Mi universo se hallaba confinado entre las cuatro paredes de mi habitación, un bosque frondoso de palabras donde las estanterías, cual árboles ordenados en filas simétricas, albergaban historias con forma de libro. Cada tarde, al regresar del colegio y después de saludar y contestar cuidadosamente a las preguntas que mi padre me inquiría, cruzaba el umbral de mi refugio y emprendía un viaje de ensueño. Cada tarde, mis ojos recorrían los lomos de mis libros buscando, en sus páginas, nuevos destinos a los que escapar. Cada tarde, mi alma encontraba paz en aquella pequeña habitación.
Pero aquella tarde sería diferente. La sombra de una conversación pendiente con mi padre se cernía sobre mí; una charla que, aun siendo intrascendente, amenazaba con desatar una nueva tormenta en casa. Estaba decidida a confesarle que no quería asistir a la fiesta de fin de curso, noticia que, sabía, provocaría un nuevo capítulo en el drama familiar reavivando la imagen de "mal padre" que él imaginaba que el mundo le había conferido como consecuencia de tener una hija diferente.
Caminando hacia mi casa desde el colegio busqué, en mi cabeza, las palabras para comunicarle la decisión que había tomado. Entré en casa y lo encontré, como cada tarde, impregnando el salón con el humo de sus cigarros y con el sonido de las noticias que el televisor, bajo su mando, gritaba sin descanso. Como cada tarde me acerqué a él para besar su mejilla y como cada tarde, me preguntó cómo había ido el día en el colegio mientras señalaba con su mano izquierda la cocina como forma de pedirme que le trajera un vaso de vino.
—Bien, papá. Hoy he aprendido muchas cosas en clase.
—Cuéntame, ¿Qué te han enseñado hoy? —dijo mientras asfixiaba, con una bocanada de humo, una de las flores casi marchitas del papel que cubría las paredes del salón.
—Hoy hemos aprendido sobre la historia de España contesté, sabiendo que él conocía bien, al menos una parte de esa Historia y asegurándome así no poner de manifiesto su falta de cultura.
—Yo conozco bien la historia de España porque, aunque era un niño, viví intensamente la guerra civil. Pasé hambre y sufrimiento. No sabes la suerte que tienes de haber nacido en esta época —dijo mientras subía, aún más, el volumen del televisor.
Oía su voz, pero no escuchaba sus palabras. Estaba concentrada en lo que tenía que decirle. Respiré profundamente, cruzando los dedos y con una voz como un hilo de seda continué la conversación.
—¡Claro papá! Tú sabes mucho —dije sabiendo que esta respuesta apaciguaría su ego desmedido e hincharía su pecho de orgullo—.
Continué la conversación esperando que mi tono monótono no despertara su interés y la noticia pasara, así, desapercibida.
—En el cole van a hacer un baile de fin de curso. Hoy en el recreo hemos estado hablando sobre cómo tenía que ser el vestido para la fiesta. Yo no quiero ponerme un vestido de fiesta, papá. Yo no quiero ir al baile.
Entonces, un trueno retumbó en el salón debido al golpe que mi padre asestó a la mesa. Se levanto bruscamente, como impelido por un resorte oxidado. Apartó el cigarrillo de sus labios dejando escapar una voluta de humo que se arremolinó en el aire a modo de presagio y con sus manos aferradas a mis hombros sacudiendo mi pequeño cuerpo como si fuera un junco agitado por la tormenta gritó:
—¿Cómo que no quieres ir al baile?, tienes que ir. No es necesario que bailes, puedes estar allí con tus amigas hablando. A todas las chicas les gusta ir al baile, ¿por qué tienes que ser tan rarita?, ¿por qué tienes que hacerme esto?, ¿por qué no te comportas como una chica normal?, ¡Dios!, ¡qué he hecho yo para que me toca una hija como esta!
Su voz era un vendaval que arrasaba con todo a su paso, dejando solo el eco del miedo en mis oídos. Mirando al suelo y con las manos temblorosas intenté contestarle, decirle que no quería ir porque las otras chicas se reían de mí, porque en realidad no tenía amigos en el colegio, porque no sabía mantener una conversación sin alma y el resto de las chicas únicamente hablaban de vestidos y de chicos, y de cortes de pelo y de viajes de verano…, pero no pude.
Comencé a llorar y mi padre con un grito agudo que rasgaba el aire dejando un rastro de olor a alquitrán y vino rancio me dijo que me marchara a mi habitación.




Esa prosa, que da forma, color y peso a las emociones que se transitan... Una lectura que llega lejos.