Me quedo en pregunta.
Habito una grieta que no termina de abrirse ni de cerrarse.
Me quedo en pregunta.
Permanencia en un tiempo que no avanza. Lugar sin horizonte. Quietud tensa. Un pulso que no puede resolverse.
Me quedo en pregunta.
El cuerpo lo aprende antes que la conciencia: esa ligera tirantez que no cede, esa forma de estar sin descanso. Algo a punto de suceder que, sin embargo, nunca termina de hacerlo.
Intemperie sin nombre.
Lugar donde nada protege y nada termina de romperse.
Ráfagas de claridad.
Destellos breves que insinúan una forma posible.
Y después, otra vez, la niebla.
Siempre la niebla.
Y en ese vaivén, algo en mí se inclina hacia lo que no está.
Se aferra a lo incompleto.
Se habitúa a sostener lo que no se deja sostener.
La ausencia pesa.
Lo no dicho ocupa más espacio que cualquier presencia.
Hay preguntas que no buscan respuesta.
Pero hay otras que, al no encontrarla, empiezan a deshacernos.
Esta es de esas.
Y sigo ahí.
En ese punto exacto donde algo podría empezar…
o donde quizá ya ha empezado, pero no encuentra forma.
Me quedo en pregunta.
El mundo pierde contorno. Y todo parece provisional. Incluso yo.
Me quedo en pregunta.
Las cosas dejan de afirmarse. Nada termina de sostenerse.
Me quedo en pregunta.
Vivir queda reducido a un borde que no se cruza.
No todo lo indefinido es profundo.
No toda ambigüedad contiene verdad.



