Una mañana más se despertó con la garganta inundada en flemas y una mirada entreabierta, desprovista de toda ilusión: la calma de quien ha visto mucho y espera poco.
Con una voz apenas perceptible, llamó a Coralia, la mujer que cada día se encargaba de su cuerpo.
—Buenos días, Manuela. ¿Ha podido descansar?, ¿cómo se encuentra? —dijo Coralia al entrar en la habitación.
—Estoy bien, hija —respondió Manuela.
Siempre respondía lo mismo. Lo había hecho toda su vida. Aquella frase, dicha con una leve sonrisa, era la forma que tenía de no ocupar espacio.
—Siempre me contesta usted lo mismo, Manuela —replicó Coralia—. ¿Quiere que la lleve al baño o esperamos un poco y le conecto la sonda?
—Lo que tú quieras, hija.
Coralia conectó la sonda con la destreza de quien repite un gesto hasta vaciarlo, inclinó la cama y salió de la habitación.
Manuela se quedó allí, inmóvil, sostenida por un mecanismo que prolongaba la vida de su cuerpo un día más. Un día igual a los anteriores. Otro día más.
La savia era inyectada en el cuerpo de Manuela, asegurando así su persistencia en el mundo. Mientras, ella recordaba el único libro del colegio. Los rezos. El día en que, con catorce años, entró a servir en una casa. La boda con un hombre que apenas conocía. La culpa tras el primer aborto. Las miradas. El hambre.
Nunca supo resistirse. Nunca supo cómo.
No fue una decisión.
Fue una forma de estar en el mundo.
Pensó —o quizá solo lo rozó— que en otra vida habría sido distinto.
Pero no en esta.
Mientras la sonda aseguraba la persistencia de su cuerpo, Manuela sostenía el rosario bajo la almohada. No podía dejar de vivir. Ni siquiera eso le pertenecía ya.
Y entonces, la plegaria:
—Virgencita, llévame contigo.



