La degradación del trabajo no siempre se anuncia con estruendo. A veces avanza sigilosa, como una temperatura que cambia sin que lo advirtamos. Primero se altera el lenguaje: lo aconsejable se bautiza imprescindible; lo suficiente, insuficiente. Después, se adaptan los gestos: la orientación se vuelve persuasión; la ayuda, estrategia; la atención, producto. Así empieza la entropía: cuando el criterio se erosiona bajo la presión del beneficio y la medida moral se diluye en la rentabilidad.
Nada ocurre de golpe; todo se oxida despacio. Un día te recomiendan un “igual o superior” como antídoto contra el supuesto descenso de tu imagen; otro, te orientan hacia una marca que no encaja mejor con tus necesidades sino con su margen, una etiqueta que optimiza su cuenta y no tu problema; más tarde, te sugieren soluciones sobredimensionadas con el argumento de que “así irás sobrada”. Cada gesto parece inocuo, pero juntos fabrican una atmósfera donde el beneficio desplaza el criterio y el oficio pierde respiración. La profesionalidad deja de ser un fin —hacer bien lo que merece ser hecho— para volverse un medio —alcanzar la cifra que manda—. Entonces el juicio se apresura, la escucha se vuelve trámite y la palabra, palanca.
MacIntyre lo explicaría con su distinción entre prácticas e instituciones: la práctica guarda bienes internos (el cuidado, la precisión, la belleza de lo suficiente); la institución busca bienes externos (dinero, poder, prestigio). Cuando los externos sofocan a los internos, la práctica se seca por dentro y solo sobrevive el decorado: se confunde la dignidad con la rentabilidad. Es una entropía moral: no hace ruido, pero estropea el oído.
Corroer es desgastar. Primero, microfisuras: concesiones diminutas (“por una vez”, “no pasa nada”) que merman la integridad sin hacer ruido. Luego, picaduras: zonas sometidas a presión —objetivos, urgencias ficticias— donde el criterio se agujerea. Al final, exfoliación: la capa externa sigue pulcra (manuales, valores, eslóganes), pero por dentro el material se deslama. Cumplimos el procedimiento, no el propósito. Y el cliente aprende, poco a poco, a sospechar. Cuando la sospecha se vuelve hábito, la vida se encarece en fricciones, comprobaciones y miedo; la confianza —materia prima del vínculo profesional— se vuelve un lujo escaso.
En ese paisaje, el lenguaje decide. Las palabras, que deberían pesar, adelgazan: “necesario”, “urgente”, “premium” circulan con la ligereza de una consigna. Sin gramática sobria no hay criterio sobrio. Nombrar mal deforma la mirada: vemos necesidad donde hay deseo, urgencia donde hay posibilidad, fracaso donde solo hay mesura. De ahí brotan los dos empobrecimientos de la profesionalidad: por exceso, cuando se recomiendan soluciones que no responden al problema sino al KPI; y por defecto, cuando se abdica del tiempo de explicar, de escuchar, de argumentar. Sin tiempo no hay juicio: una decisión apresurada es una decisión pensada por debajo de lo debido.
Cambiar el fin modifica el modo de conocer. Cuando el resultado se reduce a su cifra, el mundo se reduce a aquello que cabe en ella. El juicio —mezcla de atención, experiencia y prudencia— se achata en protocolo. Lo complejo se vacía de matices para volverse trámite. El bien interno del oficio —resolver con mesura— queda fuera de campo: seguimos el proceso; el propósito desaparece del visor.
Y el daño no es solo técnico: es relacional. Cuando el otro se convierte en medio para la métrica, la confianza cambia de estado: deja de ser capital compartido y se vuelve gasto recurrente. Cada sobredimensión, cada urgencia fingida, añade fricción: verificaciones, segundas opiniones, cláusulas, desconfianza. Ya no percibimos el ajuste fino al problema, sino una narrativa de maximización que nos vuelve objeto de cálculo. Sin confianza, el vínculo profesional se degrada en compraventa: un regateo de miedos.
Hay otra vía, más honda, para nombrar lo que perdemos. La profesionalidad no es sólo competencia técnica: es una ética de la medida. Aristóteles la llamó phrónesis: saber ajustar medios a fines buenos en circunstancias concretas. Eso se fractura cuando el “más” sustituye al “mejor”: desaparece la delicadeza de la dosis justa. Como en una fotografía bien expuesta, no se trata de inundar de luz, sino de respetar el rango dinámico de la escena: ni quemar las luces del deseo ni empastar las sombras de la necesidad. Recomendar lo suficiente no es pobreza de ambición; es su forma más alta: resolver sin dañar, aliviar sin sobreactuar, acompañar sin invadir.
La cultura del rendimiento empuja en dirección contraria. Todo lo vuelve carrera; todo lo narra como superación. El problema no es la mejora, sino su absolutización: convertida en mandato, degrada la atención —esa virtud doméstica que sostiene la mirada hasta que el contorno verdadero del otro aparece—. Sin atención, la consulta se vuelve pasillo y el asesoramiento, escenografía. En términos íntimos, el profesional se vacía: deja de trabajar para el bien intrínseco de su hacer y empieza a trabajar desde la cifra como sentido. Y nada erosiona tanto la dignidad de un oficio como olvidar su para qué.
Una institución respira por cómo trata sus fines. Si el bien interno de una práctica se subordina a los bienes externos, la organización prospera en decorado y mengua en sustancia. Crecen manuales, eslóganes y tableros; decrece la capacidad de sostener límites, decir no y asumir costes de oportunidad. La racionalidad se vuelve instrumental: lo que no rinde, no cuenta; lo que no cuenta, no existe. Para defenderse, se multiplica la burocracia —más formularios, más validaciones— que añade ruido y, paradójicamente, disminuye el rigor que pretendía garantizar.
En ese escenario, la ética deja de ser brújula y pasa a ser ornamento. Se invoca en los manuales, pero no se habita. Y cuando la ética se convierte en lema, la profesionalidad deja de ser virtud. La apariencia sustituye al propósito. El oficio, poco a poco, pierde su alma.
Trabajar contra el propio fin es una forma lenta de deshabitarse. Llega la fatiga moral: no faltan capacidades, falta autorización para usarlas bien. Se aprende a sobrevivir en lugar de servir; a optimizar exposición en vez de afinar criterio. Para no doler, uno decide no ver. Y, sin embargo, el oficio exige lo contrario: una mirada que no negocie la dosis justa. Sin un “para qué” noble, la técnica es un músculo sin esqueleto: puede mover, pero no conducir.
Cuando el indicador se convierte en fin, deja de indicar. La organización alcanza la meta sin tocar el sentido: mejora la cifra, empeora la experiencia; aumenta el volumen, disminuye el valor. La métrica anula el mundo que debía describir. Entonces hay que vigilar a las métricas con más métricas, y la práctica —la única que sabía lo que hacía— queda fuera del cuadro.
En el cine hay escenas que condensan este dilema. Pienso en The Insider (El dilema, 1999): el precio de decir no es alto, pero devolver a la palabra su peso específico rescata el sentido del trabajo. No es una épica de destellos, sino la obstinación de un límite: hasta aquí. Decir no a lo excesivo es también, una forma de cuidado. Cuidar del otro y cuidar del oficio se vuelven el mismo gesto.
Si quieres saber más sobre mí: www.chusrecio.com





Muy interesante 😃. Lo incluimos en el diario 📰 de Substack en español?
Me ha encantado Chus! Un texto claro y profundo. Me ha tocado sumergirme un par de veces en el para, siquiera, ver un poco el fondo, pero he salido muy refrescado...Coincido con lo que comentas y hasta diría que es verdad si no fuera por que, para mi, la verdad ocupa un nicho cercano al que Nietzsche puso a Dios...es otra palabra que ha perdido su peso y criterio y que, como mencionas, se deshace en óxido...Volviendo al texto, que me pongo filarmónico (oigo violines y divago...), detras de esa decadencia de la profesionalidad yo creo que está ese miedo que mencionas...miedo al fracaso, a no estar a la altura del molde que la empresa y la sociedad ha hecho para ti...pierdes profesionalidad para que otros te vean profesional. Te vendes y te pierdes...En fin, gracias por tu refrescante reflexión!