La escribí en enero, creo. O en febrero. Las fechas se borran cuando una escribe enojada, o triste, o las dos cosas a la vez. Saqué una hoja de la impresora, la buena, la que guardo para las fotos. Cogí un bolígrafo negro, de esos que se guardan junto a las gomas, los clips y las cosas que no sabemos tirar. Empecé con un nombre. Luego con una acusación suavizada. Luego con una pregunta para la que aún no tengo respuesta.
Escribí tres páginas, tal vez cuatro. La letra empezó a deshacerse a medida que la mano se apresuraba, como si el cuerpo supiera que la cabeza iba a cambiar de opinión y quisiera terminar antes de que el juicio llegara. No llegó. Terminé la carta, la doblé en tres, la metí en un sobre blanco. No escribí ninguna dirección. No tenía a dónde enviarla, o mejor dicho, tenía un dónde pero no un para qué.
La guardé en el cajón de cubiertos de repuesto, debajo de los tenedores de postre que nunca uso. Sigue ahí. La saco de vez en cuando, la leo, la vuelvo a guardar. No es que no enviarla me proporcione paz. Es que enviarla no cambiaría nada, lo sé, y en esa certeza hay una resignación que se confunde con madurez.
Las cartas que no se envían son las honestas. En ellas se dice todo lo que se necesita decir porque se presupone que nadie las va a leer. Son monólogos disfrazados de diálogo. Testamentos sin heredero. Aun así, las escribo. Porque hay algo en el gesto de poner las palabras en el papel, en el peso de la tinta sobre la celulosa, que se parece a lo que pudo ser y no fue. Un casi. Un por poco. Un cajón que se abre y se cierra, y entre medias, una voz que habla sola



