Me pongo delante del espejo con la cámara en la mano. No es la primera vez. He intentado esto docenas de veces, a lo largo de los años. El autorretrato. La foto que dice quién eres cuando nadie te mira. Miro mi cara en el cristal y pienso: esta no soy yo. O: esta soy yo pero no la reconozco. Levanto la cámara y el espejo se convierte en escenario, y yo soy actriz y directora a la vez, y ya sé que la foto será mentira porque solo sé actuar versiones de mí misma, nunca la que queda cuando la cámara no está.
Ninguna de esas caras es la que tengo cuando miro a mi perro por la mañana, sin pensar en ser vista. Ninguna es la que tengo cuando cuelgo el teléfono con mi madre y quedo quieta. Ninguna es la de la niña de la plaza. Esa cara no la tengo yo. Yo sé ya cómo disimular. Pienso en todas las fotos que he hecho. Si las alineara como piezas de un puzle, ¿formarían mi cara? No. Formarían el borde de lo que no se ve. El espacio entre una foto y otra. La pausa entre el clic y el recuerdo. El dedo que no aprieta. La página que empieza con una sola palabra. El perro que mira la lluvia sin que yo lo vea. La silla vacía. El sonido del hacha. La luz de las seis de la mañana. Todo eso soy.
Ninguna foto lo contiene. La cámara enfoca, recorta, fija. Yo soy lo que se escapa por los cuatro lados del encuadre, lo que no se queda nunca dentro de las líneas. Sigo mirándome en el espejo. Sigo sin reconocerme del todo. Y en ese no reconocimiento, en esa distancia que nunca cierro, hay algo que empieza a parecerse a la verdad. No la verdad con mayúsculas. Otra. La verdad pequeña y terca de ciertas cosas que permanecen.
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