La realidad al servicio de la tribu.
La historia de cómo dejamos de adaptar nuestras ideas a la realidad para empezar a adaptar la realidad a nuestras ideas.
Estaba preparando un artículo sobre la paradoja de ver a dos millones de personas celebrando la victoria de un partido de fútbol mientras apenas nadie se moviliza por la pérdida de derechos o por tantas decisiones que afectan de verdad a nuestra vida. Quería reflexionar sobre ese tránsito que nos ha llevado de ser ciudadanos para convertirnos, sobre todo, en espectadores.
Pero, mientras reunía algunas referencias, empecé a leer las últimas noticias y a detenerme en los vídeos y mensajes que circulaban por las redes sociales. Una vez más aparecían bulos, imágenes manipuladas, vídeos sacados de contexto y afirmaciones manifiestamente falsas difundidas con un único propósito: reforzar una determinada posición política. Entonces comprendí que aquel artículo podía esperar. Había una pregunta mucho más urgente.
¿Qué lleva a una persona a mentir deliberadamente sobre un hecho que afecta a todos?
No me refiero a quien se equivoca. Todos nos equivocamos. Tampoco a quien comparte una información sin haberla contrastado por descuido. Eso, desgraciadamente, también ocurre.
Me refiero a quien descubre que una información es falsa y, aun así, decide seguir difundiéndola. A quien recorta un vídeo para alterar su significado, elimina el contexto que cambiaría por completo su interpretación o atribuye a una persona unas palabras que nunca pronunció porque sabe que, de ese modo, perjudica al adversario político y fortalece la posición de los suyos. Me resultan conductas profundamente inquietantes.
No porque la mentira sea nueva. La historia de la humanidad está llena de propaganda, manipulación y engaño. Lo verdaderamente novedoso es que la mentira parece haber dejado de producir conflicto moral cuando sirve a la causa con la que nos identificamos.
Durante siglos entendimos que quien mentía necesitaba esconderse. Sabía que la verdad era una amenaza para su posición. Hoy asistimos a un fenómeno distinto. Muchas personas no parecen especialmente preocupadas cuando un bulo que han compartido queda desmentido. Basta con pasar al siguiente. El objetivo nunca fue comprender la realidad. El objetivo era proteger un relato.
Y eso cambia por completo la naturaleza del problema. Porque ya no discutimos sobre hechos. Discutimos sobre pertenencias.
Las ideologías nacieron para interpretar el mundo. Eran intentos, siempre incompletos y discutibles, de responder a una pregunta legítima: ¿cómo debería organizarse una sociedad?
Pero toda ideología comienza a degradarse cuando deja de intentar explicar la realidad y empieza a seleccionar qué parte de la realidad merece ser aceptada.
Ese es el instante en que deja de ser una herramienta para pensar y empieza a convertirse en una identidad. Y las identidades poseen una característica demoledora: no piden comprensión; exigen lealtad.
Cuando eso ocurre, la verdad deja de ser el criterio que determina nuestras opiniones siendo sustituida por la pertenencia. Ya no preguntamos: “¿Es cierto?”. Reformulamos la pregunta para quedar establecida de la siguiente manera: “¿Favorece a los míos?”.
Cuando sucede esto; cuando sustituimos la primera pregunta por la segunda ocurre algo muchísimo más grave que la difusión de un bulo. Ocurre que dejamos de defender principios y empezamos a defender bandos. Ocurre que construimos la realidad según nuestra pertenencia ideológica. Brutal.
La diferencia parece sutil, pero cambia por completo la naturaleza del debate público.
Quien defiende principios acepta que la realidad pueda obligarle a rectificar. Quien defiende un bando adapta sus principios a aquello que beneficie al grupo con el que se identifica. La fidelidad ya no se dirige hacia la verdad. Se dirige hacia la tribu.
Y a pesar de lo devastador de este giro, la cuestión más inquietante sigue sin ser esa. La verdadera pregunta es la siguiente: ¿qué lleva a una persona a defender ideas que perjudican directamente su propia vida?
¿Qué ocurre para que alguien justifique políticas que deterioran las instituciones que un día protegerán sus propios derechos? ¿Qué hace que una persona niegue problemas ambientales que afectarán al aire que respiran sus hijos? ¿Cómo es posible celebrar decisiones que empobrecen el territorio en el que uno vive solo porque han sido adoptadas por quienes considera «los suyos»?
Las ideologías no existen en el vacío. Se encarnan en partidos, movimientos y organizaciones cuyo objetivo legítimo es alcanzar el poder para llevar a la práctica sus propuestas. Eso forma parte del funcionamiento de cualquier democracia. Lo verdaderamente desconcertante no es esa aspiración, sino que millones de ciudadanos lleguen a asumir como propios intereses que no les pertenecen, hasta el punto de defenderlos incluso cuando lesionan su libertad, su bienestar o su propia supervivencia.
Nunca en la historia había sido tan sencillo comprobar una afirmación. Nunca habíamos tenido acceso inmediato a documentos, estudios, estadísticas, grabaciones completas o fuentes originales. El problema ya no es la falta de información. Lo que ha cambiado es el criterio con el que decidimos aceptarla.
No preguntamos si un hecho es verdadero. Preguntamos si resulta útil; útil para proteger una identidad; útil para derrotar al adversario, útil para reforzar el relato del grupo al que hemos decidido pertenecer. Y cuando la utilidad sustituye a la verdad como criterio moral, cualquier manipulación encuentra una justificación.
Mentir deliberadamente nunca demuestra la fortaleza de una idea. Demuestra, precisamente, que quien la defiende sabe que la realidad no basta para sostenerla. Porque si una causa necesita recurrir al engaño para sobrevivir, quizá el problema no sea el adversario, sino la debilidad de los argumentos con los que pretende imponerse.
Lo hemos visto estos días durante los incendios. Han circulado vídeos antiguos presentados como actuales, fotografías tomadas en otros países, afirmaciones rotundas sobre la gestión forestal sin el menor respaldo técnico ni legal y explicaciones simplistas que atribuían una catástrofe extraordinariamente compleja a una única causa. Lo inquietante no es solo que esos mensajes fueran falsos. Es la velocidad con la que fueron compartidos por miles de personas que nunca se preguntaron si describían la realidad. Bastaba con que reforzaran el relato que ya habían decidido aceptar.
La psicología describe parte de este fenómeno mediante el sesgo de confirmación o el razonamiento motivado. Tendemos a aceptar con facilidad aquello que confirma nuestras creencias y a examinar con un rigor extraordinario aquello que las contradice.
Pero esos conceptos describen el mecanismo. No explican el problema.
Porque aquí ya no estamos únicamente ante un error cognitivo. Estamos ante una decisión moral.
Erich Fromm observó que el ser humano no solo busca libertad; busca también seguridad. Y pocas cosas proporcionan tanta seguridad como pertenecer a un grupo que interpreta el mundo por nosotros.
Otra referencia que me parece oportuno incluir es la de René Girard que mostró que incluso nuestros deseos son profundamente imitativos. Aprendemos a desear lo que desean aquellos con quienes queremos identificarnos. Probablemente ocurre lo mismo con nuestras convicciones. Muchas veces no defendemos aquello que hemos comprobado, sino aquello que nos permite seguir perteneciendo.
Y cuando la pertenencia ocupa el lugar de la verdad, abandonar una idea deja de significar corregir un error para sentirse como una traición. Por eso tantas personas no solo difunden bulos. Necesitan creerlos. Porque aceptar los hechos supondría cuestionar una parte de sí mismas.
A la idea de que la atención constituye la forma más pura de generosidad, expuesta por Weil, añadiría que también es la forma más alta de honestidad intelectual. Porque atender significa permitir que la realidad exista antes de imponerle nuestros deseos. Y mentir deliberadamente supone exactamente lo contrario. Obligar a la realidad a parecerse a aquello que necesitamos creer.
Una referencia que ya he utilizado en varios de mis artículos y que, de nuevo quiero incluir es la de Arendt , la que establece que uno de los mayores peligros de la política moderna no es únicamente la mentira organizada. Es la destrucción de la propia idea de una realidad compartida (lo sé, he incluido esta referencia en varias de mis reflexiones…). Sin un suelo común de hechos, el debate deja de ser posible. Ya no discutimos sobre el mundo. Cada grupo fabrica el suyo.
George Orwell escribió que «la libertad consiste en decir que dos y dos son cuatro». No era una defensa de la aritmética. Era una defensa de la integridad intelectual. Mientras aceptemos que la realidad puede corregir nuestras creencias seguimos siendo libres. Cuando exigimos que sean los hechos quienes se adapten a nuestras creencias, la libertad ya ha empezado a desaparecer.
Cada manipulación aceptada simplemente porque beneficia a «los nuestros» rebaja un poco más el umbral moral desde el que distinguimos entre lo verdadero y lo conveniente. Y esa degradación termina alcanzándonos a todos.
Porque la realidad no negocia con las ideologías. Los incendios no distinguen entre votantes. El cambio climático no pregunta a quién apoyamos. La inflación no selecciona partidos. La corrupción no roba únicamente al adversario. El deterioro de la justicia no protege a quienes hoy lo justifican. La realidad posee una extraordinaria indiferencia hacia nuestras identidades políticas. Acaba imponiéndose siempre.
La mayor victoria de una ideología no consiste en conseguir que una persona vote a un determinado partido. Ni siquiera consiste en que esté dispuesta a enfrentarse a quienes piensan distinto. Su mayor logro llega cuando consigue que esa persona renuncie voluntariamente a la obligación de ser fiel a la realidad. Porque, desde ese instante, ya no harán falta más argumentos. Bastará con señalar quiénes son “los nuestros”, porque el resto vendrá solo.
Las sociedades no empiezan a destruirse cuando aparecen personas dispuestas a mentir. Empiezan a destruirse cuando millones de ciudadanos aceptan que la verdad es negociable. Ese día la mentira deja de ser una excepción para convertirse en un deber.
Y cuando una sociedad convierte la fidelidad al grupo en una virtud superior a la fidelidad a los hechos, ya no necesita censurar la verdad. Le basta con que nadie quiera mirarla.




Una reflexión necesaria en el momento adecuado, la de este artículo. La gente prefiere aceptar una mentira conveniente antes que una verdad incómoda. Luego está el qué dirán "los míos", el grupo de pertenecencia o de identificación colectiva al que se adhieren tantas individualidades. Respecto al cambio climático y su negación, no es tanto tema ideológico como interés, aunque algunos defiendan esa postura por ideología o borreguismo servil. Finalmente, una discrepancia: el lawfare sí beneficia a algunos, o al menos creen que siempre va a beneficiar a los mismos. Les sobran argumentos y ejemplos para pensarlo, aunque no sea una verdad absoluta. Y también, muchos creen que estar con los ricos y poderosos, les beneficiará a ellos (véase el apoyo a Trump o a Israel, que sigue siendo ambivalente) o que les subirá de categoría por el sortilegio de arrimarse a la buena sombra (el pobre de solemnidad que vota contra su interés o el pensionista bajo o medio, que defiende la privatización de la sanidad porque sí).
La gratitud y el placer son míos, al leer todo el desarrollo que le has dado. Sin duda, la degradación institucional, como dices, nos perjudica a todos. El problema radica en que algunos (no pocos, y con gran poder) sienten que ese beneficio será ilimitado para ellos. Una institución como la administración de justicia, dividida y fuertemente ideologizada es muy peligrosa. Especialmente, cuando la balanza histórica y previsiblemente futura a medio plazo, se inclina siempre hacia el mismo sesgo.