Manual de la inconsistencia y otros hábitos de éxito.
Un ecosistema donde decir hoy lo contrario de ayer no es error, sino estrategia.
Hoy he leído en un artículo de El País esta frase: “…No hay piedad ante el comportamiento, los modales, la falsedad, el manejo mezquino del poder o las fatuas aspiraciones de los que, con su servilismo, pretenden buscarse profesional y socialmente un pálido lugar en el sol”, y me ha hecho pensar en un lugar que conozco bien, un lugar que habito a diario, durante más horas de las que me gustaría admitir, y que, sin embargo, nunca termino de reconocer como propio.
No es un lugar excepcional. No tiene nada de extraordinario en su forma. Es, de hecho, profundamente cotidiano. Y quizá por eso inquieta más: porque en él todo ocurre a la vista, sin disimulo, sin necesidad de esconderse.
Allí no se insinúa; allí se hace.
Se miente sin rodeos. Se cambia de opinión sin transición. Se defiende hoy lo contrario de ayer con una naturalidad que lejos de buscar coherencia, persigue oportunidad.
No hay memoria, o no importa. No hay contradicción, o no se percibe como tal. Lo único estable es el interés, ese eje alrededor del cual todo se reordena con una precisión casi mecánica.
Y lo más desconcertante no es la existencia de esa lógica, sino la ausencia de pudor.
No se trata de fingir virtud mientras se actúa de otro modo. Se trata, más bien, de haber eliminado la necesidad misma de fingir. La falsedad ya no se oculta: se ha vuelto operativa. Funciona. Produce resultados. Y eso basta.
En ese lugar, la palabra ha perdido su peso.
Decir y desdecirse forman parte del mismo gesto. Prometer no compromete. Afirmar no obliga. Todo es reversible, intercambiable, negociable. Como si el lenguaje hubiera dejado de ser un vínculo para convertirse en una herramienta más, utilizable según convenga.
Y entonces uno entiende que no es solo una cuestión de personas.
Es una estructura.
Un modo de estar en el que la coherencia es un obstáculo, la honestidad una ingenuidad, y la integridad, cuando aparece, algo incómodo, casi fuera de lugar. Como si toda firmeza moral hubiera pasado a ser leída como si de una torpeza se tratase. Como si sostener una convicción más allá de su rentabilidad inmediata fuera una incapacidad para adaptarse.
Hay algo profundamente revelador en eso. Durante siglos, la filosofía pensó la verdad no solo como correspondencia entre lo que se dice y lo que es, sino también como una forma de vida. No bastaba con enunciar lo verdadero: había que habitarlo. En los cínicos, en los estoicos, incluso en Sócrates, la verdad no era un adorno del discurso, sino una exigencia del carácter. Decir una cosa y vivir otra no era una simple inconsistencia: era una fractura del alma.
Hoy, en cambio, esa fractura se ha normalizado hasta volverse irrelevante.
No se espera ya que las personas sean consistentes. Se espera, más bien, que sean funcionales. Que sepan leer el aire. Que detecten con rapidez hacia dónde gira el interés, dónde se concentra la fuerza, qué postura conviene adoptar para seguir ocupando un lugar. Y así, la inteligencia deja de ser una herramienta para comprender y se convierte en una destreza para acomodarse. No sirve para pensar mejor, sino para plegarse con mayor eficacia.
Ahí es donde la mediocridad deja de ser una carencia y empieza a comportarse como un sistema de premios.
Porque la mediocridad no es solo falta de talento, de profundidad o de rigor. A veces es algo mucho más activo: una disposición a no elevar nunca el nivel de lo que se piensa, de lo que se dice, de lo que se exige. Una renuncia deliberada a la excelencia, no por incapacidad, sino porque todo lo que sobresale incomoda. Lo verdaderamente mediocre no es ser limitado, sino trabajar para que nada a nuestro alrededor deje de serlo.
Nietzsche vio con lucidez este fenómeno cuando describió el resentimiento de los espíritus pequeños frente a todo lo que desborda su medida. Lo excelente molesta. Lo noble irrita. La altura ajena pone en evidencia la propia renuncia. Y entonces resulta más fácil degradar el valor de las cosas que esforzarse por estar a su altura. Allí donde domina esta lógica, la competencia deja de ser admiración por lo mejor y se vuelve maniobra contra quien aún conserva una relación seria con el trabajo, con la palabra o con la dignidad.
Pero quizá la referencia más inquietante no sea Nietzsche, sino Hannah Arendt. Arendt comprendió que una de las grandes catástrofes morales de la modernidad no consiste únicamente en la aparición del mal extremo, sino en su banalización: en la posibilidad de que la renuncia al juicio, el hábito de obedecer la lógica del entorno y la incapacidad para pensar desde uno mismo produzcan sujetos perfectamente adaptados a lo intolerable. No hace falta monstruosidad. Basta con docilidad, interés y falta de pensamiento.
En ciertos entornos laborales esto se percibe con nitidez. Nadie necesita ser especialmente perverso. Basta con que nadie quiera interrumpir el mecanismo. Basta con que cada cual haga su cálculo. Basta con que la conveniencia reemplace poco a poco a la conciencia. Y entonces aparece un ecosistema donde la mentira no escandaliza, donde la falsedad no degrada a quien la practica, y donde la inversión constante de los propios discursos ya no suscita vergüenza, sino que se interpreta como habilidad política.
Maquiavelo, mal leído y peor vulgarizado, planea sobre todo esto como una coartada. Se invoca de manera implícita la idea de que el fin justifica los medios, aunque casi nunca haya un fin digno de semejante cesión. No se trata aquí de fundar un Estado ni de evitar una guerra civil. Se trata, apenas, de conservar una posición, agradar a quien conviene, sobrevivir en la jerarquía o arañar una parcela mínima de reconocimiento. Es decir: se movilizan las peores artes de la astucia para obtener recompensas ínfimas. Toda una degradación de la ambición.
Y acaso esa sea una de las imágenes más tristes de nuestro tiempo: no la del gran tirano, sino la del pequeño oportunista. No la de la voluntad poderosa, sino la de la sumisión interesada. No la del pensamiento fuerte, sino la del cálculo mezquino. Personas que no creen verdaderamente en nada, salvo en la necesidad de estar bien situadas. Personas para las que la adhesión a una idea no nace de su verdad, sino de su utilidad. Personas que han hecho de la flexibilidad moral una forma de carrera.
Byung-Chul Han ha señalado cómo el presente ha erosionado la negatividad, la resistencia, la fricción que exige toda vida verdaderamente ética. Todo debe ser fluido, adaptable, amable en apariencia. Pero esa fluidez, celebrada como inteligencia emocional o capacidad de gestión, es a menudo solo el nombre elegante de una desposesión interior. Quien ya no ofrece resistencia tampoco ofrece forma. Quien puede sostener hoy una idea y mañana la contraria sin atravesar ningún conflicto interno no ha alcanzado una sofisticación superior: ha vaciado el espacio en el que podría aparecer una conciencia.
Lo terrible de ciertos lugares es precisamente eso: no obligan a callar la verdad, sino a asistir a su devaluación cotidiana. Uno presencia cómo las palabras pierden espesor, cómo las decisiones se desligan de cualquier principio, cómo la adulación sustituye al mérito y cómo la obediencia astuta desplaza a la competencia real. Y poco a poco comprende que la organización explícita del trabajo importa menos que la organización tácita de la bajeza.
Porque hay instituciones en las que lo esencial no es lo que producen, sino el tipo de subjetividad que fabrican. Fabrican individuos prudentes en el peor sentido: no reflexivos, sino temerosos; no sensatos, sino acomodaticios. Individuos entrenados para detectar qué conviene decir, a quién conviene respaldar, cuándo conviene desdecirse. Individuos que terminan confundiendo madurez con cinismo, diplomacia con falsedad, inteligencia con sumisión estratégica.
En ese clima, la mentira deja de ser un accidente moral para convertirse en una atmósfera. Ya no importa tanto quién miente, porque el propio espacio está organizado para que la verdad resulte desventajosa. Foucault mostró que el poder no solo reprime: produce realidades, discursos, modos de subjetivación. No impone únicamente silencio; modela lo decible, lo pensable, lo premiable. Y cuando una estructura recompensa la incoherencia útil y castiga la integridad improductiva, acaba produciendo sujetos adaptados a ese régimen de verdad invertida.
El problema no sea solo ético, sino ontológico. Hay lugares donde, a fuerza de simular, uno corre el riesgo de dejar de ser. No porque adopte una, sino porque la máscara termina por adherirse al rostro. La repetición vacía el gesto. El cálculo corroe la espontaneidad. Y llega un momento en que ya no se sabe si uno está fingiendo para sobrevivir o si ha interiorizado por completo la lógica de aquello que despreciaba.
Simone Weil escribió que la atención es la forma más rara y más pura de generosidad. Quizá también habría que decir que la integridad es una forma de resistencia de la atención: atención a lo que uno piensa, a lo que dice, a lo que hace; atención a no fracturarse por dentro en cada concesión. Pero mantener esa atención en determinados entornos exige una energía enorme. Exige soportar la intemperie de no participar del todo, de no acomodarse del todo, de no confundirse del todo con la lógica dominante.
Y sin embargo, esa incomodidad quizá sea la última reserva de dignidad.
Porque hay una derrota más profunda que no ascender, que no ser reconocido o que no encajar: la derrota de dejar de sentir extrañeza ante lo indigno. El verdadero peligro no es trabajar en un lugar poblado de falsedad, mediocridad y servilismo. El verdadero peligro es acostumbrarse. Empezar a llamar pragmatismo a la cobardía. Empezar a llamar habilidad a la inconsistencia. Empezar a llamar madurez a la renuncia de uno mismo.
Porque cuando un lugar está lleno de personas que se inclinan siempre hacia donde sopla el interés, lo más subversivo no es enfrentarse de manera grandilocuente.
A veces basta con no inclinarse.
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gracias por compartir esa reflección. yo estoy trabajando en no dejarme llevar por el interés. la frase que más me llegó por lo que he vivido es "el poder no solo reprime: produce realidades, discursos, modos de subjetivación. No impone únicamente silencio; modela lo decible, lo pensable, lo premiable. Y cuando una estructura recompensa la incoherencia útil y castiga la integridad improductiva, acaba produciendo sujetos adaptados a ese régimen de verdad invertida." decolonizing.
Estas reflexiones me ayudan con la tristeza que siento al vivir en un ambiente así como el que describes. "No son las formas". " No es el lugar". "No es el momento".
Pero lo cierto es que la verdad incomoda y las palabras forman una bola de plastilina inmunda (como la que acabábamos tirando cuando éramos niñas porque ya no tenía ningún color, a fuerza de manoseo y mezcla) que se moldea una y otra vez con la forma que más conviene en cada momento.
Lo cierto es que estamos "dentro" de una verdad y esto que dices me ayuda mucho entenderla 🌝