Mi ratón ha muerto.
Certificaciones, diseño cerrado y la normalización de lo irreparable.
No ha sido una muerte súbita, ni siquiera dramática. Ha sido una extinción discreta, casi educada. Durante unos días empezó a fallar con esa intermitencia que uno tiende a justificar: hoy responde, mañana duda, pasado parece recuperarse. Como si el objeto también quisiera sostener la ilusión de continuidad. Hasta que ya no. Hasta que el gesto, ese gesto mínimo de mover la mano y esperar una respuesta, se ha roto.
Lo he cargado. He cambiado el cable. He probado en otro dispositivo. He hecho todo lo que uno hace cuando todavía cree que el problema es reversible. Pero no lo es. La batería ha muerto. Y con ella, el objeto entero. No porque el mecanismo no funcione. No porque la estructura esté dañada. No porque haya dejado de cumplir su función. Ha muerto porque una parte, invisible, sellada, inaccesible, ha decidido por él. Y yo no puedo intervenir.
Hay algo profundamente revelador en este tipo de muerte. No es un accidente. No es desgaste en el sentido clásico. Es una forma de final inscrita en el diseño. Un límite que no aparece como tal, pero que opera con la precisión de lo inevitable. Aquí resuena, de forma inesperada, la intuición de Martin Heidegger cuando pensaba los objetos como aquello que, en su buen funcionamiento, se retira de la conciencia. El utensilio, diría, no se muestra mientras sirve; desaparece en el uso. Pero cuando falla, cuando se rompe, irrumpe. Se vuelve visible. Se impone. Quizá por eso esta muerte no es solo material: es también una revelación. El objeto, al dejar de funcionar, deja de ocultarse.
Nos han acostumbrado a pensar la sostenibilidad como una cuestión de origen: materiales reciclados, embalajes responsables, procesos optimizados, huellas de carbono compensadas. Y todo eso importa, sin duda. Pero hay una dimensión, más incómoda y decisiva, que rara vez se coloca en el centro: la duración. No cuánto contamina un objeto al nacer, sino cuánto tiempo se le permite existir.
Porque hay una diferencia esencial entre un objeto que se desgasta y uno que se agota. El primero acompaña. El segundo interrumpe. El primero se transforma con el uso. El segundo simplemente cesa. Y en ese cese, limpio, irreversible, perfectamente diseñado, aparece una pregunta que incomoda: ¿puede llamarse sostenible algo que no está hecho para permanecer?
El problema no es solo técnico. Es conceptual. Hemos desplazado la idea de sostenibilidad hacia aquello que puede medirse, certificarse, auditarse. Hacia lo que cabe en un informe, en una etiqueta, en un compromiso público. Pero en ese desplazamiento hemos dejado fuera algo fundamental: la relación entre el objeto y el tiempo. Un objeto sostenible no es solo aquel que nace bien. Es aquel que no obliga a nacer de nuevo demasiado pronto y, mucho menos, cuando la pieza que provoca su muerte es, por naturaleza, reemplazable: mi ratón ha muerto porque la batería no puede sustituirse.
Aquí la crítica de Arendt se vuelve especialmente pertinente. En su distinción entre labor, trabajo y acción, el mundo humano solo adquiere estabilidad cuando lo que producimos está destinado a durar, a constituir un mundo común relativamente permanente. Pero ¿qué ocurre cuando lo fabricado pierde esa vocación de permanencia? ¿Qué tipo de mundo construimos cuando los objetos ya no están hechos para quedarse, sino para circular?
Sin embargo, diseñamos y consumimos objetos que funcionan dentro de un horizonte temporal estrecho, aunque no lo parezcan. Objetos que, desde fuera, prometen continuidad, pero que en su interior contienen un punto de cierre no negociable. Un límite que no se puede reparar, ni prolongar, ni discutir. No es una obsolescencia ruidosa. Es una obsolescencia silenciosa. Sellada.
Se dirá que responde a decisiones de diseño: compactación, ligereza, estética, eficiencia. Que abrir el objeto comprometería su integridad. Que permitir la sustitución generaría otros problemas. Todo eso puede ser cierto. Pero también lo es que cada una de esas decisiones configura una idea de mundo. Un mundo donde lo que no se puede abrir no se puede comprender. Donde lo que no se deja reparar no merece ser prolongado. Donde la sustitución se convierte en el gesto más natural. Y ahí es donde la sostenibilidad empieza a parecerse peligrosamente a una narrativa.
Aquí resuena también la crítica de Heidegger al dominio de la técnica como forma de desocultamiento que convierte todo en recurso disponible. El objeto deja de ser algo con lo que se convive para convertirse en algo que se utiliza hasta su agotamiento. Y, una vez agotado, se sustituye sin resto. Sin memoria. Sin vínculo.
Hay, además, una paradoja más profunda. Nunca hemos tenido tanta información sobre el impacto ambiental de lo que consumimos, y sin embargo cada vez tenemos menos capacidad real de intervenir en los objetos que utilizamos. Sabemos más, pero podemos menos. La sostenibilidad se ha vuelto transparente en el discurso y opaca en la práctica. Se nos invita a elegir mejor, pero no a conservar. Se nos anima a consumir responsablemente, pero no a sostener lo ya consumido. Y en ese desplazamiento sutil, del cuidado a la elección, algo se pierde.
Aquí podría leerse también, en clave contemporánea, la crítica de Byung-Chul Han a una sociedad que ha sustituido la relación por la optimización. Todo debe fluir, circular, renovarse. Lo duradero incomoda. Lo que permanece resiste. Y lo que resiste ralentiza.
Porque cuidar implica permanecer. Implica reparar, insistir, alargar, incluso incomodarse. Elegir, en cambio, es un gesto limpio. Rápido. Sustituible.
Mi ratón ha muerto, sí. Pero lo inquietante no es su muerte, sino su forma de morir. La naturalidad con la que aceptamos que un objeto funcional deje de existir porque una pieza no sustituible en la práctica ha agotado su ciclo. La ausencia de extrañeza. La falta de resistencia. No hay indignación. No hay sorpresa. Solo una transición suave hacia el siguiente.
Y este es el verdadero triunfo de este modelo: no que los objetos estén diseñados para terminar, sino que nosotros estemos cada vez más dispuestos a aceptar ese final como algo normal. Sin duelo. Sin preguntas. Sin memoria.
Hay, sin embargo, algo más que incomoda. Mientras los objetos se acortan en el tiempo, el discurso que los rodea se alarga. Las empresas certifican, validan, auditan, comunican. Acumulan sellos, métricas, compromisos públicos. Construyen un relato sólido, coherente, técnicamente impecable sobre su sostenibilidad. Y, sin embargo, en el interior de esos mismos objetos, en su forma más concreta y cotidiana, persiste una lógica distinta: la de lo no reparable, la de lo sellado, la de lo que no está pensado para durar.
No es una contradicción evidente. Es una disonancia más sutil. Como si la sostenibilidad se hubiera desplazado hacia aquello que puede demostrarse… dejando en segundo plano aquello que simplemente debería sostenerse.
Se trata, entonces, de cuestionar las certificaciones: de preguntarse qué es lo que dejan fuera. Qué parte de la vida de los objetos no entra en los informes. Qué dimensión —menos medible, menos visible, pero profundamente material— queda excluida cuando la sostenibilidad se reduce a indicadores.
La sostenibilidad no debería circunscribirse a cómo se fabrica un objeto, sino incluir, también, cuánto se le permite durar.
Si quieres saber más sobre mí: www.chusrecio.com




Hola Chus, me ha encantado tu post y cómo has ligado una tragedia menor que hemos asumido como cotidiana con los discursos contradictorios e incoherentes que nos vemos obligados a aceptar, cuando lo que necesitamos es que nos dejen ser fieles a principios de sentido común como que lo más sostenible es lo que dura sin hacer daño
Este es un tema que me preocupa mucho y al que dedico buena parte de mi curiosidad, tal vez te interese este post que escribí sobre obsolescencia programada y sus tipos y antídotos (tengo unos cuantos más relacionados por si te interesa seguir tirando del hilo!):
https://www.verdadesincomodas.xyz/p/contra-la-obsolescencia-programada
Nadie lo vio mejor que Bauman, vivimos en la era de lo efímero, de lo frágil, lo reemplazable. Y es una característica que se agudiza cada vez más. Todo debe ser consumible, inmediato y formar parte de esa filosofía del cambio constante como algo positivo y deseable, de evolucionar, soltar, no aferrarse. Hemos malinterpretado y tergiversado la sabiduría de aceptar la inevitabilidad de los cambios y de aprender a fluir con ellos, con una disposición desenfadada e insulsa a tomar todo con liviandad, a hacer de cuenta que nada nos importa realmente o que todo nos da lo mismo. La permanencia, la estabilidad, la capacidad y el esfuerzo para sostener algo en el tiempo como horizonte de sentido han desaparecido. Y por eso nos cuesta tanto tolerar la frustración, dedicar el tiempo necesario a construir algo que tenga verdadero valor. Estamos confundidos: todas las cosas cambian, incluso nosotros mismos, lo cual no significa que todo da lo mismo y que todo es reemplazable.