Esto no debería estar ocurriendo.
Y, sin embargo, ocurre.
Hay un punto impreciso, casi invisible, en el que algo empieza a ceder sin hacer ruido. No es una ruptura limpia. No hay un antes ni un después que puedan señalarse con claridad. Es una rendición lenta, una inclinación imperceptible, una deriva hacia lo que no se puede sostener.
Al principio uno no lo nota. Sigue hablando, sigue respirando, sigue ocupando su lugar en el mundo. Pero por dentro algo ha cambiado de sitio. Una pieza mínima, casi insignificante, se ha desplazado. Y con ella, todo.
El cuerpo lo sabe antes.
Siempre el cuerpo.
Antes que la conciencia.
Esa fatiga sin causa. Esa forma de estar como si se estuviera esperando algo que no llega, algo que se demora, algo que nunca termina de irse. Una tensión sin objeto, un pulso que insiste, un latido que persiste aunque ya no haya nada que lo justifique.
Intento explicarlo.
Busco una forma.
No puedo.
Cada vez que me acerco, el lenguaje se vuelve torpe, insuficiente, casi obsceno. Como si poner palabras fuera una forma de traicionar lo que ocurre en ese lugar donde las palabras no alcanzan, donde se deshacen, donde pierden sentido.
Entonces callo.
Pero el silencio tampoco sirve.
El silencio no detiene nada.
No protege nada.
No ordena nada.
Solo deja más espacio para que todo eso crezca. Y crece.
Se expande de una forma extraña, sin dirección, sin centro, sin límite. Lo ocupa todo sin ocupar nada. Como una presencia que no está, que no se nombra, que no se deja tocar. Como una ausencia que no se puede atravesar, que no se puede rodear, que no se puede negar.
Hay momentos en los que parece que remite.
Un gesto, una distracción, un pequeño alivio que hace pensar que tal vez ya ha pasado, que quizá ha cedido, que por fin se ha disuelto. Pero no. Solo se repliega. Espera. Aprende a quedarse en los márgenes, a no hacerse notar, a no delatarse.
Hasta que vuelve.
Siempre vuelve.
Se instala de nuevo.
Y entonces uno entiende, no con la cabeza, no con las palabras, no con la razón, que no existe salida. Que no se trata de resolverlo, ni de atravesarlo, ni de comprenderlo.
Se trata de convivir con esa fisura.
De dejar que esté.
De no expulsarla.
De aceptar que algo en uno se ha vuelto irreparable, irreversible, irrecuperable.
Y seguir.
Seguir como si no pasara nada.
Sostener la forma intacta hacia fuera.
Habitar la grieta hacia dentro.
Seguir mientras, en algún lugar que no se puede señalar, que no se puede nombrar, que no se puede tocar, todo sigue desmoronándose.




"Como si poner palabras fuera una forma de traicionar lo que ocurre en ese lugar donde las palabras no alcanzan, donde se deshacen, donde pierden sentido." lo siento totalmente. lo unico es seguir- se.