Aceleré el paso para entrar en el supermercado porque llovía. Era esa lluvia que te deja el pelo con olor a calle y te obliga a caminar más rápido, como si el agua tuviera prisa. En la puerta automática, una alfombrilla absorbía el barro con eficacia. Estaba hecha para limpiar; también para borrar el rastro.
Dentro olía a fruta lavada, a plástico, a calefacción. Olía a mandarinas y a fluorescente, a pollo en bandeja y a “todo está bajo control”. Sonaba música de fondo: correcta, amable, pensada para que nadie se moleste; por eso no servía para acompañar a nadie. Un sonido sin memoria. Un sonido que pasa y no se queda.
Cogí un carrito. Chirrió un poco, cansado. Empujarlo me dio una extraña sensación de normalidad: como si la vida consistiera precisamente en esto, en elegir cosas necesarias, en pagar, en volver a casa con las bolsas marcándote los dedos.
En el pasillo de “bienestar” habían puesto una estantería nueva: infusiones para dormir, gominolas de melatonina, cápsulas para “energía”, vitaminas con nombres optimistas. Los envases eran bonitos: blancos, limpios, con palabras que parecían pequeñas promesas: calma, equilibrio, focus, detox. Todo estaba formulado para ayudarte; y, en el fondo, para que no molestes.
Me quedé leyendo etiquetas como quien lee horóscopos. “Reduce el estrés”. “Mejora el ánimo”. “Ayuda a la concentración”. “Contribuye al bienestar emocional”. Me llamó la atención esa palabra: contribuye. Nadie promete nada del todo. Nadie se compromete. El mercado prefiere la insinuación: te ofrece una salida, pero sin hacerse responsable de si existe.
Sin pensarlo mucho, metí una caja de infusiones en el carrito. Después la saqué. La volví a meter. No era por la infusión. Era por el gesto: comprar calma como quien compra pan. Me dio risa y me dio vergüenza.
Al lado había un expositor de cuadernos. Cuadernos de gratitud. “Escribe tres cosas buenas al día”. Las tapas eran suaves, con colores tranquilos. Uno tenía una frase: Elige tu actitud. La leí dos veces. Parecía un consejo. En realidad, era un mandato. Estaba escrita para motivar y, precisamente por eso, no dejaba espacio para el dolor.
Me acordé de una conversación que tuve hace años con una persona que me quería bien y, aun así, me dijo: “No te lo tomes tan a pecho”. Me lo dijo como quien te da un paraguas. Era una forma de ayudar. Pero también era una forma de no entrar conmigo en el mismo cuarto. Porque entrar en el cuarto de otra persona siempre implica mancharse un poco.
Yo sí me lo tomo a pecho. Me lo tomo en el pecho, en la garganta, en el estómago. Me lo tomo en la piel, como si la piel fuese un órgano de lectura. Y he aprendido que eso incomoda, porque quien siente así no puede fingir el “bueno, en fin” con la rapidez que se espera.
Seguí avanzando con el carrito. Pasé por el pasillo de los cereales. En cada caja había una promesa diferente: energía, vitalidad, rendimiento, fibra. Rendimiento. Hasta el desayuno se había vuelto un entrenamiento. Me paré un segundo en la palabra igual que ante un charco: no para ver el agua, sino lo que refleja.
En la caja, una pantalla me ofrecía “productos recomendados para ti”. Me recomendaba cosas como si me conociera. Como si mi deseo fuese un dato. Como si yo misma no fuera, también, una desconocida para mí. La pantalla estaba ahí para ayudar; así que no dejaba sitio a lo imprevisible.
Una mujer delante de mí discutía con su hijo pequeño. Él lloraba porque quería un chocolate. Ella le decía “no pasa nada”, “no pasa nada”, “no pasa nada”, intentando que la frase, a fuerza de repetirse, acabara siendo cierta. Me conmovió esa insistencia: el intento desesperado de que el mundo no duela. Había una ternura triste en esa frase, usada como anestesia.
Cuando me tocó, la cajera me miró y dijo:
—¿Tienes la tarjeta?
Lo dijo sin mala intención. La tarjeta sirve para ahorrar, para acumular puntos, para que el sistema te reconozca. Se vende como ventaja; por dentro, es rastro.
—No —dije.
—Pues te conviene —respondió ella, y sonrió.
Me dio ganas de decirle: me convendría muchas cosas. Me convendría, por ejemplo, no sentir todo como lo siento. Me convendría no notar lo que la gente esconde en la voz cuando dice que está bien. Me convendría poder pasar por el mundo como pasa la música de este supermercado: sin memoria, sin peso, sin consecuencia.
Pero no se lo dije. Pagué. Metí las cosas en bolsas de plástico. Las bolsas estaban hechas para cargar y dejar marcas en los dedos. Y esas marcas, al menos, son honestas.
Al salir, la lluvia seguía. Se me pegó el pelo a la cara. Me subí la cremallera del abrigo y caminé despacio porque tenía las manos ocupadas.
En la bolsa, la caja de infusiones hacía un ruido pequeño. Un ruido de papel. Un ruido casi doméstico. Me di cuenta de que había vuelto a meterla. No sé por qué. Tal vez porque, a falta de otra cosa, una compra algo que se parece a un gesto. Algo que dice: he intentado cuidarme, aunque no sepa cómo.
Caminé con las bolsas golpeándome suavemente la pierna, marcando el paso. La lluvia me iba enfriando la nuca. La piel hacía su trabajo: decirme que estoy, decirme que siento. En el portal, la llave se resistió un segundo. Ese segundo fue suficiente para que apareciera una idea absurda: que hasta las cerraduras piden calma.
Subí las escaleras despacio. En casa, dejé las bolsas sobre la encimera y me quedé un momento mirando mis manos: rojas, con las marcas del plástico. Parecían manos de alguien que ha hecho algo importante, y lo único que habían hecho era traer comida.
Abrí la caja de infusiones. El sobre olía a nada y a algo, igual que casi todas las promesas. Lo dejé encima de la mesa sin prepararlo. Me quité el abrigo. Me quedé quieta, escuchando el silencio de dentro: el frigorífico, la calefacción arrancando, el agua goteando en algún sitio. Sonidos pequeños, sin intención.
Y pensé —tarde, sin épica— que quizá el problema nunca fue sentir demasiado. Quizá el problema fue vivir demasiado tiempo fingiendo que no.
No ocurrió nada extraordinario.
Solo seguí respirando.



