Las ideas en venta por lotes
Cómo la política convierte alianzas contingentes en identidades cerradas y nos ahorra la incómoda tarea de pensar por nosotros mismos.
Una de las facultades más propiamente humanas es pensar y, sin embargo, cada vez dedicamos más esfuerzo a una tarea distinta: averiguar qué deberíamos pensar. No es necesario examinar cada problema desde el principio, demorarse en sus contradicciones ni aceptar la incomodidad de no saber. Basta con reconocer el espacio político al que sentimos que pertenecemos. A partir de ese momento, buena parte del trabajo parece ya realizado.
Y en consecuencia, basta conocer la opinión de una persona sobre una sola cuestión para creer que podemos anticipar lo que piensa acerca de muchas otras. Si alguien defiende con convicción la lucha contra el cambio climático, suponemos que probablemente mantendrá también una determinada posición sobre el aborto, la inmigración, la energía nuclear, la fiscalidad, la identidad de género o la Unión Europea. Si otra persona expresa reservas morales ante la eutanasia, tendemos a imaginar que sus opiniones sobre la familia, el mercado, la memoria histórica o la política migratoria ocuparán un lugar bastante previsible dentro del tablero ideológico.
Lo más sorprendente es que muchas veces acertamos. Pero ese acierto, lejos de tranquilizarnos, debería despertar cierta perplejidad. ¿Por qué una opinión sobre el comienzo o el final de la vida habría de permitirnos deducir un modelo fiscal? ¿Qué vínculo lógico une una determinada concepción de la inmigración con una postura concreta sobre la energía nuclear? ¿Por qué alguien que defiende una mayor intervención del Estado en la economía debería coincidir necesariamente con un mismo repertorio de posiciones culturales, morales y científicas?
Si examinamos esos asuntos por separado, la supuesta coherencia empieza a desvanecerse. El cambio climático pertenece, en primer término, al ámbito de la ciencia, aunque sus consecuencias exijan después decisiones económicas, tecnológicas y políticas. El aborto plantea un conflicto ético y jurídico en el que se cruzan la autonomía, la vida prenatal, la responsabilidad y los límites de la intervención estatal. La energía nuclear exige ponderar emisiones, seguridad, residuos, costes e independencia energética. La inmigración reúne cuestiones demográficas, laborales, culturales, jurídicas y humanitarias. La eutanasia nos sitúa ante el sufrimiento, la autonomía personal, el deber de cuidar y la protección de los vulnerables.
Cada uno de estos problemas contiene una arquitectura propia. Exige conocimientos distintos, enfrenta valores diferentes y obliga a aceptar pérdidas que no pueden resolverse mediante una fórmula universal. No hay en ellos ninguna deducción lógica que nos conduzca de una respuesta a las demás. Y, sin embargo, las respuestas aparecen agrupadas con una regularidad que termina pareciendo natural. No lo es.
La política ha conseguido una de las operaciones intelectuales más llamativas de nuestro tiempo: convertir asociaciones históricas y estratégicas en aparentes necesidades lógicas.
Solemos imaginar los partidos políticos como si fueran sistemas filosóficos coherentes, grandes construcciones doctrinales de las que se desprenden, con cierta inevitabilidad, todas sus posiciones. Según esa imagen, una determinada concepción de la libertad, la igualdad o el Estado permitiría deducir, paso a paso, qué debemos pensar sobre el clima, la familia, la educación, la inmigración o la muerte digna.
Pero los partidos no nacen principalmente para construir sistemas filosóficos. Nacen para construir mayorías.
Y una mayoría política nunca está formada por personas idénticas. Reúne empresarios y trabajadores, agricultores y habitantes de las ciudades, creyentes y ateos, jóvenes y jubilados, funcionarios y autónomos, personas que buscan protección y otras que temen la intervención del Estado. Una coalición electoral es, por definición, una alianza entre grupos cuyas experiencias, intereses y prioridades no coinciden plenamente.
La tarea de un partido consiste en mantener unida esa diversidad. Para hacerlo necesita elaborar un relato común, distribuir símbolos, crear adversarios compartidos y convertir posiciones dispersas en una identidad reconocible. Con el tiempo, ese relato adquiere la apariencia de una filosofía completa. Aquello que comenzó siendo una alianza circunstancial entre determinados intereses, sensibilidades culturales y estrategias electorales acaba presentándose como si respondiera a una coherencia profunda.
De ese modo, una asociación contingente se vuelve invisible. Dejamos de verla como el resultado de una historia concreta y empezamos a percibirla como la forma natural de ordenar el mundo.
Pensemos en el cambio climático. Una parte del debate se refiere a hechos científicos: el calentamiento global, sus causas, su velocidad y sus consecuencias previsibles. Otra parte, necesariamente política, se ocupa de las respuestas: qué sectores deben asumir los costes, qué actividades deben regularse, qué tecnologías deben priorizarse, qué ritmo puede soportar la transformación y hasta qué punto debe intervenir el Estado.
Es razonable que existan desacuerdos sobre esas políticas. También es comprensible que determinados sectores económicos teman sus consecuencias o que algunas concepciones de la libertad desconfíen de la expansión regulatoria. Un agricultor, un transportista, una industria intensiva en energía o una familia con pocos recursos pueden aceptar plenamente el diagnóstico climático y, al mismo tiempo, considerar injusta o ineficaz una medida concreta.
Sin embargo, cuando esos intereses y temores se incorporan a la identidad de un espacio político, se produce un desplazamiento revelador. Lo que empezó siendo una discusión sobre costes, plazos y herramientas termina afectando al propio diagnóstico. Si aceptar el problema parece conducir inevitablemente a políticas que amenazan determinados intereses, surge la tentación de minimizar el problema para debilitar la necesidad de actuar.
No siempre se niega una realidad porque no se crea en ella. A veces se la niega porque admitirla obligaría a aceptar consecuencias incómodas.
La secuencia puede ser casi imperceptible. Primero se cuestiona una medida. Después se exageran sus costes. Más tarde se sospecha de quienes la proponen. Finalmente, la propia realidad que justificaba la medida se presenta como una construcción ideológica. Lo que era un conflicto legítimo sobre políticas públicas acaba transformándose en una disputa identitaria sobre la existencia del problema.
La ideología funciona entonces como una coartada. Un interés particular aprende a hablar el lenguaje de una convicción general. Una resistencia económica o electoral se reviste de principio filosófico y termina incorporándose al repertorio moral del grupo.
Pero este mecanismo no pertenece únicamente a un lado del espectro político. También la izquierda puede convertir determinadas respuestas en pruebas de fidelidad, asumir políticas porque proceden de los suyos o silenciar costes reales para proteger la pureza del relato. Los partidos no solo agrupan ideas; agrupan intereses, afectos, memorias y expectativas. Después construyen una narración capaz de presentar ese conjunto heterogéneo como si fuera una totalidad coherente.
El resultado es que las posiciones dejan de examinarse por separado. Se compran en bloque.
Una persona podría defender una fiscalidad progresiva y mantener reservas morales sobre el aborto. Podría ser liberal en economía y reclamar una protección ambiental exigente. Podría apoyar una política migratoria restrictiva y defender sin vacilaciones el matrimonio entre personas del mismo sexo. Podría reclamar un Estado fuerte en materia social y mostrarse crítica con determinadas políticas identitarias. Nada de ello constituye necesariamente una contradicción.
Nos incomodan esas combinaciones porque rompen el lote.
Estamos acostumbrados a que una opinión funcione como una llave que abre todas las demás. Cuando alguien mezcla posiciones atribuidas a partidos diferentes, en lugar de preguntarnos por las razones de cada una, sospechamos de su coherencia. Quizá, sin embargo, la incoherencia no esté en la persona, sino en nuestra expectativa de que problemas distintos deban recibir respuestas ideológicamente uniformes.
Ortega y Gasset escribió que las ideas se tienen, mientras que en las creencias se está. La distinción resulta especialmente útil aquí. Una idea puede someterse a examen, corregirse o abandonarse. Una creencia, en cambio, constituye el suelo desde el que interpretamos el mundo y a nosotros mismos. No la miramos; miramos desde ella.
Cuando una posición política deja de ser una conclusión revisable y pasa a formar parte de nuestra identidad, cambiar de opinión ya no se vive como una rectificación intelectual. Se vive como una deslealtad. No sentimos que estamos modificando una respuesta sobre un asunto concreto, sino que nos estamos desplazando fuera del grupo al que pertenecemos.
La política contemporánea ha comprendido la fuerza de ese mecanismo. La identidad moviliza mejor que el argumento. Un ciudadano que examina cada cuestión por separado puede coincidir hoy con un partido y mañana con otro; puede aceptar una medida y rechazar la siguiente. Un miembro de una tribu, en cambio, defenderá el territorio común y percibirá cualquier fisura como una amenaza.
Por eso las posiciones políticas funcionan cada vez más como señales de reconocimiento. No indican únicamente lo que pensamos, sino quiénes somos, con quién estamos y frente a quién nos situamos. Una objeción técnica a una política climática puede interpretarse como una negación completa del problema. Una duda moral sobre el aborto se convierte en una confesión partidista. Una opinión sobre la inmigración permite construir, en pocos segundos, un retrato entero de la persona.
Ya no escuchamos una idea. Leemos una filiación.
Isaiah Berlin mostró que los grandes valores humanos no forman un sistema perfectamente armonioso. La libertad puede entrar en conflicto con la igualdad; la seguridad, con la privacidad; la autonomía, con la protección. No todos los bienes pueden realizarse al mismo tiempo ni en la misma medida. Muchas decisiones políticas no enfrentan el bien contra el mal, sino bienes legítimos que chocan entre sí.
Esta idea debería volvernos cautos ante la extraordinaria coherencia de los programas políticos. La realidad es ambigua, conflictiva y resistente. Obliga a ponderar, renunciar y decidir sin garantías. Los partidos, en cambio, necesitan ofrecer una imagen más ordenada: principios que parezcan compatibles, soluciones que parezcan encajar y adversarios que permitan explicar de dónde procede el error.
La realidad mezcla. Los partidos clasifican.
La realidad obliga a juzgar caso por caso. Los partidos necesitan respuestas reconocibles antes incluso de que aparezcan las preguntas.
No hay nada sorprendente en que lo hagan. La simplificación forma parte de la lucha por el poder. La pregunta verdaderamente inquietante es por qué nosotros aceptamos con tanta facilidad esa simplificación, por qué encontramos sosiego en recibir una identidad completa en lugar de soportar la incertidumbre de pensar cada asunto desde sí mismo.
Hannah Arendt habló de la necesidad de pensar sin “barandillas”. La expresión no alude a un pensamiento sin principios, sino a la renuncia a caminar siempre por un recorrido trazado de antemano. Una barandilla protege, evita la caída y reduce el miedo, pero también impide apartarse del camino previsto. Pensar sin ella significa aceptar que nuestras conclusiones pueden no coincidir con las de quienes consideramos nuestros y que quizá no exista una casilla política capaz de contenerlas todas.
Esa posibilidad exige una forma particular de coraje. El valor de no ser enteramente reconocible. El de incomodar a los propios sin necesidad de entregarse a los ajenos. El de aceptar que una coincidencia puntual con el adversario no obliga a comprar todo cuanto representa.
Karl Popper recordó que una teoría solo permanece intelectualmente viva mientras admite la posibilidad de estar equivocada. John Stuart Mill sostuvo que incluso las opiniones erróneas pueden prestar un servicio a la verdad, porque obligan a nuestras convicciones a explicar sus fundamentos. Y Simone Weil comprendió que la atención es una forma radical de generosidad: conceder a una realidad o a una persona el tiempo suficiente para mostrarse antes de que nuestro juicio la clausure.
Las tres ideas apuntan a una misma disciplina: exponerse.
Exponerse a los hechos que contradicen nuestras preferencias. A los argumentos que proceden de quienes no nos gustan. A la posibilidad de que los nuestros no tengan razón en todo y de que los otros tampoco estén equivocados siempre.
Pensar por uno mismo no significa carecer de influencias ni habitar un lugar puro, exterior a toda ideología. Nadie piensa desde el vacío. Pensamos desde una educación, una biografía, unas lecturas, unas experiencias, unos intereses y unas heridas. La independencia intelectual consiste más bien en impedir que ese marco se vuelva invisible y automático.
Pensar debería comenzar planteándonos preguntas incómodas: ¿defendería esta idea si procediera del partido contrario? ¿Rechazaría el mismo argumento si lo pronunciara alguien a quien admiro? ¿Existe de verdad una relación lógica entre dos posiciones que he aprendido a aceptar juntas? ¿He llegado a esta conclusión o simplemente la he heredado? ¿Estoy protegiendo una idea o protegiendo el lugar que esa idea me permite ocupar?
Una democracia no se empobrece porque existan ideologías. Tampoco porque sus ciudadanos se agrupen, discrepen o defiendan proyectos colectivos. Se empobrece cuando las ideas dejan de examinarse una a una y empiezan a funcionar como artículos inseparables de un mismo lote; cuando una posición sobre un asunto se convierte en el pasaporte obligatorio hacia todas las demás; cuando la coherencia con el grupo importa más que la fidelidad a la realidad.
Si quieres saber más sobre mí: www.chusrecio.com




decae la democracia con el interés real de la gente en estar informados, en una era donde se habla mucho pero se lee poco. me encantó el artículo! gracias por compartirlo. también creo que si bien el área política es de los lugares más críticos donde se ve esto manifestado, es una vertical que atraviesa a la sociedad en todos los rincones hoy en día! para pensar..
Este artículo es un manual de vida, un faro para nuestra forma de ver y aceptar la información de todo tipo de movimientos que aceptamos generalmente sin la suficiente crítica. Ojalá todos pudiéramos criticar las bases de nuestras propias ideas como se menciona en este ensayo ¡Muchas gracias!