Hace unos días una amiga me contaba que el gimnasio que había creado junto con otros socios funcionaba muy bien. Tenían clientes, beneficios y trabajo de sobra; tanto, de hecho, que ella estaba agotada. A pesar de ello, estaban abriendo un segundo establecimiento. Le pregunté para qué. La respuesta fue clara: para hacer crecer el negocio, aumentar su valor y conseguir que resultara atractivo para un fondo de inversión. La frase era perfectamente razonable según los códigos económicos de nuestro tiempo. Precisamente por eso me pareció brutal. Porque describía con absoluta naturalidad una transformación que hemos aceptado: ya no se trata simplemente de crear un negocio que funcione, que proporcione una vida digna, que permita hacer bien un trabajo, que permanezca, que pueda transmitirse o incluso que algún día, por las circunstancias que sean, termine siendo vendido. Se trata de construirlo desde el principio con la mirada puesta en otro lugar. El gimnasio presente importa, por supuesto, pero sobre él planea ya su futura conversión en activo. Su éxito no termina en funcionar bien. Tiene que crecer. Y crecer no necesariamente porque haya una necesidad que atender, porque sus propietarios deseen trabajar más o porque vivir mejor requiera ganar más, sino porque un negocio más grande vale más cuando llega el momento de desprenderse de él.
Durante mucho tiempo, tener un negocio significó, con todas las durezas, limitaciones y desigualdades que no conviene idealizar, establecer una relación relativamente duradera con una actividad. El panadero quería una buena panadería; el carpintero, un taller que funcionara; el librero, una librería capaz de sostenerlo; el hostelero, un establecimiento con clientes que regresaran. El éxito podía significar muchas cosas: dinero, reconocimiento, autonomía, continuidad familiar. Pero aún existía una idea que hoy empieza a parecernos sospechosa: que algo pudiera llegar a ser suficiente. Que una empresa pudiera funcionar bien y que, llegado ese punto, la pregunta no tuviera necesariamente que ser cuánto más puede crecer, sino cómo puede hacerse mejor, cómo puede sostenerse sin destruir la vida de quienes la han creado, qué relación establece con sus trabajadores, con sus clientes, con su entorno. Parece poca ambición porque hemos aprendido a llamar falta de ambición a la voluntad de permanecer.
Richard Sennett escribió en El artesano sobre un impulso humano elemental y, al mismo tiempo, extrañamente desplazado de nuestro vocabulario económico: el deseo de hacer bien una cosa por el propio hecho de hacerla bien. El artesano no es simplemente quien trabaja con las manos. Es quien establece con aquello que hace una relación de atención, aprendizaje, paciencia y cuidado. La obra importa. No es exclusivamente un instrumento para obtener algo distinto de ella. El tiempo invertido en mejorarla no constituye necesariamente una ineficiencia; la experiencia acumulada no es un residuo; la permanencia no es un fracaso de movilidad. Hay una dignidad específica en conocer algo profundamente, en perfeccionarlo, en habitar durante años la relación entre una capacidad y su objeto. Vista desde esa perspectiva, la transformación que se está produciendo en nuestra cultura económica resulta especialmente reveladora: no hemos dejado de trabajar ni de construir cosas, pero cada vez con mayor frecuencia aquello que construimos deja de concebirse primordialmente como obra y comienza a ser contemplado como activo.
La diferencia no es menor. Una obra reclama cuidado; un activo reclama valorización. Una obra puede aspirar a durar; un activo debe estar preparado para circular. Una obra mejora cuando quien la hace profundiza en ella; un activo aumenta su atractivo cuando puede desprenderse de quien lo ha creado. Ahí aparece una de las paradojas de nuestro tiempo: el empresario puede dedicar años de esfuerzo a construir una empresa y, sin embargo, demostrar que ha tenido verdadero éxito precisamente cuando consigue hacerla suficientemente independiente de sí mismo como para venderla. Ya no basta con crear algo valioso. Hay que crear algo transferible. Estandarizar procedimientos, fijar métricas, reducir dependencias personales, hacer replicable el modelo, aumentar el número de establecimientos, demostrar capacidad de crecimiento. Nada de esto es en sí mismo absurdo; muchas de estas prácticas mejoran realmente las organizaciones. Lo significativo es la finalidad que empieza a ordenarlas. La pregunta “¿cómo podemos hacer mejor nuestro trabajo?” comienza a quedar subordinada a otra: «¿cuánto valdrá esto para quien pueda comprarlo?».
Es entonces cuando el futuro inversor entra en la empresa mucho antes de haberla adquirido. Todavía no existe el fondo, todavía no ha llegado ninguna oferta, quizá ni siquiera exista una negociación imaginable, pero su mirada ya organiza decisiones presentes. Hay que alcanzar determinado tamaño, mejorar determinados indicadores, hacer visible la escalabilidad, reducir lo que no pueda medirse con facilidad. El hipotético adquirente se convierte así en una especie de propietario fantasma: no posee aún el negocio, pero condiciona su forma. Trabajadores, clientes, proveedores, locales, horarios y procesos comienzan a ser leídos también desde una lógica anticipatoria de valoración. La empresa continúa perteneciendo jurídicamente a quienes la fundaron, pero una parte de su racionalidad pertenece ya al sujeto abstracto que algún día podría comprarla.
Lo inquietante es que para que esto ocurra no hace falta ninguna persona moralmente perversa. Mi amiga es una buena persona. Seguramente se preocupa por sus clientes, por sus trabajadores y por la calidad de aquello que ofrece. Esa circunstancia, lejos de debilitar la cuestión, la vuelve mucho más importante. Los sistemas económicos más poderosos no son aquellos que necesitan convertir a las personas en monstruos, sino aquellos que consiguen que personas perfectamente decentes adopten como racionales decisiones cuyas consecuencias colectivas quizá jamás habrían elegido deliberadamente. Nadie se levanta por la mañana pensando que desea contribuir a la concentración de la propiedad, al desplazamiento del pequeño empresario, a la homogeneización de los servicios o a la expansión del poder financiero. Simplemente hace lo que parece sensato: crecer, profesionalizarse, aumentar valor, aprovechar una oportunidad, vender bien. Cada decisión puede ser individualmente comprensible y el resultado agregado, sin embargo, transformar por completo el paisaje económico. No hace falta conspiración alguna. Basta con que determinadas reglas de racionalidad se conviertan en sentido común.
Karl Polanyi explicó que una sociedad de mercado no es simplemente una sociedad en la que existen mercados, sino una sociedad en la que cada vez más dimensiones de la vida quedan subordinadas a su lógica. La mutación que estamos viviendo consiste precisamente en eso: no sólo vendemos bienes en el mercado; aprendemos a contemplar anticipadamente las cosas desde la perspectiva de su posible venta. La casa deja de ser únicamente el lugar donde vivimos y también es inversión; el conocimiento se convierte en capital humano; la atención, en recurso monetizable; la reputación, en marca personal; el negocio, en activo susceptible de salida. No es que todas estas realidades pierdan por completo su naturaleza anterior. Seguimos viviendo en las casas, sabiendo cosas, teniendo reputación y trabajando en nuestras empresas. Pero sobre cada una de ellas se superpone una segunda mirada que pregunta cuánto vale, cuánto puede crecer, cuánto puede rentabilizarse y qué rendimiento puede extraerse de ella. El mercado deja entonces de ser un lugar al que llevamos algunas cosas y se convierte en una forma de mirar casi todas.
Aquí aparece otro concepto que nuestra época parece haber expulsado: el límite. El pequeño negocio tradicional podía aspirar a prosperar. La nueva empresa debe crecer. La diferencia está en una palabra aparentemente inocente: “más”. Más locales, más facturación, más clientes, más cuota, más valoración. El crecimiento deja de responder a una necesidad concreta y se convierte en una prueba de vitalidad. Una empresa que gana dinero, paga salarios, satisface a sus clientes y permite vivir razonablemente a sus propietarios puede ser considerada, sin embargo, poco atractiva si ha dejado de crecer. La estabilidad, que durante siglos fue uno de los nombres de la prosperidad, empieza a interpretarse como estancamiento. El éxito necesita movimiento permanente. Y aquí aparece otra cuestión: el capitalismo no ha olvidado accidentalmente la palabra “basta”. Probablemente no pueda permitirse recordarla demasiado. Un sistema cuya lógica depende de la acumulación necesita que el excedente vuelva a convertirse en inversión, que el beneficio produzca nuevo beneficio, que el crecimiento encuentre siempre una siguiente escala. Puede admitir que una persona concreta diga “tengo suficiente”; lo que difícilmente puede convertir en principio general es la suficiencia misma. Porque una economía organizada alrededor de la valorización permanente necesita que el punto de llegada vuelva a convertirse inmediatamente en punto de partida.
Ahí reside una de sus contradicciones. Si la expansión debe continuar, el sistema necesita incorporar continuamente nuevos territorios, nuevas actividades, nuevos tiempos, nuevas necesidades y nuevas relaciones a la lógica de valorización. Aquello que ayer estaba fuera del mercado debe poder entrar en él; aquello que ya estaba dentro debe poder ser explotado con mayor intensidad. El hogar se convierte en activo, la conversación en contenido, la atención en mercancía, el descanso en oportunidad de consumo, la experiencia personal en marca, la pequeña empresa en vehículo de inversión. No basta con producir más cosas: hay que descubrir constantemente nuevas dimensiones de la existencia susceptibles de convertirse en valor económico. La frontera no está ya únicamente en conquistar mercados geográficos, sino en penetrar zonas de la vida que hasta entonces habían permanecido parcialmente protegidas de esa lógica.
Nancy Fraser ha utilizado la imagen de un «capitalismo caníbal» para describir esta tendencia. La metáfora es poderosa porque apunta a algo más grave que la explotación: a un sistema que depende de condiciones que al mismo tiempo puede deteriorar. Necesita naturaleza, pero la somete a una extracción que puede degradarla; necesita cuidados, reproducción social y vínculos que sostengan a quienes trabajan, pero presiona sobre el tiempo y los recursos que permiten realizarlos; necesita instituciones, infraestructuras y cierta estabilidad política, pero busca permanentemente reducir los límites que frenan la rentabilidad; necesita confianza, cooperación y comunidades relativamente cohesionadas, pero una mercantilización extrema puede debilitar precisamente esas formas de vínculo. No se trata simplemente de que el capitalismo consuma recursos. Todo sistema económico lo hace. La peculiaridad aparece cuando la necesidad de expansión termina erosionando las condiciones de las que depende su propia continuidad. El organismo empieza a alimentarse de sus propios tejidos.
El gimnasio de mi amiga contiene esa paradoja en miniatura. Funciona precisamente porque unas personas concretas lo han creado, lo conocen, lo atienden y han tejido alrededor de él relaciones con clientes, trabajadores y proveedores. Pero para aumentar su valor de venta debe hacerse progresivamente menos dependiente de esas personas concretas: estandarizarse, protocolizarse, replicarse, convertirse en modelo, demostrar que puede abrirse otro idéntico y luego otro. Desde el punto de vista financiero, la empresa mejora cuanto más fácilmente puede separarse de quienes la hicieron posible. Es difícil imaginar una inversión más exacta del ideal artesanal de Sennett. El artesano profundiza su relación con la obra; el activo alcanza una parte de su perfección económica cuando esa relación deja de ser necesaria. El triunfo ya no consiste únicamente en haber construido algo a lo que merece la pena permanecer unido, sino en haber construido algo de lo que uno pueda desprenderse con beneficio.
Sennett había advertido en La corrosión del carácter de otro efecto de la economía flexible: la dificultad creciente para construir narraciones largas de la propia vida. El trabajador debe estar preparado para cambiar, desplazarse, reinventarse y aceptar que conocimientos y experiencias acumulados puedan dejar de ser reconocidos como valiosos. Pero esa lógica ha desbordado al trabajador y alcanza ahora también aquello que construye. Ya no sólo nosotros debemos evitar arraigarnos demasiado; tampoco nuestros proyectos parecen destinados necesariamente a permanecer. La empresa puede dejar de constituir una historia que se desarrolla durante décadas para convertirse en una fase, una plataforma de crecimiento, un vehículo destinado a culminar en una operación de salida. Lo que antes podía presentarse como una biografía empresarial: fundar, sostener, mejorar, transmitir, adopta la forma de un ciclo financiero : crear, escalar, valorizar, vender. Y ese cambio altera nuestra relación con el tiempo. El futuro ya no aparece necesariamente como el lugar donde continuaremos aquello que hacemos, sino como el momento en que conseguiremos desprendernos de ello en mejores condiciones.
No se trata, por supuesto, de defender románticamente la empresa familiar ni de convertir la permanencia en virtud absoluta. Muchas pequeñas empresas han sido lugares de explotación, precariedad, autoritarismo y fracaso. Vender un negocio puede ser una decisión perfectamente legítima y, en innumerables casos, deseable. La cuestión es otra: qué ocurre cuando la venta deja de ser una eventualidad y se convierte en la teleología de la creación; cuando comenzamos a construir algo mirando desde el principio hacia el momento en que dejará de pertenecernos; cuando la posibilidad de desprendernos de lo creado determina la manera en que lo creamos. En ese instante ha cambiado algo más que una estrategia empresarial. Ha cambiado nuestra idea de éxito.
Y después está la cuestión de quién compra. Porque los negocios no desaparecen cuando se venden. Cambian de manos. Cada propietario que decide racionalmente convertir su empresa en liquidez puede contribuir, quizá sin pretenderlo, a un movimiento mucho más amplio por el que fragmentos dispersos de propiedad terminan concentrándose en estructuras cada vez mayores. Restaurantes, residencias de ancianos, clínicas veterinarias, consultas odontológicas, gimnasios, viviendas, guarderías, talleres, empresas tecnológicas: actividades que podían estar distribuidas entre miles de propietarios distintos pasan progresivamente, en determinados sectores, a integrarse en cadenas, conglomerados y fondos cuya relación con la actividad concreta es necesariamente diferente. Y lo es porque la distancia transforma la naturaleza de la responsabilidad y no porque quienes gestionan esas estructuras sean intrínsecamente peores. Para quien trabaja diariamente en un negocio, un cliente puede tener un nombre, un trabajador una biografía y un local formar parte de una comunidad. Para una estructura financiera que administra cientos de empresas, esos mismos elementos deben aparecer necesariamente también como cifras agregadas, márgenes, rendimientos y unidades operativas. La abstracción no es un defecto moral: es una consecuencia del tamaño. Y cuanto mayor es la distancia entre propiedad y actividad, mayor es el riesgo de que lo concreto quede subordinado a aquello que puede representarse en una hoja de cálculo.
Aquí surge una paradoja. Cada empresario que vende puede ganar libertad; la sociedad, sin embargo, puede perder propietarios. Cada operación individual puede realizar patrimonio; el resultado agregado puede concentrarlo. Cada vendedor hace algo perfectamente racional desde su biografía particular, pero miles de decisiones racionales pueden producir una estructura económica que ninguno habría elegido como proyecto colectivo. El sueño de independencia del pequeño empresario puede desembocar, paradójicamente, en un mundo donde haya cada vez menos empresarios independientes, porque la agregación de decisiones individuales orientadas por la misma lógica produce resultados que exceden las intenciones de quienes las toman.
Y ése es el verdadero carácter autófago del proceso. El capitalismo necesita iniciativa individual, propietarios dispuestos a asumir riesgos, personas capaces de construir empresas, conocimiento situado, compromiso, creatividad, comunidades estables de clientes y trabajadores. Pero la lógica de concentración puede terminar absorbiendo precisamente esa pluralidad de sujetos y relaciones que lo alimenta. Necesita diversidad empresarial y, al mismo tiempo, premia economías de escala que tienden a reducirla. Necesita empresarios, pero convierte el éxito del empresario en una invitación a dejar de serlo. Necesita proyectos singulares, pero recompensa su estandarización. Necesita arraigo para que surja valor y desarraigo para que ese valor pueda circular sin fricción. El sistema produce aquello de lo que después se alimenta.
Por eso la conversación con mi amiga siguió rondándome durante días. Me inquietaba comprobar hasta qué punto hemos naturalizado una determinada imaginación económica. Hemos aceptado que crear algo pequeño y bueno pueda parecer un estadio provisional; que tener suficiente sea casi una confesión de mediocridad; que crecer sea una obligación que no necesita justificarse; que trabajar más hoy pueda considerarse racional si aumenta el precio al que podremos dejar de trabajar mañana. Hemos aceptado que permanecer pueda parecer falta de ambición y marcharse, culminación del éxito.
Hemos convertido la salida en horizonte.
El conflicto de fondo puede formularse de una manera mucho más sencilla. El artesano de Sennett pregunta: “¿cómo puedo hacer esto mejor?”. La racionalidad financiera pregunta: “¿cuánto puede valer esto cuando ya no sea mío?”. Ambas preguntas pueden convivir, y de hecho conviven constantemente. Lo decisivo es cuál termina subordinando a cuál. Cuando la segunda coloniza la primera, el hacer bien deja de ser finalidad suficiente y se convierte en instrumento de valorización. La calidad importa porque aumenta el valor; la reputación importa porque aumenta el valor; la fidelidad de los clientes importa porque aumenta el valor; incluso el vínculo termina traducido a una cifra capaz de viajar en una operación futura.
Y ésa es una de las transformaciones más profundas del capitalismo contemporáneo: no que nos haya enseñado a querer dinero, para eso no hacía falta llegar hasta aquí, sino que nos haya enseñado a mirar lo que amamos, lo que construimos y aquello a lo que dedicamos nuestra vida imaginando ya el precio de nuestra separación. Hemos sustituido lentamente la idea de legado por la de salida, la continuidad por la valorización, el oficio por el activo. Ya no preguntamos solamente qué merece la pena construir, sino cuánto podrá valer cuando nos desprendamos de ello.
El problema de un sistema incapaz de decir “basta” no es únicamente que siempre quiera más. Es que, cuando necesita que todo siga creciendo, termina presionando sobre aquello mismo que hace posible su crecimiento. Y entonces la cuestión de “lo suficiente” deja de ser una nostalgia moral por un mundo más sencillo. Se convierte en una pregunta política, económica y antropológica: ¿puede sostenerse indefinidamente una sociedad cuya definición del éxito exige que casi nada pueda declararse terminado, bastante o suficiente?
Tal vez por eso convenga recuperar una pregunta casi ingenua y, precisamente por ello, radical: ¿y si algo que funciona, permite vivir, da trabajo, presta un buen servicio y merece ser cuidado pudiera ser, simplemente, suficiente?
Si quieres saber más sobre mí: www.chusrecio.com




Joseph Heller by Kurt Vonnegut
Historia real, Palabra de Honor:
Joseph Heller, un escritor importante y divertido.
ahora muerto, y yo estábamos en una fiesta organizada por un multimillonario
en Shelter Island.
Le dije: "Joe, ¿cómo te hace sentir?".
saber que nuestro anfitrión solo ayer
Puede que haya ganado más dinero
que tu novela 'Catch-22'
¿Qué ha ganado en toda su historia?
Y Joe dijo: "Tengo algo que él nunca podrá tener".
Y yo dije: "¿Qué demonios podría ser eso, Joe?"
Y Joe dijo: "El saber que tengo suficiente".
¡No está mal! ¡Que descanse en paz!
Un tema al que estoy dando muchas vueltas y me ha encantado leer una reflexión que llega a lugares cercanos pasando del caso concreto a sus consecuencias más universales, perfectamente retratadas en esa valorización de nuestras vidas. Por si te apetece otra perspectiva del mismo problema partiendo de otro lugar, aquí está mi viaje entre escasez, abundacia y suficiencia:
https://www.verdadesincomodas.xyz/p/abundancia