La ambulancia acaba de llegar. Tienen que llevarme, una vez más, al hospital. Apenas puedo respirar; me duele el pecho, la espalda, como si el propio aire pesara dentro de mí. Será otro viaje del que volveré aún más mermada, más reducida, un poco más lejos de lo que fui y un poco más cerca de eso en lo que me estoy convirtiendo.
Llevo más de ocho años postrada en una cama, con una enfermedad que ha ido paralizando, sin pausa, todos los músculos de mi cuerpo, como una enredadera que se enrosca lentamente alrededor del tronco hasta dejarlo sin savia. Cada día aprieta un poco más, sin violencia, pero sin descanso, hasta que apenas queda nada que pueda llamarse vida, salvo su persistencia.
He olvidado el sabor de un tomate, la sensación del agua fresca deslizándose por la garganta, la forma en que los sabores se suceden en la boca al morder una fruta. Mis ojos, que antes eran una apertura al mundo, ahora solo devuelven una mirada agotada; mis manos, que sostuvieron, que tocaron, que cuidaron, yacen inmóviles, incapaces de responder siquiera a un impulso. La sonrisa, que alguna vez fue un gesto espontáneo, se ha ido retirando poco a poco, como si también ella hubiera aprendido que ya no tiene lugar aquí.
Soy un cuerpo detenido con una conciencia que no se apaga. Un pensamiento que permanece cuando todo lo demás ha comenzado a retirarse. Mi existencia se reduce a un corazón que insiste en latir, a un latido obstinado que empuja la sangre hacia un cuerpo que ya no responde, como si nadie le hubiera enseñado que la vida no consiste únicamente en ese impulso mecánico. Ese latido arrastra a los pulmones, a la respiración, a la conciencia misma, y me arrastra a mí con él, manteniéndome en un lugar del que ya no participo.
Me hablan de cuidados, de alivio, de compasión, de no sentir dolor. Pero el dolor no está solo en el cuerpo. Está en la imposibilidad de saborear un helado, de caminar sobre la arena, de sostener una rosa, de alzar la mirada y sentir que el mundo aún me pertenece. Está en la conciencia de seguir, en la lucidez de saber que lo que permanece ya no es vida, sino su prolongación.
A veces cierro los ojos y trato de encontrar consuelo en los recuerdos, pero incluso ellos se han vuelto imprecisos, como si también se estuvieran alejando. Entonces vuelven las preguntas, siempre las mismas, girando en un círculo que no se rompe: qué sentido tiene continuar cuando la esperanza desapareció hace tiempo, por qué se insiste en sostener una vida que ya no se reconoce como propia, por qué se me obliga a permanecer en un cuerpo que ha dejado de ser habitable.
La muerte se acerca despacio, lo sé. No la temo. La espero como se espera una salida largamente postergada. Y, sin embargo, la obligan a demorarse, como si incluso ese último gesto no me perteneciera ya.




"como si incluso ese último gesto no me perteneciera ya." buf 💔, me ha removido. Crudo pero necesario de leer. La belleza de la vida está en lo simple; en esos detalles que damos por hecho. Es duro verla extinguirse poco a poco, pero sentirlo desde adentro... solo imaginarlo me arruga el corazón.
Ufff! Gracias por esto.