Posverdad, islas de realidad.
Un tiempo en el que los hechos pesan menos que las emociones, la pertenencia vale más que la evidencia y los algoritmos nos devuelven versiones a medida del mundo.
Hay palabras que, al escucharlas, dan la sensación de que hemos cambiado de época. Posverdad es una de ellas. Suena a estación ya superada, como si hubiéramos cruzado un umbral y la verdad hubiera quedado atrás, relegada a un vagón abandonado de la historia. Pero, cuando la miramos de cerca, lo que nombra no es la desaparición de la verdad, sino algo más inquietante: su pérdida de peso. La realidad sigue ahí, terca, resistente; lo que se debilita es su capacidad para orientarnos. Ya no preguntamos tanto “¿es cierto?”, sino “¿me representa?”, “¿está de mi lado?”. La verdad deja de ser horizonte para convertirse en un detalle secundario dentro de un relato que lo organiza todo según lealtades y afectos.
Arendt habló de algo que resulta central para entender este tiempo: el mundo común. Ese mundo no es una abstracción, sino el tejido de hechos, lugares, historias y palabras que compartimos con otros. Es lo que nos une y nos separa a la vez: nos une porque habitamos la misma realidad; nos separa porque cada uno la mira desde un ángulo distinto. La política, en el sentido profundo, no partidista, es posible mientras seguimos discutiendo sobre algo que tenemos en común. La posverdad empieza cuando esa base se resquebraja: cuando ya no miramos juntos hacia la misma escena, sino que habitamos universos paralelos que apenas se tocan. Máriam Martínez-Bascuñán lo formula con una claridad casi clínica en su entrevista en Ethic, titulada precisamente “La posverdad es el fin del mundo común”: la posverdad no es solo el triunfo de la mentira, sino la ruptura de ese suelo compartido que hace posible la conversación democrática.
La mentira ha existido siempre. Lo específico de la posverdad no es que haya más falsedades que antes, sino que verdad y mentira dejan de ocupar lugares tan distintos. La mentira clásica todavía reconoce, aunque sea de forma retorcida, el prestigio de la verdad: necesita ocultarla o deformarla porque le teme. En la posverdad, en cambio, la diferencia se diluye. Se construyen relatos cerrados, coherentes hacia dentro, en los que los hechos se usan o se desechan según convenga. Ya no importa tanto si algo corresponde a la realidad, sino si fortalece a “los nuestros”, si humilla a “los otros”, si provoca la emoción adecuada. El criterio no es la exactitud, sino la utilidad.
Esto se ve con claridad cuando pensamos en temas que nos afectan de manera directa: el clima, las vacunas, las desigualdades, los derechos. Hay datos robustos, consensos científicos, investigaciones serias; pero, frente a ellos, prosperan narraciones que niegan, trivializan o distorsionan esos hechos. No lo hacen siempre por desconocimiento; a veces lo hacen porque aceptar esos datos tendría un coste simbólico demasiado alto: implicaría revisar la propia identidad, la propia tribu, la propia historia. En ese punto, la realidad deja de ser algo que tratamos de comprender y se convierte en un material maleable que se estira o se rompe según lo que ya hemos decidido creer.
Para que exista un mundo común hacen falta: mediaciones, instituciones, prácticas, hábitos de conversación. Periódicos que contrasten, escuelas que enseñen a preguntar, tribunales que documenten, universidades que discutan, organismos que recojan datos. Esos espacios no son perfectos ni neutrales, pero funcionan como soportes de la realidad compartida. Cuando se deterioran, por corrupción, por precariedad, por instrumentalización partidista o por descrédito sistemático, se debilitan las costuras que impiden que todo se reduzca a opinión. La posverdad se alimenta de esa erosión: cuando ya no confiamos en nadie, cuando todo nos parece sospechoso, los hechos y las ficciones se vuelven intercambiables.
Sobre este fondo se levanta el paisaje digital que habitamos a diario. Las redes y plataformas no están diseñadas para cuidar la verdad, sino para capturar nuestra atención. Un contenido asciende no porque sea preciso, sino porque genera reacción. Los mensajes que más se expanden no suelen ser los más matizados, sino los que indignan, asustan o acarician nuestras certezas. Los algoritmos nos devuelven una versión pulida de nosotros mismos: más de lo que ya pensamos, más de lo que ya sentimos. Así se levantan burbujas en las que casi todo lo que vemos confirma lo que esperábamos ver. Y, cuando por fin aparece algo que lo cuestiona, lo rechazamos de inmediato como manipulación.
Ese encierro sutil tiene un efecto profundo: la realidad deja de ser un territorio compartido y se fragmenta en pequeñas islas de percepción. Cada tribu tiene sus fuentes, sus “expertos”, sus cifras, su repertorio de historias. Lo que para un grupo es un hecho básico, para otro es propaganda. No es solo que haya desacuerdo en las conclusiones; es que ya no hay acuerdo en lo que está ocurriendo. Se pierde así la posibilidad de un “nosotros” que no sea puramente identitario. Nos queda el “nosotros” de la tribu, pero se desdibuja el “nosotros” más amplio de la ciudadanía que comparte un mundo, aunque discuta sobre él.
A la fractura se suma el cansancio. Contrastar información fatiga; detenerse a leer más allá del titular exige un tiempo que pocas veces tenemos. En un entorno saturado de estímulos, defender un mínimo de rigor se vive casi como una excentricidad. Es más cómodo deslizar el dedo, reaccionar en segundos, sumar un comentario rápido. La posverdad aprovecha esa fatiga: no necesita engañarnos con argumentos sofisticados, le basta con captar nuestro reflejo emocional. A menudo no compartimos una noticia porque estemos seguros de que es cierta, sino porque nos ha proporcionado una sensación: alivio, furia, sorpresa, pertenencia.
Las consecuencias de todo esto sobre la democracia son profundas. La deliberación política requiere al menos un puñado de hechos compartidos: cifras de paro, temperaturas, sentencias, datos de violencia, consecuencias de determinadas decisiones. Podemos discutir cómo interpretarlos, qué prioridades extraer, qué medidas tomar; pero si ni siquiera reconocemos el mismo suelo de realidad, la discusión se convierte en ruido. La política se degrada en guerra de relatos cerrados sobre sí mismos. No debatimos propuestas, sino identidades; no nos preguntamos qué hacer frente al mundo, sino quién merece hablar en su nombre.
Cuando los hechos pierden relevancia, el terreno se inclina a favor de quien tiene más poder para producir y amplificar narraciones: grandes medios, plataformas tecnológicas, aparatos propagandísticos, líderes con enorme visibilidad. La verdad, que siempre es frágil y exige trabajo, no puede competir con la eficacia del eslogan, del vídeo brillante, de la consigna fácilmente memorizable. No desaparece, pero se vuelve lateral, inoportuna. La posverdad no dicta qué debemos pensar; crea un ambiente en el que pensar con cuidado se vuelve improbable.
Todo esto no ocurre sólo en las alturas de la política. Se cuela en la vida diaria: en las conversaciones familiares, en los grupos de WhatsApp, en las discusiones entre amigos. A veces basta un tema delicado, una reforma, una huelga, una noticia sobre migración, para comprobar hasta qué punto habitamos realidades divergentes. Cada cual despliega sus enlaces, sus pantallazos, sus “datos”; pero lo que se está cruzando no son solo informaciones, sino universos de referencia. De pronto, descubrimos que no es tan sencillo responder a la pregunta: “¿Qué es lo que realmente está pasando?”.
Ante esta erosión, el cinismo se presenta como refugio. “Todos mienten”, “todo está manipulado”, “nada es fiable”. A primera vista suena a lucidez protectora. Sin embargo, es una defensa con un coste altísimo. Si nada merece confianza, dejamos de distinguir entre quien intenta trabajar con rigor y quien manipula sin pudor. Todo se vuelve gris. La voz honesta y la voz del demagogo se perciben como dos variantes del mismo juego. El cinismo nos libra del esfuerzo de discriminar, pero también nos priva de la posibilidad de reconocer y apoyar aquellas prácticas que, con todas sus limitaciones, sostienen el mundo común.
Hay otro efecto, quizá más íntimo: la forma en que se deforma la idea de valentía. En la esfera pública, se ensalza al que “dice las cosas como son”, aunque lo que diga no resista el mínimo contraste con la realidad. Se confunde el insulto con la franqueza, la grosería con el coraje. Frente a esa figura ruidosa, queda desdibujada otra valentía más discreta: la de quien se atreve a sostener hechos incómodos, aunque vaya a perder aplausos por ello; la de quien investiga, alerta, documenta, aun sabiendo que sus conclusiones molestan al poder. La posverdad aplaude los gritos, pero apenas escucha las voces que, con más esfuerzo que brillo, tratan de dar testimonio de lo que ocurre.
¿Qué queda, entonces, frente a este paisaje? Queda la necesidad de cuidar pequeños hábitos que devuelvan densidad a lo real. Preguntarnos, antes de compartir algo, de dónde sale, quién lo firma y qué gana con ello. Concedernos el lujo de leer algo entero y no solo el titular que nos sacude. Admitir, aunque duela, que a veces los datos contradicen lo que nos gustaría pensar. Aprender a decir “no lo sé” en lugar de improvisar una certeza. Diferenciar, en nuestro propio discurso, cuándo estamos hablando de hechos y cuándo estamos interpretando.
No se trata de abolir la emoción, no hay vida humana sin ella, sino de reconciliarla con la evidencia. Podemos indignarnos, pero quizá convenga preguntarse primero ante qué; podemos temer, pero conviene saber de qué. Nombrar la posverdad es, también, recordar que no todas las emociones son igual de responsables: hay miedos que se alimentan de fantasmas y otros que nacen de mirar de frente una amenaza real; hay esperanzas que se sostienen en promesas vacías y otras que se asientan en trabajos lentos, casi invisibles.
La posverdad no es un monstruo que viva fuera de nosotros. Cualquiera, puede desear que una noticia sea falsa porque no encaja con sus deseos, o puede aferrarse a un dato dudoso porque refuerza su posición. Posiblemente el único lugar desde el que resistir esta deriva sea ese reconocimiento: saber que la tentación de acomodar el mundo a nuestros relatos en lugar de ajustar los relatos al mundo está siempre ahí. Y, aun así, elegir, al menos algunas veces, incomodarnos un poco y revisar.
Si quieres saber más sobre mí: www.chusrecio.com





Muy bien dicho 👌. Lo incluimos en el diario 📰 de Substack en español?
Interesante artículo sobre la posverdad. Y Resaltó estas ideas:
- Lo específico de la posverdad no es que haya más falsedades que antes, sino que verdad y mentira dejan de ocupar lugares tan distintos.
- Las redes y plataformas no están diseñadas para cuidar la verdad, sino para capturar nuestra atención.
- En un entorno saturado de estímulos, defender un mínimo de rigor se vive casi como una excentricidad.
- Cuando los hechos pierden relevancia, el terreno se inclina a favor de quien tiene más poder para producir y amplificar narraciones
https://pensandum.substack.com/p/por-que-tendemos-a-creer-en-todo