La diferencia
Hay una forma de ser distinta que no se nota en la ropa, ni en la voz, ni en la manera de entrar en una habitación...
Hay una forma de ser distinta que no se nota en la ropa, ni en la voz, ni en la manera de entrar en una habitación. Se nota después, cuando ya te has ido. Se nota en lo que dejas en el aire: una pregunta sin cerrar, una emoción que no se sabía nombrar, un silencio que pesa un poco más de lo previsto.
Me dijeron muchas veces que era sensible como quien te informa de un defecto. como quien señala una grieta en una pared recién pintada. Como si sentir fuese un exceso, una impertinencia del sistema nervioso. Con esa mezcla de lástima y condescendencia: aprende a no sentir tanto. Aprende a no mirar tanto. Aprende a no darte cuenta. Como si la intensidad fuese un mal hábito que se corrige con disciplina. Aprendí a sonreír para que no se notara. Aprendí a traducirme. Aprendí a hacerme manejable.
A veces pienso que lo diferente no es sentir mucho, sino no saber fingir que no se siente. Que hay gente que también percibe, también intuye, también se conmueve, pero lo cubre rápido: con humor, con prisa, con un “bueno, en fin”. Yo no tengo esa velocidad. A mí las cosas se me quedan dentro como si el cuerpo no tuviera escoba.
Intenté volverme fácil. Intenté contestar sin pensar. Intenté reírme donde lo correcto era reír. Intenté no quedarme a vivir dentro de las frases ajenas. Pero hay cosas que se me pegan a la piel. Se me quedan debajo de la uña. Se vuelven pensamiento, y el pensamiento se vuelve cuerpo.
Me ocurre con lo pequeño: la forma en que cae una luz sobre una mesa, el gesto mínimo de alguien cuando se cree solo, la vibración de una canción que no debería doler y duele. Una mirada que no se sostiene. Una palabra que, por debajo, pide otra cosa. Un silencio que, en realidad, es una decisión. Me ocurre con lo grande: la injusticia que se normaliza, el dolor que se administra, la manera en que la gente aprende a sobrevivir apagándose, la manera en que el mundo llama normal a lo que solo es costumbre. Me ocurre, sobre todo, con lo humano: esa facilidad para herir y esa torpeza para pedir perdón. Esa costumbre de llamar “madurez” a la indiferencia. Esa facilidad para salvarnos a medias.
Hay días en que mi mente parece una habitación con demasiadas ventanas. Entra todo. Y cuando entra todo, no queda espacio para la indiferencia. Lo llamo análisis profundo, pero a veces es simplemente incapacidad de mirar por encima. Las cosas me exigen fondo. Me exigen pausa. Me exigen asumir que lo que parece pequeño, casi siempre, es una puerta.
Y es en esos momentos cuando mi sensibilidad se vuelve insoportable. No suena poético. Suena a sobrecarga. A un corazón trabajando sin descanso. A un cuerpo que no sabe filtrar. A una especie de cansancio que nace de estar demasiado viva.
He intentado endurecerme. He querido vivir sin pensar tanto. He soñado con volverme racional. He buscado no quedarme a dormir en cada palabra. Pero hay una fidelidad que no se negocia: la fidelidad a lo que una es cuando nadie la está mirando. Y en mi caso eso incluye esta intensidad que a veces parece un exceso y otras veces es lo único que me salva de convertirme en una persona vacía y correcta.
Porque es duro vivir intensamente en un mundo que premia la distancia. Un mundo donde la emoción es sospechosa si no se convierte en espectáculo. Donde la gente se siente orgullosa de no afectarse. Donde la frase “no te lo tomes a pecho” se dice como consejo y en realidad es una amputación.
Yo me lo tomo a pecho porque lo siento ahí. En el pecho. En la garganta. En el estómago. Como si el cuerpo tuviera memoria antes que la mente. Como si mi piel fuese un órgano de lectura.
He sido muchas veces la que incomoda. La que ve demasiado. La que pregunta demasiado. La que no sabe hacer de la vida un trámite. La que, en mitad de una conversación banal, se queda en silencio porque ha oído algo verdadero escondido en una frase torpe. La que se va a casa con una palabra en el bolsillo y le pesa toda la noche.
Durante mucho tiempo confundí sensibilidad con fragilidad. Creí que ser permeable era ser débil. Luego entendí que hay una fortaleza extraña en quien no se endurece. En quien no se protege con cinismo. En quien sigue sintiendo a pesar de haber aprendido de sobra que sentir duele.
A veces me he odiado por eso. A veces he deseado ser simple. Ser ligera. Ser de esas personas a las que el mundo no les entra tan dentro. Ser impermeable. No tener el corazón tan cerca de la superficie.
Pero hay una verdad que se repite y no negocia: mi sensibilidad también es mi forma de amar. Mi forma de crear. Mi forma de mirar sin mentirme.
Hoy sé que no quiero curarme de esto.
Porque mi sensibilidad es el lugar exacto donde empieza mi verdad. Es la grieta por donde el mundo entra con toda su luz y su sombra. Y sí, a veces me parte. Pero también me mantiene viva.
Anoche, sin motivo, escuché una canción y tuve que apagar la luz. No por tristeza; sí por exceso. Como si el corazón no cupiera en el cuerpo. Me quedé quieta, respirando despacio, esperando que pasara. Y pensé: quizá esto es lo que soy. Una persona a la que la vida le llega sin filtro.
No ocurrió nada extraordinario.
Pero algo se movió.
Y supe que sentir así no es una condena. Es una forma de pertenecer al mundo sin traicionarme. Aunque a veces me deje sola. Aunque a veces me haga distinta. Aunque a veces duela.
Porque, al final, lo diferente no es mi sensibilidad. Lo diferente es que ya no quiero dejar de tenerla.




Siendo hombre PAS, hetero, de metro-ochenta y siete, 90 kgs, deportista y tirando a intelectual, sé que la inmensa mayoría del hate y sospecha recibida, ha venido por lo que los demás han pensado que era, sin conocerme. O demasiado atractivo, para además, parecer inteligente. O demasiado educado o elegante, para aceptar que las cosas no vayan bien. O demasiado sensible, para ser hetero. O demasiado listo, para lo tonto que parezco. O demasiado ingenuo, para lo listo que se supone que debería ser. Hay personas que si no te ven sucio o vestido en chándal, solo por calzar zapatos, suponen que escondes una fortuna en las Seychelles y otra en las Bahamas, aunque en ese momento no tengas ni para un café. La gente está tan acostumbrada a la mentira, al disimulo y a la falsedad, que cuando cuentas la verdad, te muestras como eres o dices lo que hay, no solo no lo creen, sino que inventan otra realidad para disfrutar su película, de la que te acabarán sacando acusaciones y falacias que solo existen en su cabeza. Lógicamente, toda esa confusión te la tragas tú, y acabas creyendo ser merecedor de alguna clase de condena al no poder explicarte tanto odio, envidia, maledicencia, infamia, calumnia. Quizá ser sensible, suponer la bondad, dar por supuesta la cooperación como forma de relacionarse y ayudar como primer instinto, sea lo natural. Y quizá, lo natural no encaje en un mundo de artificio construido a base de suposiciones, máscaras e interpretaciones que son la verdadera manifestación de la locura que les aqueja.
Conclusión: Como le dijo el inimitable Fernando Fernán Gómez (actor, escritor y filósofo de la vida) a un supuesto admirador; o el cantautor, profesor y filósofo José Antonio Labordeta a cierta bancada del Congreso... ¡Vayánse a la ...! ¡A la MI--DA!
Si te quieres reír puedes verlos en Youtube; son videos cortos, pero la carcajada es inevitable. No tengo duda de que uno y otro, ya fallecidos, eran PAS de otra época, que nunca lo supieron y por eso lo sufrieron más. Algunos hemos sabido esto muy, muy, pero que muy tarde. Y saberlo, aclara muchas cosas, además de que ayuda a sacarle ventaja al rasgo. La gente nunca dejará de juzgar y chismorrear, de malpensar y maldecir, así que lo mejor es cultivar un amor propio y una autenticidad tan profunda, que te llegue a importar un rábano lo que piensen y lo que digan, incluyendo en esa despreocupación, la importancia de tus propios errores, defectos o manías.
Me has descrito bastante en mi forma de ser. Comparto contigo esto que describes tan magistralmente con toda tu sensibilidad. Yo también me odié por ser como era. No tenía que hacerlo, sólo aceptarme y aprender a ser. Todavía aprendo. Gracias por enseñarme tus aprendizajes.