Hay una silla junto a la ventana del salón que antes ocupaba alguien. No era su silla, claro que no, las sillas son de todos. Pero era en la que se sentaba. La que elegía, con esa decisión automática que tiene el cuerpo cuando encuentra su lugar en una casa ajena. Ahora la silla sigue ahí, de espaldas al jardín, con la luz de la tarde cayendo sobre el respaldo de madera. Yo la veo cada vez que paso. No la muevo. No es que quiera conservarla como recuerdo. Es más simple: moverla sería admitir algo que todavía no sé cómo nombrar sin que suene a derrota. La silla vacía tiene una presencia distinta a las otras sillas vacías. Las demás esperan ser usadas. Esta no espera exactamente a alguien. Espera al cuerpo que comparte la tarde, la conversación pequeña, la interrupción doméstica. Esa espera tiene peso. Hace que el aire alrededor se mueva más despacio.
A veces, cuando entro en el salón por la mañana y la luz es todavía de ese gris que no decide, me parece ver la forma de un cuerpo que ya no está. Es la sombra de un hábito, nada más. La costumbre de los ojos de buscar algo en ese rincón. Pasan años. La silla sigue. Un día alguien vendrá a casa y se sentará sin preguntar, y yo miraré cómo su cuerpo ocupa ese espacio y no pensaré en quien estuvo antes, sino en lo que ese lugar todavía espera: la posibilidad de que vuelva a sentarse ahí una forma de compañía. No alguien cualquiera, sino ese modo de estar en el mundo que convierte una casa en dos respiraciones. Pero eso no ha pasado todavía. Ahora mismo, a las cuatro de la tarde de un viernes cualquiera, la silla está vacía. La miro. Eso es todo lo que hago. La miro como se mira una herida que no sangra pero tampoco cierra. Porque la ausencia, he aprendido, no es un hueco. Es un mueble más. Ocupa sitio. Exige su porción de luz, de silencio, de atención. Y uno aprende, poco a poco, a vivir con ella. No a llenarla. A vivir con ella. Como se aprende a respirar en una habitación donde falta alguien: notando el aire distinto, usando el mismo aire de todos modos. Y dejando que la silla siga ahí, por si algún día, sin que yo lo decida, una presencia vuelva a convertir la casa en una tarde compartida.



