La pedagogía de la resignación
Cuando confundimos comprender el mundo con aceptar la forma en que otros lo han decidido.
El otro día mantuve una conversación con mi sobrino. Estaba viendo vídeos en YouTube sobre inteligencia artificial. No eran vídeos alarmistas en el sentido clásico. No había una voz apocalíptica anunciando el fin del mundo ni una estética de catástrofe. Al contrario: todo parecía razonable, ordenado, casi didáctico. Influencers tecnológicos explicaban, con gráficos, con cifras, con una seguridad impecable, que el precio de uso de la inteligencia artificial iba a subir de forma exponencial. Que el modelo de mensualidad era insostenible. Que pronto pagaríamos por consulta. Que aquello que ahora parecía accesible dejaría de serlo porque los costes de computación, de energía, de infraestructura y de desarrollo hacían inevitable una subida drástica de precios.
Todo estaba justificado. Todo parecía tener sentido. Había datos de consumo, estimaciones de coste, referencias a ingresos, a servidores, a chips, a demanda creciente. No se trataba de una opinión lanzada al aire, sino de una conclusión presentada como si emanara directamente de la realidad. La forma del discurso era limpia, técnica, convincente. Y quizá precisamente por eso resultaba más inquietante.
Yo le dije a mi sobrino que habría que pensar muy bien qué estamos haciendo cuando repetimos, justificamos y naturalizamos de antemano una subida de precios que todavía no se ha producido o que aún podría producirse de muchas maneras distintas. Le dije que, al afirmar con tanta rotundidad que la inteligencia artificial será necesariamente mucho más cara, esos vídeos estaban facilitando el camino a las propias empresas de inteligencia artificial. Les estaban ahorrando una parte del trabajo más delicado: preparar a la sociedad para aceptar una decisión futura como si fuera una consecuencia inevitable del progreso.
Mi sobrino me miró con una mezcla de sorpresa y desacuerdo. Para él no había manipulación. No había adoctrinamiento. Había realidad. Los vídeos daban datos. Los datos demostraban una tendencia. La tendencia permitía anticipar el futuro. Y si el futuro iba a ser ese, resistirse parecía una forma de ingenuidad.
Ahí se produjo el choque. Un choque en el que de pronto se ve, durante unos segundos, que dos personas no están mirando el mismo mundo aunque tengan delante la misma pantalla.
Yo no negaba los costes. Él no veía la ideología.
Y tal vez esa sea una de las grandes diferencias de nuestro tiempo: hemos aprendido a reconocer los datos, pero hemos desaprendido a sospechar del marco que los ordena.
Porque una cifra no habla sola. Una cifra no piensa. Una cifra no decide qué parte de la realidad debe ocupar el centro y qué parte debe quedar en sombra. Se puede hablar del coste energético de la inteligencia artificial sin hablar del beneficio empresarial. Se puede hablar del precio de los chips sin hablar de concentración de mercado. Se puede hablar de servidores sin hablar de estrategia corporativa. Se puede hablar de sostenibilidad económica sin preguntarse quién ha decidido que esa sea la única forma legítima de formular el problema.
El dato puede ser verdadero y, sin embargo, el relato que lo envuelve puede estar al servicio de una forma de resignación.
Eso es lo que me inquieta.
No que la inteligencia artificial tenga un coste. Lo tiene. No que las empresas busquen rentabilizar sus productos. Lo hacen. No que algunos modelos de uso intensivo puedan necesitar formas de pago distintas a una tarifa plana. Es posible. Lo inquietante es otra cosa: la facilidad con la que empezamos a llamar inevitable a lo que todavía pertenece al campo de la decisión.
Una subida de precios no es un fenómeno meteorológico. No ocurre como llueve, como nieva o como baja la temperatura. Una subida de precios es una decisión dentro de un sistema de intereses, márgenes, expectativas, competencia, poder y regulación. Puede estar más o menos justificada. Puede responder a costes reales. Puede incluso ser comprensible en algunos casos. Pero no deja de ser una decisión. Y cuando una decisión se presenta como destino, el poder ha dado un paso decisivo: ha desaparecido como poder.
Ya no hay nadie que suba los precios. Los precios suben.
Ya no hay nadie que restrinja el acceso. El acceso se vuelve insostenible.
Ya no hay nadie que diseñe un modelo de dependencia. La tecnología evoluciona.
La gramática también obedece.
Arendt advirtió que la política empieza allí donde existe un mundo común: un espacio compartido en el que los asuntos humanos pueden ser discutidos, interpretados, disputados. Lo contrario de la política no es solo la tiranía; también lo es la desaparición de ese espacio común donde todavía podemos decir: esto no es inevitable, esto debe ser deliberado. Cuando una decisión económica se presenta como consecuencia técnica, se clausura la conversación pública antes incluso de que empiece. Ya no hay un asunto que discutir. Hay una realidad a la que adaptarse.
Y adaptarse se ha convertido, quizá, en la gran “virtud” contemporánea.
Ahí estaba, creo, la verdadera diferencia entre nuestra forma de verlo. No tanto en la opinión concreta sobre el precio futuro de la inteligencia artificial, sino en la forma de situarnos ante aquello que se nos presenta como realidad.
Para él, el dato abría una previsión. Para mí, el dato abría una sospecha.
Él veía una tendencia que convenía comprender. Yo veía un relato que convenía interrogar. Él escuchaba una explicación sobre costes, servidores, demanda, infraestructura. Yo escuchaba algo menos visible: una forma de preparar la conciencia para aceptar de antemano una decisión futura. No porque los datos fueran necesariamente falsos, sino porque estaban siendo ordenados dentro de un marco que convertía la posibilidad en destino.
Quizá esa sea una de las grandes mutaciones de nuestro tiempo: hemos aprendido a movernos con enorme habilidad dentro de los sistemas, pero cada vez nos cuesta más preguntarnos por la legitimidad de los sistemas mismos. Sabemos detectar tendencias, comparar modelos, anticipar escenarios, calcular consecuencias. Pero esa inteligencia, tan rápida y tan eficaz, corre el riesgo de volverse políticamente dócil si deja intacto el marco que le da forma.
No se trata de oponer una generación crítica a una generación ingenua. Sería demasiado simple, además de injusto. La diferencia es más sutil. La suya es una inteligencia educada en la navegación. Ha crecido en un mundo donde casi todo cambia de interfaz, de precio, de condiciones, de versión, de política de uso. Un mundo donde las plataformas modifican las reglas y el usuario aprende a reajustarse. Un mundo donde sobrevivir consiste muchas veces en entender deprisa cómo funciona lo nuevo.
La mía, en cambio, pertenece todavía a una educación de la sospecha. No porque fuera mejor, sino porque venía de otra experiencia histórica: la de pensar el poder como algo discutible, localizable, organizado en intereses. Una forma de pensamiento que preguntaba menos “¿cómo funciona esto?” y más “¿quién ha decidido que funcione así?”.
La diferencia parece pequeña, pero es enorme.
Porque “¿cómo funciona esto?” es una pregunta técnica.“ ¿Quién ha decidido que funcione así?” es una pregunta política.
La primera busca orientación. La segunda busca responsabilidad.
La primera permite adaptarse. La segunda permite resistir.
Y una sociedad que conserva la primera pregunta pero pierde la segunda puede volverse extremadamente competente y, al mismo tiempo, profundamente obediente.
Foucault explicó que el poder moderno no actúa únicamente reprimiendo desde fuera. No se limita a prohibir, castigar o censurar. Su forma más eficaz es productiva: produce conductas, hábitos, discursos, subjetividades. Nos enseña a mirarnos, a administrarnos, a corregirnos, a desearnos de cierta manera. El poder no necesita siempre decir “no”. A veces le basta con organizar el campo de lo posible hasta que nosotros mismos deseamos aquello que nos disciplina.
En este caso, el mecanismo es especialmente sutil. Nadie obliga al espectador a defender una futura subida de precios. Nadie le exige justificar el modelo de negocio de una gran empresa tecnológica. Pero el discurso técnico, repetido una y otra vez, va formando un tipo de sujeto: el usuario razonable, el usuario informado, el usuario que entiende los costes, el usuario que no protesta porque no quiere parecer ingenuo, el usuario que se anticipa a la pérdida y la llama madurez.
La resignación, cuando se viste de lucidez, deja de parecer resignación.
Pierre Bourdieu habló de la violencia simbólica: esa forma de dominación que no se percibe como violencia porque ha conseguido instalar sus categorías en la mente de quienes la padecen. No hace falta imponer por la fuerza aquello que ya ha sido interiorizado como natural. Una jerarquía funciona mejor cuando parece sentido común. Una exclusión funciona mejor cuando parece consecuencia lógica. Un privilegio funciona mejor cuando parece mérito. Una imposición funciona mejor cuando consigue parecer realismo.
Algo parecido ocurre aquí. Si una empresa tecnológica modifica las condiciones de uso de una herramienta, siempre podrá decirse que no se trata de una decisión estratégica, sino de una consecuencia natural de los costes. Si una plataforma retira funciones de un plan básico, siempre podrá decirse que no se trata de una redefinición interesada del acceso, sino de una adaptación necesaria del modelo. Si el usuario acepta de antemano esa lógica, siempre podrá decirse que no se trata de obediencia, sino de comprensión.
El vocabulario cambia. La estructura permanece.
Quizá por eso me produjo tanta inquietud su seguridad. Su forma de razonar parecía haber heredado una idea muy contemporánea: que lo real es aquello que el mercado ya ha decidido antes de que nosotros podamos discutirlo. Que comprender consiste en anticiparse a la pérdida. Que madurar es dejar de protestar. Que ser inteligente es adaptarse rápido a la próxima renuncia.
Hasta hace relativamente poco tiempo, había una conciencia más nítida de ciertas tensiones. Se sabía, o al menos se intuía, quién tenía el poder. Se hablaba de empresas, de trabajadores, de derechos, de abuso, de resistencia, de condiciones materiales. Había ingenuidades, por supuesto. Había errores. Había consignas pobres y simplificaciones. Pero existía una cierta musculatura de la sospecha. Una educación sentimental de la desconfianza ante el poder.
No se aceptaba tan fácilmente que el interés de una empresa fuera idéntico al interés de la sociedad.
Ahora el poder ha cambiado de vestimenta. Ya no siempre aparece con traje oscuro, despacho cerrado y orden vertical. A veces aparece como interfaz amable, como aplicación luminosa, como promesa de eficiencia, como herramienta indispensable, como suscripción mensual, como asistente inteligente. Ya no dice “obedece”. Dice “optimiza”. Ya no dice “renuncia”. Dice “actualízate”. Ya no dice “no puedes”. Dice “esta funcionalidad pertenece al plan superior”.
El poder contemporáneo no siempre necesita prohibir. A veces le basta con graduar el acceso. A veces le basta con diseñar el entorno de manera que sus decisiones parezcan la única forma razonable de funcionamiento.
Byung-Chul Han ha insistido en que el poder actual ya no se ejerce solo mediante la negatividad de la prohibición, sino mediante la positividad del rendimiento, la seducción, la transparencia, la autoexplotación y la participación voluntaria. El sujeto contemporáneo no se siente sometido; se siente activo, informado, eficiente, libre. Pero esa libertad puede ser precisamente la forma más refinada de obediencia cuando el individuo acaba reproduciendo por sí mismo la lógica que lo gobierna.
Por eso la escena de él viendo vídeos en YouTube me parece tan significativa. No era un joven sometido a una propaganda evidente. Era un joven informado, atento, curioso, siguiendo explicaciones que parecían racionales. Y, sin embargo, en esa racionalidad había algo inquietante: una aceptación prematura del mundo tal como ciertas empresas podrían querer organizarlo.
El problema no es que se haya dejado de pensar. Se piensa. Rápido. Con datos, con comparativas, con referencias, con una habilidad enorme para moverse entre capas de información. El problema es otro: qué tipo de pensamiento está siendo premiado por el ecosistema digital.
Se premia el pensamiento anticipatorio, no el pensamiento crítico. Se premia la capacidad de detectar tendencias, no la de cuestionar sus fundamentos. Se premia la adaptación veloz, no la resistencia lenta. Se premia saber cómo funcionará el sistema, no preguntarse si el sistema debería funcionar así.
Es una inteligencia muy eficaz, pero quizá demasiado obediente a la arquitectura que la contiene.
Herbert Marcuse, en El hombre unidimensional, advirtió del peligro de una sociedad capaz de integrar la crítica neutralizándola, convirtiendo incluso la oposición en una forma administrada de participación. El pensamiento unidimensional no es el pensamiento tonto. Es algo más peligroso: un pensamiento inteligente dentro de un marco estrecho. Un pensamiento capaz de calcular, prever y optimizar, pero cada vez menos capaz de imaginar una alternativa cualitativamente distinta.
Tal vez ahí esté la diferencia más profunda. Él preguntaba, aunque no lo formulara así: “¿cómo será el futuro de la IA?”. Yo preguntaba otra cosa: “¿quién tiene derecho a decidir ese futuro y por qué estamos aceptando tan pronto sus condiciones?”.
No son preguntas incompatibles. Pero no producen la misma forma de conciencia.
La primera prepara para la adaptación. La segunda prepara para la disputa.
Quizá ese sea el verdadero choque generacional: no entre jóvenes y adultos, no entre tecnología y nostalgia, no entre lucidez y resistencia, sino entre dos modos de pensar la realidad. Uno ve el mundo como sistema operativo: algo que conviene entender para funcionar mejor dentro de él. El otro lo ve como construcción histórica: algo que conviene interrogar porque ha sido hecho por alguien y podría hacerse de otra manera.
El primero pregunta: qué va a pasar. El segundo, quién lo está haciendo pasar.
El primero pregunta: cuánto costará. El segundo, por qué el precio se ha convertido en el único lenguaje de la conversación.
El primero pregunta: qué modelo será más eficiente. El segundo, qué forma de obediencia quedará normalizada por esa eficiencia.
Ambos pensamientos son necesarios. Sería absurdo despreciar el conocimiento técnico, la previsión económica, la comprensión material de las infraestructuras. Sin datos, la crítica puede volverse retórica vacía. Pero sin crítica, el dato puede convertirse en servidumbre ilustrada.
Porque la cuestión, en el fondo, no es solo cuánto costará la inteligencia artificial. Esa es apenas la superficie económica del problema. La cuestión más profunda es qué ocurre cuando una sociedad empieza a recibir cada reorganización del mundo como si fuera una actualización inevitable. Qué ocurre cuando ya no distinguimos entre comprender una transformación y consentirla. Qué ocurre cuando la capacidad crítica se sustituye por una especie de destreza adaptativa: saber moverse, saber anticiparse, saber no quedarse atrás.
No es poca cosa. Porque el pensamiento adaptativo tiene una virtud evidente: permite sobrevivir. Pero también tiene un límite: rara vez pregunta por el origen de aquello a lo que se adapta. Es un pensamiento de usuario, no de ciudadano. Un pensamiento que aprende los menús, las opciones, las tarifas, las condiciones, los atajos; pero que puede olvidar que detrás de cada menú hay una arquitectura, detrás de cada opción una jerarquía, detrás de cada condición una decisión.
El usuario pregunta: ¿qué plan me conviene? El ciudadano, ¿por qué mi acceso al mundo empieza a organizarse en planes?
El usuario pregunta: ¿cuál será el próximo cambio? El ciudadano, ¿quién tiene poder para cambiarlo?
El usuario se informa para no quedar fuera. El ciudadano piensa para no quedar reducido a usuario.
Ahí, quizá, está el desplazamiento más inquietante: no en que las herramientas cambien, sino en que nosotros empecemos a pensarnos solo desde el lugar que esas herramientas nos asignan. Ya no como sujetos capaces de discutir las condiciones del mundo común, sino como consumidores inteligentes de un mundo ya decidido.
Walter Benjamin entendió como pocos que la técnica no transforma únicamente los objetos, sino también nuestra percepción, nuestra relación con el mundo, nuestras formas de experiencia. Cada tecnología trae consigo una promesa, pero también una reorganización de la sensibilidad. La inteligencia artificial no es solo una herramienta más. Puede modificar el modo en que escribimos, aprendemos, investigamos, diseñamos, recordamos, decidimos. Pero antes incluso de preguntarnos qué hará la inteligencia artificial con nosotros, quizá deberíamos preguntarnos qué tipo de mirada estamos adoptando ante ella.
Porque ahí está, para mí, el punto decisivo.
No solo cuánto costará. Sino por qué aceptamos que el precio sea el único lenguaje en el que se discute su futuro.
No solo qué modelo económico tendrá. Sino qué modelo de sujeto está produciendo: un sujeto informado, veloz, funcional, capaz de prever cambios, pero cada vez menos dispuesto a preguntarse si esos cambios son justos, necesarios o discutibles.
Por eso me preocupa tanto esa pedagogía anticipada de la resignación. Esa forma de discurso que no impone nada, pero prepara el ánimo. Que no ordena, pero acostumbra. Que no obliga, pero va modelando el sentido común hasta que la decisión parece sensata antes incluso de haber sido tomada.
“Será así”, dicen. “Es inevitable”, dicen. “Los costes no salen”, dicen. “Nos habíamos acostumbrado demasiado bien”, dicen.
Y una parte de nosotros empieza a asentir. Y lo hace no porque haya sido vencida por la fuerza, sino porque ha sido persuadida por la apariencia de lucidez. La resignación, cuando se viste de inteligencia económica, resulta mucho más aceptable. Nadie quiere parecer ingenuo. Nadie quiere parecer incapaz de entender los números. Nadie quiere ser ese adulto anticuado que no comprende cómo funciona el mundo. Y así, poco a poco, la resistencia queda asociada a la ignorancia, mientras la aceptación queda asociada a la madurez.
Esa es una operación cultural muy poderosa.
No hace falta que exista una conspiración. No hace falta imaginar a las empresas dictando guiones a todos los creadores de contenido. El sistema rara vez necesita ser tan burdo. Basta con que muchos discursos independientes compartan el mismo horizonte mental: el del mercado como naturaleza, la rentabilidad como evidencia, el coste como argumento último, la adaptación como única virtud.
El resultado es casi el mismo.
Unos hacen el trabajo de otros sin necesidad de recibir órdenes. Repiten la lógica dominante porque la confunden con sentido común. La explican, la embellecen, la vuelven razonable, la hacen circular. Y cuando finalmente llega la decisión empresarial, ya no cae sobre una sociedad sorprendida, sino sobre una sociedad previamente entrenada para aceptarla.
Eso era lo que yo intentaba transmitirle. No que todo dato sea mentira. No que toda previsión sea manipulación. No que toda empresa tecnológica sea necesariamente perversa. Sino que hay que desconfiar de cualquier discurso que convierte una posibilidad en fatalidad, una estrategia en destino, una decisión económica en ley natural.
Lo más inquietante de nuestro tiempo es precisamente que muchas conversaciones políticas han aprendido a presentarse como conversaciones técnicas. Ya no se discute sobre justicia, sino sobre escalabilidad. Ya no se habla de poder, sino de sostenibilidad del modelo. Ya no se habla de decisión, sino de tendencia. Ya no se habla de obediencia, sino de adaptación.
El vocabulario cambia. La estructura permanece.
Élno lo veía así. Para él, los vídeos solo estaban explicando algo que iba a ocurrir. Yo, en cambio, veía en esa explicación una forma de rendición anticipada. Y tal vez los dos teníamos una parte de razón. Él veía el coste. Yo veía la obediencia. Él veía la infraestructura. Yo veía el relato. Él veía el dato. Yo veía el modo en que el dato era usado para clausurar la pregunta.
La conversación no trataba, en el fondo, sobre inteligencia artificial. O no solo. Trataba sobre el modo en que cada uno había aprendido a interpretar la realidad.
Él veía una explicación. Yo veía una operación de sentido.
Él veía información. Yo veía formación.
Él veía una previsión económica. Yo veía una educación de la obediencia.
Durante mucho tiempo, el poder se percibía como algo exterior: una institución, una empresa, un gobierno, una autoridad, una clase dirigente. Podía ser discutido porque tenía contorno. Podía ser nombrado porque tenía rostro. Incluso cuando era injusto, había una cierta claridad en la confrontación.
Ahora el poder se ha vuelto ambiental. No siempre manda; configura. No siempre prohíbe; dispone. No siempre castiga; orienta. No aparece solo en una orden, sino en la arquitectura de las posibilidades. Está en las condiciones de uso, en los términos aceptados sin leer, en la interfaz que nos conduce, en el precio que se presenta como consecuencia técnica, en el algoritmo que decide lo visible, en la plataforma que modifica las reglas y nos obliga a aprender de nuevo el juego.
Por eso cuesta más oponerse. Porque no sentimos que alguien nos mande. Sentimos que el mundo funciona así.
Y cuando el poder consigue presentarse como funcionamiento, la resistencia empieza a parecer torpeza.
Esta es la victoria del poder contemporáneo: no conseguir que le obedezcamos por miedo, sino lograr que interpretemos su lógica como inteligencia, su interés como necesidad, su estrategia como realidad.
Se puede saber mucho y sospechar poco.
Se puede estar muy informado y, sin embargo, aceptar sin resistencia el marco completo de la dominación.
Se puede entender perfectamente el mecanismo y no preguntarse jamás por qué ese mecanismo debe gobernarnos.
Por eso necesitamos recuperar una forma de pensamiento que no se conforme con la explicación funcional de las cosas. Un pensamiento que vuelva a incomodar al dato, que lo mire de lado, que le pregunte de dónde viene, a quién sirve, qué oculta, qué alternativas cancela. Un pensamiento capaz de distinguir entre realidad y naturalización, entre coste y chantaje, entre eficiencia y justicia, entre información y consentimiento.
No para negar la complejidad del mundo, ni para caer en la nostalgia, ni para convertir toda empresa en enemigo y toda tecnología en amenaza. Sino para no entregar tan deprisa la única facultad que todavía puede impedir que el futuro sea escrito únicamente por quienes poseen la infraestructura.
El pensamiento crítico no consiste en rechazar los datos. Consiste en no arrodillarse ante ellos. Consiste en preguntar por su marco, por su uso, por su dirección, por aquello que dejan fuera. Consiste en recordar que una tendencia no es todavía un destino, que una previsión no es una condena, que una explicación no cancela la deliberación.
Mientras esa sospecha siga viva, todavía queda un lugar desde el que pensar.
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