La soberanía del valor
Cómo objetos y símbolos gobiernan la mirada: de la bandera que exige sangre al reloj que impone comparación.
Hay objetos por los que se mata. Y objetos por los que se vive de rodillas. Una bandera puede pedir sangre; la imagen de un santo puede exigir sumisión; un reloj puede reclamar rendimiento, comparación y deuda. Ninguno de ellos lo merece por su materia (tela, yeso, metal), pero el mundo ha aprendido a revestir la materia con una autoridad invisible. A eso lo llamamos “valor”, como si fuese una propiedad natural, cuando en realidad es una consigna: una forma discreta de soberanía que decide qué debe importarnos y cuánto debemos de estar dispuestos a sacrificar por ello.
El valor se nos presenta como una obviedad, “esto vale”, “esto importa”, “esto merece respeto” y, sin embargo, es una construcción: un tejido de creencias, hábitos, miedos, anhelos y rituales. No lo encontramos dentro del objeto como se encuentra una veta en la piedra; lo depositamos sobre él, como se deposita polvo sobre un mueble con el paso de los días. Y tras ese gesto, aparentemente inocuo, se esconde una potencia política: quien consigue orientar lo que una comunidad considera valioso orienta también aquello por lo que esa comunidad trabaja, compite, se avergüenza, obedece, ama y, en los casos extremos, mata o muere.
El punto de partida es tan simple como escandaloso: el valor no es una sustancia, es un acuerdo. O, dicho con mayor precisión, un acuerdo que suele presentarse como naturaleza para no tener que justificarse. Marx lo señaló al describir el fetichismo de la mercancía: la mercancía se nos aparece como si el valor fuera una propiedad propia, casi mágica, cuando en realidad condensa relaciones humanas invisibilizadas —trabajo, explotación, tiempo, jerarquías—. Ese desplazamiento es decisivo, porque convierte el mercado en un teatro de objetos “encantados” y nos hace olvidar que lo que veneramos es, a menudo, una relación de poder solidificada.
Pero antes de llegar al poder conviene mirar la raíz íntima: ¿por qué valoramos? Valoramos porque necesitamos, porque recordamos, porque deseamos pertenecer, porque tememos la insignificancia, porque buscamos estabilidad en un mundo movedizo. Algunos objetos valen porque nos sirven; otros porque nos rescatan del desorden interior. Hay cosas que se vuelven cápsulas de tiempo: una taza heredada, un pañuelo, una cámara antigua, un libro anotado. El precio es irrelevante; el valor es biográfico. Benjamín hablaría aquí de una especie de aura doméstica: una singularidad irrepetible ligada a una historia, a un “haber estado ahí”. El objeto vale porque ha sido testigo de una escena en la que éramos alguien distinto. Y esa escena, al quedar adherida a la cosa, nos permite tocar el pasado sin deshacernos.
Sin embargo, el valor biográfico no agota el fenómeno. Existe un valor social, más frío, más útil para la maquinaria de la comparación, que se fabrica como se fabrica una jerarquía. Bourdieu lo explicó con mucha precisión: el gusto no es solo preferencia; es una gramática de distinción. Aprendemos a valorar ciertas formas, ciertas marcas, ciertos estilos, porque en ellos se inscribe una promesa de pertenencia y superioridad simbólica. El objeto se vuelve un signo, y el signo, una moneda. Veblen lo nombró consumo conspicuo: aquello que se compra no para usar, sino para mostrar. No para habitar, sino para ser leído por los demás. El objeto de estatus no dice “tengo”, dice “soy”. Y cuando el “ser” se delega en una marca, el valor se convierte en una cuerda: parece adornar, pero ata.
Aquí aparece el primer giro inquietante: el valor no solo describe el mundo; lo disciplina. Nos enseña qué merece deseo y qué merece desprecio. Nos coloca en un tablero de posiciones. Y lo hace, además, con una sutil crueldad: transforma la desigualdad material en desigualdad moral. Quien no posee lo correcto queda expuesto a una sospecha de fracaso, de torpeza, de falta de mérito. El objeto deja de ser un utensilio para convertirse en una sentencia.
Hasta aquí podría parecer que hablamos de relojes, coches, bolsos, cámaras, muebles, casas. Pero el mecanismo es más antiguo y más grave porque el valor también se adhiere a símbolos que no se compran en una tienda: banderas, imágenes sagradas, reliquias, emblemas nacionales, iconos ideológicos. En estos casos, el objeto o la imagen funciona como condensador de comunidad. Durkheim lo vio con claridad: lo sagrado no es una cualidad de la cosa; es una separación instaurada por el grupo, un territorio protegido por un tabú. Lo sagrado no se discute: se venera. Y esa prohibición de la crítica es, precisamente, lo que lo vuelve políticamente explotable. Cuando un poder consigue presentarse como administrador de lo sagrado (o de lo nacional, o de lo puro) adquiere un privilegio extraordinario: el de convertir la necesidad de sentido en obediencia.
Una bandera es tela. Pero una bandera no opera como tela. Opera como una abreviatura de la totalidad: patria, historia, pertenencia, orgullo, heridas, promesas, un “nosotros” que ofrece cobijo. Y, por eso, el símbolo puede llegar a exigir sangre. No porque la tela merezca la vida, sino porque el relato que se deposita en ella se convierte en absoluto. Arendt, al analizar los engranajes del totalitarismo y la fragilidad del juicio, señala una advertencia importante: cuando la realidad se reduce a un relato único, el individuo se vuelve material. El símbolo simplifica la moral: ya no se piensa; se obedece. Ya no se duda; se ejecuta. Y esa transformación es una forma de violencia, aunque no haya todavía golpes: es la violencia contra la complejidad de la conciencia.
Weber habló de legitimidad para explicar que la autoridad además de mandar justifica. La autoridad religiosa o política que se apropia de símbolos consigue que sus órdenes parezcan deberes del mundo y no decisiones humanas. Y cuando algo se presenta como deber sagrado, la disidencia se interpreta como traición. Aquí el valor deja de ser un acuerdo para convertirse en mandato. Y esa metamorfosis es el núcleo de la manipulación.
Lo fascinante, y siniestro a la vez, es que el mecanismo que hace que se mate por una bandera no es tan distinto del que hace que alguien se endeude por un reloj. Cambia la intensidad, cambia el escenario, cambia el coste moral inmediato, pero la estructura es semejante: un objeto o símbolo condensa una promesa identitaria; se asocia a pertenencia y reconocimiento; se coloca bajo la custodia de un sistema de legitimación; y se convierte en prueba. Quien lo posee o lo defiende “vale”. Quien lo cuestiona o carece de él “falla”. La manipulación se vuelve especialmente eficaz cuando no parece coacción, sino deseo: nadie obliga a querer el reloj; se enseña a querer lo que el reloj significa. Nadie obliga a venerar el emblema; se educa para sentir que sin ese emblema se queda una vida a la intemperie.
Baudrillard diría que consumimos signos más que cosas. Y en la era contemporánea ese consumo de signos se ha acelerado hasta el paroxismo, porque el valor ya no lo gestionan solo instituciones clásicas, iglesias, estados, museos, academias, críticos, mercados, sino también plataformas y algoritmos. Lo valioso se confunde con lo visible; lo visible, con lo recomendado; lo recomendado, con lo verdadero. Así, el valor circula como luz dirigida: se ilumina aquello que conviene que deseemos. Y el resto queda en penumbra, como si nunca hubiera existido. Debord lo anticipó al hablar de la sociedad del espectáculo: la representación sustituye a la experiencia. Y donde manda la representación, manda quien controla el escenario.
Foucault aportaría aquí la clave más contemporánea: el poder no opera sólo prohibiendo, sino produciendo subjetividades. Nos enseña a desear, a avergonzarnos, a corregirnos. El valor actúa como una tecnología de gobierno del yo: nos orienta hacia una vida “digna” según criterios externos y nos convierte en vigilantes de nosotros mismos: ¿estoy a la altura?, ¿parezco suficiente?, ¿mi casa, mi cuerpo, mi estilo, mi trabajo, mis opiniones, mis símbolos son los correctos? La obediencia, así, se interioriza. El control ya no necesita puerta porque habita en la mirada con la que nos medimos. El régimen de valor se vuelve un régimen de culpa, y la comparación hace el resto.
Quizá todo se reduzca a una pregunta incómoda, íntima, casi ética: cuando digo “esto vale”, ¿quién habla en mí? ¿Habla mi memoria, mi necesidad, mi gozo, mi proyecto vital, mi cuidado por el mundo? ¿O habla la voz de la jerarquía, el miedo a no pertenecer, la ansiedad fabricada, la liturgia del ranking, el “qué dirán”? El valor no es inocente porque no es neutral: organiza nuestra atención. Y la atención es la moneda más sagrada de nuestro tiempo.
Una bandera puede ser abrigo o cuchillo; un santo, consuelo o instrumento de dominio; un reloj, objeto bello o grillete de comparación. No es la materia lo que decide. Es el régimen de valor que la envuelve: quién lo define, cómo se difunde, a quién beneficia, qué tipo de sacrificio exige.
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Si contemplo una obra de arte que es bella, a pesar de la técnica contingente con la que fue hecha, sujeta a las estructuras culturales de su tiempo, soy capaz de encuentrar en ella un valor que no brota de mi, ni de ningún consenso social, ni es un mandato de una autoridad. El valor de esta obra es objetivo. Porque el valor de lo bello trasciende lo subjetivo, y une generaciones. La existencia de lo bello, y la capacidad de la materia por contenerlo, es un grito metafísico de la realidad de que la realidad no es una construcción del individuo.
"Y cuando algo se presenta como deber sagrado, la disidencia se interpreta como traición". Me ha encantado el texto y me ha resonaba esta frase...lo veo y los escucho todos los días cuando recibo las noticias de lo que sucede en el mundo. Especialmente con todas las políticas extremas y con el patromiotismo adaptado a la conveniencia...