Aquella mañana me levanté decidida a convertirme en una persona inalterable.
No en el sentido admirable del término, sino en el práctico: alguien a quien las cosas le ocurren sin necesidad de desplegar una teoría completa sobre ellas. No fue un arrebato. Fue una decisión pensada, meditada, casi solemne. De hecho, podría decirse que hubo un antes y un después. El antes, caracterizado por una ligera tendencia a sobre interpretar la realidad. El después —que comenzaba en ese preciso instante—, destinado a una existencia serena, contenida y, sobre todo, ajena a cualquier tipo de delirio interpretativo.
Me sentí bien.
Incluso tuve un momento de cierta superioridad moral hacia mi yo anterior. Pensé: por fin. Por fin alguien al mando. Por fin una versión de mí que no necesita convertir cada gesto ambiguo en un seminario intensivo sobre las relaciones humanas.
Duré treinta y ocho minutos.
Treinta y ocho minutos de una estabilidad ejemplar. No miré el móvil. No pensé en nada sospechoso. No elaboré teorías. Podría haber escrito un libro de autoayuda en ese intervalo. Breve, pero sorprendentemente convincente.
Y entonces llegó el mensaje.
Un mensaje completamente inocente. Tan inocente que, de hecho, podría no significar absolutamente nada. Lo cual, por supuesto, lo convertía en el material perfecto para empezar a significarlo todo.
Lo leí.
Y en ese mismo instante, sin previo aviso, mi estabilidad emocional se levantó, recogió sus cosas y se fue sin despedirse. No de forma dramática. No hubo crisis.
Primero, una lectura neutra. Después, una segunda lectura ligeramente más atenta. Luego una tercera, ya con subrayado mental incluido. A partir de ahí, todo fluyó con una naturalidad preocupante.
Empecé a analizar el tono. Luego la intención. Después la posible intención de la intención. Y, en un momento dado, me encontré valorando hipótesis que requerían, como mínimo, tres doctorados y una estancia de investigación en otro continente.
En algún punto pensé: esto es absurdo. Pero lo pensé con el mismo rigor con el que estaba desarrollando la teoría, así que no tuvo ningún efecto. Continué.
Había algo casi admirable en la precisión del autoengaño. No era un caos emocional; era una arquitectura. Una construcción sólida, coherente, perfectamente argumentada… y completamente innecesaria.
Lo más inquietante es que, mientras ocurría, yo era consciente.
Había una parte de mí que observaba la escena con los brazos cruzados, como quien ve una película que ya ha visto.
—Esto no va a acabar bien —pensaba.
—Ya, pero está interesante —respondía otra parte.
Así que seguí. No escribí nada. No dije nada. No hice absolutamente nada. Salvo reconstruir, en mi cabeza, una historia completa que incluía intenciones, dudas, posibles futuros y una ligera tragedia final. Todo a partir de un mensaje que decía, básicamente, nada.
Horas después, como siempre, todo se desinfló. Sin épica. Sin revelación. Simplemente dejó de sostenerse.
Y ahí estaba yo, de nuevo, frente a mí misma, con esa sensación tan particular de haber invertido una cantidad considerable de inteligencia en algo profundamente inútil. Suspiré. Y con una serenidad que, esta vez, incluía un ligero matiz de escepticismo, volví a tomar una decisión:
A partir de ahora, iba a ser una persona inalterable.
No sé cuánto duró esa segunda vez.
Pero quiero pensar que al menos superé los treinta y ocho minutos.



