más lejos, sino como a alguien que pretende situarse por encima. La inteligencia se confunde con arrogancia. La formación con pedantería. La reflexión con lentitud. La sensibilidad con debilidad. La complejidad con elitismo.
Y entonces aparece una forma particularmente peligrosa de pobreza: no la pobreza de quien no ha tenido acceso al conocimiento, sino la pobreza de quien ha dejado de desearlo.
No se trata de despreciar a quien no ha podido estudiar. No se trata de convertir la cultura en una frontera moral entre mejores y peores. Nada sería más injusto, más clasista, más contrario precisamente a la vocación emancipadora del pensamiento. La cuestión es otra. La cuestión es qué ocurre cuando una sociedad deja de admirar el saber; cuando la ignorancia ya no se vive como una carencia posible de reparar, sino como una forma de autenticidad; cuando el desconocimiento se exhibe como prueba de cercanía con “la gente”; cuando quien sabe algo es acusado de alejarse de la vida real.
Porque la vida real también necesita pensamiento. Quizá más que nunca.
La vida real no es solo pagar facturas, levantar una empresa, cumplir horarios, sobrevivir a la burocracia, llegar a fin de mes o gestionar lo inmediato. La vida real es también preguntarse qué tipo de existencia estamos aceptando como inevitable. Qué desigualdades hemos naturalizado. Qué palabras han sido vaciadas. Qué formas de violencia hemos aprendido a llamar normalidad. Qué futuros hemos dejado de imaginar porque nos han convencido de que pensar más allá de lo útil es una pérdida de tiempo.
Hannah Arendt insistió en que la política necesita un mundo común: un espacio compartido donde los hechos, las palabras y los juicios puedan ser discutidos sin quedar reducidos a propaganda, tribalismo o mera opinión. Cuando ese mundo común se erosiona, no desaparece solo la verdad; desaparece también la posibilidad de orientarnos juntos. Cada cual queda encerrado en su pequeña isla de certezas, rodeado de consignas que ya no buscan comprender, sino confirmar.
En ese sentido, la desaparición del prestigio intelectual no es una cuestión estética. No significa simplemente que leamos menos, que sepamos menos historia o que hayamos perdido cierta elegancia en la conversación pública. Significa algo mucho más grave: que perdemos una de las mediaciones que permitían convertir el malestar privado en conciencia colectiva. Sin pensamiento, el sufrimiento queda aislado. Sin lenguaje, la injusticia se vuelve muda. Sin memoria, cada abuso parece nuevo, cada desigualdad parece natural, cada derrota parece responsabilidad exclusiva de quien la padece.
Ahí estaba, quizá, la antigua alianza entre el intelectual y el progreso social. No un progreso entendido como acumulación técnica, como crecimiento económico o como multiplicación de dispositivos, sino como búsqueda de justicia. El intelectual, cuando no se traicionaba a sí mismo, ayudaba a ensanchar el campo de lo posible. Nombraba aquello que aún no tenía nombre. Convertía un malestar disperso en conciencia compartida. Recordaba que las cosas no tenían por qué seguir siendo como eran. Señalaba la herida antes de que la herida se convirtiera en estadística.
Antonio Gramsci comprendió bien que ninguna sociedad se sostiene solo por la fuerza. También se sostiene por una determinada forma de sentido común. Por una manera de entender lo normal, lo deseable, lo aceptable, lo inevitable. Por eso la cultura nunca es inocente. Lo que una sociedad admira dice mucho de lo que una sociedad está dispuesta a tolerar. Si admira la brutalidad, terminará llamando franqueza a la violencia. Si admira la astucia, terminará llamando inteligencia a la falta de escrúpulos. Si admira únicamente la eficacia, terminará preguntándose para qué sirve la justicia.
La derrota del intelectual es, en parte, la victoria de un sentido común empobrecido.
Y ese sentido común empobrecido no llega vacío. Llega acompañado de una estética, de una gestualidad, de una manera de estar en el mundo. Allí donde antes podía admirarse la lucidez, la mesura, la cultura o la capacidad de elaborar una idea, empieza a celebrarse una forma de primitivismo satisfecho de sí mismo: la ocurrencia basta, el exabrupto basta, la simpleza basta, la violencia simbólica basta. Todo aquello que exige mediación —pensamiento, sensibilidad, compasión, memoria— es presentado como artificio, como debilidad o como moralismo. Y, en cambio, lo bruto aparece revestido de autenticidad.
No es casual que en ese clima recuperen prestigio ciertas formas de rudeza presentadas como tradición, ciertas prácticas incapaces de interrogar su propia violencia, ciertos discursos que confunden libertad con indiferencia hacia el daño. La cuestión no es solo qué símbolos se defienden, sino desde qué sensibilidad se defienden: si desde una conciencia capaz de revisar sus herencias o desde un orgullo cerrado que llama cultura a todo aquello que no quiere pensar. Sucede, también con esas simplezas que circulan como si fueran verdades naturales: frases hechas, desprecio al ecologismo, burla de los cuidados, exaltación de la rudeza, sospecha hacia todo lo que huela a pensamiento elaborado. El catetismo ya no comparece como una falta, sino como una bandera.
La sustitución del intelectual por el primitivo orgulloso no es solo un cambio de referentes; es un descenso de temperatura moral.
No porque todos deban ser intelectuales en el sentido profesional del término, sino porque toda sociedad necesita alguna forma de aspiración hacia lo alto. Necesita figuras, espacios y lenguajes que recuerden que vivir no consiste solo en producir, consumir, obedecer, opinar y entretenerse. Necesita preservar la idea de que la cultura no es un adorno de las élites, sino una herramienta de emancipación. Una forma de hacer más habitable la existencia. Una manera de no quedar completamente sometidos a la inercia de lo dado.
Julien Benda habló, a comienzos del siglo XX, de la traición de los intelectuales. Se refería a aquellos pensadores que abandonaban su compromiso con valores universales —la verdad, la justicia, la razón— para ponerse al servicio de pasiones políticas, nacionales o partidistas. Hoy quizá asistimos a otra forma de traición, más difusa: no solo la del intelectual que se entrega al poder, sino la de una sociedad que ya no espera nada de sus intelectuales. Que ya no les pide altura, ni lucidez, ni vigilancia moral. Que prefiere al tertuliano antes que al pensador, al provocador antes que al estudioso, al gestor antes que al humanista, al exitoso antes que al justo.
No hace falta quemar libros para degradar una cultura. La pesadilla más profunda de Fahrenheit 451 no era solo el fuego, sino la posibilidad de que una sociedad llegara a no echar de menos aquello que ardía. Basta con hacer los libros irrelevantes. Basta con convertir el pensamiento en una extravagancia. Basta con repetir que lo importante es ser práctico, resolutivo, competitivo, rentable. Basta con formar individuos perfectamente adaptados a un sistema que ya no les pide conciencia, sino disponibilidad.
Hemos confundido el progreso con la sofisticación de los medios y hemos olvidado que una sociedad puede estar tecnológicamente avanzada y espiritualmente empobrecida. Puede tener mejores infraestructuras, más herramientas, más velocidad, más capacidad de producción, más acceso a la información, y sin embargo perder la facultad de orientarse moralmente. Puede saber hacer muchas cosas y no saber por qué las hace. Puede multiplicar sus recursos y disminuir su conciencia. Puede ganar eficacia y perder mundo.
El pensamiento no construye justicia por sí solo. Ninguna idea basta si no se encarna en prácticas, instituciones, luchas y decisiones concretas. Pero sin pensamiento, incluso la justicia pierde imaginación. Se vuelve consigna, procedimiento, administración del daño. Para que una sociedad avance moralmente, necesita algo más que productividad: necesita conciencia. Necesita lenguaje. Necesita memoria. Necesita personas capaces de detenerse donde todo empuja a continuar.
Por eso el desprestigio del intelectual no es un asunto menor. No anuncia solo una crisis cultural. Anuncia una sociedad cada vez menos capaz de pensarse de otro modo.
Hoy se admira mucho más al que resuelve que al que pregunta. Al que monetiza que al que comprende. Al que simplifica que al que matiza. Al que habla fuerte que al que duda. Al que triunfa que al que se interroga. La figura del empresario hecho a sí mismo, del gestor eficaz, del comunicador insolente, del “opinador” sin fisuras o del dirigente que desprecia cualquier complejidad parece haber sustituido, en buena parte del imaginario social, a la figura de quien piensa. Como si pensar fuera una actividad decorativa, tolerable solo cuando no interrumpe el funcionamiento general de la maquinaria.
Pero pensar interrumpe. Esa es precisamente su función.
Pensar introduce una pausa en el automatismo. Obliga a mirar lo que preferiríamos dejar en penumbra. Desordena los lugares comunes. Hace que las palabras dejen de circular como monedas gastadas y vuelvan a pesar. Por eso incomoda tanto. Porque allí donde todo quiere velocidad, el pensamiento exige demora. Allí donde todo quiere adhesión, introduce distancia. Allí donde todo quiere rendimiento, pregunta por el sentido. Allí donde todo quiere obediencia, recuerda que comprender no es lo mismo que aceptar.
Foucault propuso sustituir la figura del intelectual universal —aquel que hablaba en nombre de todos— por la del intelectual específico: alguien que piensa desde un lugar concreto, desde un saber situado, desde una práctica determinada. Esa matización sigue siendo necesaria. Ya no necesitamos grandes sacerdotes de la verdad pronunciándose desde una altura inaccesible. Pero sí necesitamos personas capaces de hacer visible lo que el poder oculta, de interrogar los discursos dominantes, de desactivar las evidencias prefabricadas, de abrir grietas en aquello que se presenta como inevitable.
Necesitamos pensamiento, aunque ya no necesitemos pedestales.
Ortega y Gasset escribió sobre la rebelión de las masas con una preocupación que, leída hoy, resulta incómoda y a la vez iluminadora: el ascenso de un tipo humano satisfecho de sí mismo, poco dispuesto a reconocer instancias superiores de exigencia, convencido de que su opinión espontánea vale tanto como cualquier forma de conocimiento. Más allá de las objeciones que puedan hacerse a su elitismo, hay en esa intuición algo que resuena todavía: una sociedad se empobrece cuando confunde igualdad democrática con equivalencia absoluta entre saber y ocurrencia, entre juicio formado y reacción inmediata, entre pensamiento y ruido.
La democracia no exige despreciar la excelencia. Exige que la excelencia no sea patrimonio de una casta. Exige abrir el acceso al saber, no degradar el saber para que nadie se sienta interpelado por él.
La decadencia no empieza necesariamente cuando faltan libros, universidades o expertos. Empieza cuando todo eso deja de ser deseable. Cuando la cultura ya no se asocia a la libertad, sino a la incomodidad. Cuando la pregunta ya no se entiende como apertura, sino como amenaza. Cuando el pensamiento crítico se convierte en una extravagancia de minorías. Cuando la aspiración a saber más es sustituida por el orgullo de no necesitar saber.
Entonces una sociedad ya no busca ciudadanos más lúcidos, sino individuos más adaptables. No busca sujetos capaces de juzgar, sino consumidores capaces de elegir dentro de un catálogo previamente diseñado. No busca pensamiento, sino opinión. No busca conversación, sino reacción. No busca justicia, sino gestión del malestar.
Y es justamente ahí donde se encuentra una de las grandes derrotas de nuestro tiempo: no en que haya desaparecido el intelectual, sino en que ha desaparecido el deseo social de necesitarlo.
Porque una sociedad que repudia a sus intelectuales no se vuelve más libre, más popular ni más auténtica. Se vuelve más vulnerable. Más manipulable. Más pobre en matices. Más inclinada a confundir la fuerza con la razón, la ocurrencia con la inteligencia, la provocación con la valentía y el éxito con la verdad.
El pensamiento no nos salva de todo. También se equivoca. También se corrompe. También puede servir al poder, encerrarse en su vanidad, hablar una lengua inaccesible, olvidar los cuerpos concretos sobre los que teoriza. Pero incluso con todas esas sombras, sigue siendo una de las pocas formas que tenemos de no quedar completamente entregados a la inercia.
Pensar es negarse a vivir únicamente dentro de lo dado.
Por eso, cuando una sociedad deja de admirar el pensamiento, no solo pierde cultura. Pierde profundidad democrática. Pierde imaginación moral. Pierde capacidad de futuro. Pierde esa vieja, frágil y necesaria convicción de que el mundo no está terminado, de que lo real no agota lo posible, de que la justicia no nace de la eficacia, sino de una pregunta obstinada por la dignidad de los otros.
Creo que la verdadera involución no consiste en que haya menos personas cultas. Consiste en que la cultura ha dejado de ser una aspiración compartida. En que ya no queremos elevarnos, sino justificarnos. En que ya no buscamos comprender, sino vencer. En que hemos dejado de mirar hacia quienes podían ensanchar nuestra mirada y hemos empezado a celebrar a quienes nos confirman en nuestra estrechez.
Y una sociedad que celebra su propia estrechez puede seguir funcionando durante mucho tiempo. Puede incluso prosperar. Puede llenar terrazas, oficinas, centros comerciales, platós, redes sociales y discursos de aparente vitalidad. Pero por dentro, lentamente, se queda sin altura.
Si quieres saber más sobre mí: www.chusrecio.com




Excelente
Buenísimo Chus!
Muchas gracias por poner en palabras lo que muchos sentimos, excelente artículo.