El tren atraviesa la tierra sin tocarla. Los surcos pasan como páginas de un libro que alguien hojea deprisa, demasiado deprisa para leer. El verde no es verde, es una promesa de verde. El marrón no es marrón, es lo que queda cuando la promesa se rompe.
Arriba, el cielo se niega a ser cielo. Se queda ahí, suspendido, una tela lavada mil veces que ya no sabe si es azul o gris o si es simplemente luz cansada de ser luz. Las nubes no se mueven.
Nadie camina por esos campos. O quizá alguien caminó hace tanto que ya no importa. La tierra se extiende, monótona, como si repitiera una misma sílaba hasta el horizonte. No hay árboles que detengan la mirada, ni casas que le den una razón para quedarse.
El tren sigue. Yo sigo. Los campos permanecen, indiferentes a ser vistos, indiferentes a ser abandonados. Al cabo de un rato, la ventana devuelve mi propio reflejo superpuesto al paisaje, y entonces no sé si miro hacia afuera o hacia dentro, si viajo o si me quedo quieta mientras el mundo se desplaza bajo mis pies sin tocarme.



