Una antropología del miedo.
Qué dice de nuestra especie priorizar la capacidad de destruir frente a la tarea de cuidar.
La noticia publicada ayer en El País sobre cómo la UE está desplazando la inversión desde la salud (investigación sobre el cáncer) hacia la defensa (armamento) podría leerse, en una primera aproximación, como un reajuste técnico de prioridades: el mundo se ha vuelto más incierto, los gobiernos reaccionan, los presupuestos se reordenan. Sin embargo, si se la mira con una atención menos contable y más humana, lo que se deja ver no es solo un movimiento de cifras, sino un autorretrato: una imagen involuntaria de lo que somos cuando el miedo compite con el cuidado. En ese desplazamiento hay una pregunta antropológica que rara vez se formula de manera explícita: ¿qué dice de nuestra especie que fortalezcamos antes la capacidad de destruir que la capacidad de sanar?
Hay decisiones que no describen únicamente un plan; describen un temperamento colectivo. Arendt diría que la política funda mundo, y que lo funda tanto por lo que protege como por lo que deja caer. Pero, desde un punto de vista antropológico, lo decisivo es otra cosa: lo que una comunidad prioriza revela la jerarquía íntima de sus miedos, de sus deseos de control, de su idea de humanidad. Y en este giro parece latir una confesión: nos resulta más natural organizarnos alrededor del enemigo que alrededor del vulnerable.
El primer rasgo que revela este desplazamiento es nuestra tendencia a buscar un adversario exterior para explicarnos a nosotros mismos. Carl Schmitt formuló crudamente la matriz: lo político nace cuando distinguimos amigo y enemigo. Esa gramática no es solo un mecanismo institucional; es una inclinación humana: necesitamos un “afuera” amenazante para producir cohesión, para simplificar el caos, para convertir la incertidumbre en relato. El cáncer, en cambio, no sirve para eso. No viene de fuera, no tiene rostro enemigo, no permite dibujar fronteras morales limpias. Su amenaza es íntima, opaca, sin dramaturgia. Por eso exige otra forma de organización: menos épica y más perseverancia; menos proclamación y más continuidad. Y quizá ahí se entiende su fragilidad política: la lucha contra el cáncer nos obliga a mirarnos sin coartada, a aceptar que lo que nos hiere no siempre es “el otro”, sino la propia condición de estar vivos.
El segundo rasgo es aún más incómodo: la especie humana parece sentirse más segura acumulando fuerza que construyendo cuidado. La defensa ofrece una promesa inmediata de control. Es el sueño de la fortaleza: blindaje, disuasión, superioridad técnica. La sanidad, en cambio, no promete control, sino compañía frente a lo incontrolable. No garantiza victoria; garantiza compromiso. Y aquí se abre una grieta: preferimos la ilusión de omnipotencia que trae la fuerza, antes que la humildad que exige el cuidado. Simone Weil lo vio con claridad: la fuerza no solo mata, también fascina, porque convierte el mundo en algo manejable, en una geometría de objetivos y daños. El cuidado, por el contrario, no simplifica. Te obliga a permanecer en la complejidad de los cuerpos, en la lentitud de lo reparable, en la impotencia de lo que no se resuelve con voluntad.
El tercer rasgo tiene que ver con nuestro modo de valorar las muertes. Hay muertes que la política considera intolerables porque son narrables, espectaculares, colectivas, y porque amenazan el relato de estabilidad. Y hay muertes que se vuelven “administrables” porque son dispersas, cotidianas, estadística que no interrumpe la normalidad. El cáncer pertenece a esta segunda categoría: es la catástrofe que no estalla, sino que se derrama lentamente sobre la vida común. Y eso dice algo perturbador de nosotros: toleramos con sorprendente facilidad el sufrimiento continuo cuando no produce imagen, cuando no reúne multitudes, cuando no convoca un relato heroico. Nos conmueve más lo extraordinario que lo estructural. Reaccionamos mejor ante el incendio que ante la humedad que pudre las paredes.
El cuarto rasgo es el más grave, porque se instala sin hacer apenas ruido: la normalización del abandono. Cuando la investigación, la prevención o los sistemas de atención pierden prioridad, el mensaje antropológico es tácito, pero claro: hay vidas que pueden esperar, cuerpos que pueden soportar la demora, muertes que entran dentro de un margen tolerable. Foucault mostró que el poder moderno no se define solo por la violencia directa, sino por la administración diferencial de la vida: quién recibe cuidados, quién recibe demora, quién recibe abandono. Y el abandono, precisamente, es la forma más silenciosa de la crueldad: no golpea, no grita, no se declara; simplemente deja de sostener.
El quinto rasgo revela una mutación de nuestra idea de seguridad. Hemos empezado a confundir seguridad con control. Seguridad ya no significa “vida vivible”, sino “capacidad de respuesta ante amenazas”. Es una seguridad que se construye como armadura y no como tejido. Pero las armaduras protegen, sí, a costa de rigidizar. Se gana resistencia y se pierde sensibilidad. Se gana capacidad de reacción y se pierde comunidad. Y una especie que sacrifica sensibilidad por resistencia empieza a parecerse demasiado a aquello que teme: se vuelve fría, defensiva, incapaz de atender lo íntimo. Byung-Chul Han ha descrito cómo la obsesión contemporánea por la seguridad y la eliminación de lo negativo termina produciendo nuevas violencias: aislamiento, desconfianza, cierre. En ese sentido, el aumento de lo defensivo no solo responde a un mundo hostil: contribuye a fabricarlo.
Todo esto nos conduce a una conclusión antropológica: no es que “la humanidad sea mala”, ni que toda defensa sea inmoral. Es algo más inquietante: cuando la incertidumbre crece, tendemos a abrazar lo que nos promete control inmediato, incluso si eso implica debilitar aquello que sostiene la vida cotidiana. Preferimos la potencia de la amenaza a la paciencia del cuidado. Elegimos la seguridad entendida como capacidad de herir antes que la seguridad entendida como capacidad de sostener.
Hans Jonas hablaba del principio de responsabilidad: actuar de modo que los efectos de nuestras decisiones sean compatibles con la permanencia de una vida humana auténtica. La pregunta, entonces, deja de ser presupuestaria y se vuelve casi esencial: ¿qué tipo de especie queremos ser cuando el futuro oscurece? ¿La que se organiza alrededor de la fragilidad compartida o la que se organiza alrededor del enemigo imaginado? ¿La que invierte en sanar o la que invierte en poder destruir?
Y quizá la respuesta más cruda sea ésta: lo que hacemos con el dinero público es, en realidad, lo que hacemos con nuestra idea de humanidad. Un laboratorio que investiga células tumorales, un hospital que sostiene cuerpos agotados, una fábrica que perfecciona armamento: tres espacios, tres liturgias, tres formas de fe. Elegir una por encima de las otras no es solo “gestionar prioridades”; es decidir qué veneramos.
Si la especie humana se define, en parte, por aquello que cuida, este desplazamiento no describe únicamente una estrategia europea: describe un movimiento interior. Como si, ante el miedo, nos resultara más fácil imaginar cómo destruir que imaginar cómo sostener. Como si tuviéramos más imaginación para la amenaza que para el amparo. Y esa, es la herida antropológica: no que podamos matar (eso lo han hecho muchas especies), sino que sepamos convertir la posibilidad de matar en proyecto, en presupuesto, en normalidad, mientras el cuidado, que debería ser lo primero, pasa a mendigar su lugar.
Si quieres saber más sobre mí: www.chusrecio.com





Yo creo que este cambio es más político que antropológico
En primer lugar porque el contexto de la UE es, en estos mimentos binario: cañones o mantequilla
Y en segundo lugar porque las decisiones de ámbito supranacional no llegan a la ciudadanía: ¿Quién conoce esa noticia?
Por supuesto que la reflexión antropológica es pertinente, y claro que las raíces de nuestras decisiones se hunden en nuestra evolución como especie, pero, hoy, en estos momentos, lo más terrible para mí es la desconexion entre la política y lis ciudadanos, las capas de burocracia y desinformación que nos separan.
En cualquier caso, este es solo un humilde comentario a un excelente post.
Muy interesante 😃. Lo incluimos en el diario 📰 de Substack?