Lo primero que hizo al levantarse fue coger el teléfono para saber cuántos likes y nuevos seguidores había conseguido con su última fotografía. Alexandrino dormía con el teléfono bajo la almohada soñando con hashtags y filtros. Alexandrino tenía un catálogo de poses clasificadas por categorías: “sexy”, “casual”, “intelectual”, “divertido”… Alexandrino se cepillaba los dientes con una pasta especial que prometía una sonrisa fotogénica con un brillo comparable al de los filtros de Instagram y ejecutaba una compleja rutina de belleza que incluía mascarillas faciales de oro, masajes con piedras preciosas y ejercicios del rostro para tonificar sus músculos. Alexandrino, sin saberlo, era un actor secundario en la obra maestra de su vida online.
Su desayuno se trocaba en una sesión de fotos interminable. La tostada de aguacate debía ser fotografiada desde el ángulo perfecto, con la iluminación adecuada y sobre una vajilla digna de Pinterest. El café latte, con su espuma en forma de corazón…
Cada paso fuera de casa era una oportunidad para alimentar su ávida cuenta de Instagram. Un paseo por el parque se convertía en una pasarela improvisada donde los árboles servían de escenario para selfies estratégicamente encuadrados. Las reuniones con amigos eran interrumpidas una y otra vez para tomar fotos grupales que luego serían publicadas con hashtags ingeniosos. La espontaneidad se sacrificaba en el altar del like. Buscaba, de manera incansable, la pose perfecta, la que nadie hubiera hecho nunca, esa que le hiciera ganar miles de likes.
Un día, Alexandrino, en su búsqueda compulsiva, decidió llevar su obsesión al siguiente nivel: ingerir una cámara miniatura con la que obtener fotografías insólitas. Tenía la certeza de que con ello conseguiría alcanzar su objetivo: fotografías que le catapultaran a un éxito nunca visto en las redes sociales.
La idea era simple, pero ingeniosa: documentar su vida desde una perspectiva única, literalmente, desde su interior. Imaginaba las posibilidades infinitas: selfies desde el estómago, videos de su proceso digestivo, imágenes de cómo nacían sus pensamientos, instantáneas de su corazón latiendo, un reality show en primera persona de su día a día.
Aquella mañana era la elegida para su hazaña. Se levantó en la hora azul, cuando todavía la luz tenue del alba se filtraba por las rendijas de las persianas, y en medio de un silencio expectante solo roto por el sonido lejano del tráfico y el tictac del reloj se dirigió a la cocina, preparó café, y con su mente fija en el éxito sin precedentes que estaba seguro iba a alcanzar, las manos temblorosas y unas gotas de sudor recorriendo su frente colocó, con una mezcla de emoción y nerviosismo, la diminuta cámara en su boca y ayudado por un sorbo de agua la tragó. Su respiración se tornó agitada mientras la textura fría de la cámara rozaba su lengua. Un sonido seco se produjo cuando se deslizaba por su garganta y una sensación de incomodidad envolvió su estómago cuando la cámara alcanzó su destino.
Una vez superado el acto de la deglución la experiencia se convirtió en algo emocionante. Empezó a disfrutar de imágenes increíbles de su interior; imágenes que, inmediatamente, publicaba en Instagram.
Lo que no sabía Alexandrín… era que la cámara tenía un pequeño defecto: cuanto más tiempo la usaba, más se diluía su propia existencia. Al principio, este efecto era casi imperceptible. Se sentía más ligero, como si una parte de su peso se hubiera evaporado. Sus amigos notaron una leve palidez en su rostro que atribuyeron a la falta de sueño y la constante exposición a las pantallas.
Sin embargo, con el paso de los días, la transformación se aceleró. Su cuerpo comenzó a perder densidad, como si estuviera hecho de niebla. Las ropas le holgaban cada vez más, su voz se volvió tenue como un susurro fantasmal, la piel olvidó su color volviéndose traslúcida y sus ojos se hundieron perdiéndose en la bruma que ahora constituía su cuerpo. Los sonidos del mundo real empezaron a apagarse y un silencio absoluto, sólo roto por el sonido de la cámara, a modo de latido mecánico desde dentro de su estómago, reinó en torno a él.
Aterrorizado, Alexa… acudió a médicos y especialistas buscando una explicación a su extraño padecimiento. Sin embargo, nadie pudo encontrar la causa física que estaba provocando aquella transformación.
La cámara, adherida a su estómago como un parásito digital, continuaba absorbiendo su esencia, convirtiéndolo en una sombra de su propia identidad. Poco a poco, su cuerpo comenzó a desvanecerse transformándose en una especie de espectro digital. En un acto desesperado, Alex…, intentó deshacerse de la cámara, pero ésta se había adherido a su interior con una fuerza implacable. La única conexión que le quedaba con el mundo era un delgado cable que brotaba de su boca; una especie de cordón umbilical digital.
Sus amigos, preocupados por la extrema delgadez de Al…, el aspecto fantasmal que mostraba en sus selfies y su extraño comportamiento, intentaron visitarlo, pero ya era tarde; había desaparecido.
Convertido en un simple hashtag errante, vagaba a través del vacío digital sin poder interactuar con el mundo real. Su única conexión con la vida eran los comentarios y likes que recibía. A… había, sin duda, conseguido el éxito que, tan ansiosamente, andaba buscando.




Brutal relectura kafkiana del narcisismo digital.
El detalle del nombre desvaneciéndose 👏 chapó.
Bueno, entretenido y con su poderoso y triste mensaje. Gracias Chus :)