La identidad como jaula
Ser no es un sustantivo, sino una forma inacabada de ir siendo.
Hace unos días, en una conversación, alguien formuló una idea que se quedó enredada en mi cabeza: quizá hemos sustantivado el ser. Quizá lo hemos convertido en una cosa, en una identidad fija, en una definición, cuando ser es, antes que nada, un verbo.
La intuición no es nueva. Heidegger ya advirtió, desde otro lugar, el peligro de confundir el ser con un ente, de tratarlo como si fuera una cosa disponible ante nosotros. Pero aquella frase, dicha casi al pasar, me interesó menos como problema académico que como herida cotidiana: ¿qué nos ocurre cuando decimos “yo soy” como si firmáramos una sentencia? La herida empieza precisamente ahí, en la forma en que algunas palabras, al pronunciarlas demasiado deprisa, dejan de respirar.
Se endurecen. Pierden temperatura de aquello que nombran y empiezan a funcionar como pequeñas piedras dentro de la boca. Una de esas palabras es ser. Decimos “yo soy” con una seguridad que a menudo no procede del conocimiento, sino del cansancio. “Soy así”, “soy sensible”, “soy fuerte”, “soy raro”, “soy incapaz”, “soy artista”, “soy una persona difícil”, “soy alguien que no sabe”, “soy alguien que no puede”. Lo decimos como si estuviéramos describiendo una evidencia, cuando quizá estamos levantando una pared. Lo decimos como si nombrar fuera comprender, cuando a veces nombrar es apenas la forma más elegante de encerrar.
La paradoja es que ser, antes que sustantivo, es verbo. Y un verbo no designa una cosa quieta, sino una acción, un proceso, un acontecimiento. Ser no debería remitir a una pieza inmóvil colocada en el centro de una identidad, sino a una duración que se despliega en el tiempo. Nadie es de una vez para siempre. Nadie coincide enteramente con la frase que utiliza para explicarse. Nadie cabe del todo en el nombre que le dieron, en el carácter que le atribuyeron, en la herida que lo marcó, en el miedo que lo acompaña o en la vocación que eligió como refugio. Vivir es estar siendo. Y estar siendo implica no haber terminado todavía.
Sin embargo, nuestra cultura parece necesitar que el ser se comporte como una cosa. Nos pide definiciones, perfiles, categorías, etiquetas, diagnósticos, identidades reconocibles, biografías ordenadas. Nos pregunta quiénes somos como si la respuesta pudiera caber en una frase estable. Incluso cuando pretende liberarnos, muchas veces lo hace mediante nuevas formas de clasificación: nuevas etiquetas, nuevas pertenencias, nuevas casillas desde las que volver a explicarnos. Ya no se trata sólo de conocerse, sino de formularse. De convertirse en un relato inteligible. De poder decir: esto soy, esto represento, esto deseo, esto ofrezco, esto me diferencia. En la época de la marca personal, el yo debe volverse legible, coherente, identificable y, si es posible, vendible. La complejidad estorba porque no cabe bien en una presentación breve.
La identidad, en este contexto, deja de ser una pregunta y se convierte en una superficie de exposición. Hay que saber presentarse, definirse, resumirse, diferenciarse. Hay que responder a la vieja pregunta de quién soy con la eficacia de una ficha, de un perfil, de una biografía profesional, de una descripción en redes sociales. El yo se administra como una marca: debe tener tono, coherencia, continuidad, promesa. Debe poder ser reconocido de un vistazo. Pero lo vivo no siempre admite esa nitidez. Lo vivo cambia de dirección, se contradice, retrocede, duda, ensaya, se desmiente, vuelve a empezar. Hay días en los que uno no coincide con la imagen que construyó para poder sostenerse. Hay épocas enteras en las que la identidad que antes nos sostuvo empieza a quedarnos estrecha, como una ropa antigua que conserva nuestra forma pero ya no nuestra respiración.
Esa exigencia de coherencia produce fatiga. No solo tenemos que vivir: tenemos que parecernos continuamente a la versión de nosotros mismos que los demás han aprendido a reconocer. Quien fue fuerte debe seguir pareciéndolo. Quien fue frágil queda bajo sospecha cuando se afirma. Quien fue discreto parece traicionarse cuando ocupa espacio. Quien fue herida demasiadas veces acaba sintiendo que debe conservar la herida para no perder la legitimidad de su relato. Así, la identidad se transforma en un contrato invisible. No nos ata únicamente lo que somos, sino lo que los demás esperan que sigamos siendo para no tener que conocernos de nuevo.
Ahí empieza una forma de violencia. No la violencia visible de quien impone una identidad desde fuera, sino la violencia más íntima de quien termina obedeciendo la definición que ha construido sobre sí mismo. “Soy así” puede parecer una afirmación de autenticidad, pero también puede ser una renuncia al movimiento. A veces no significa “me conozco”, sino “he dejado de preguntarme”. A veces no expresa fidelidad a una verdad interior, sino miedo a modificarla. La frase se vuelve cómoda porque evita la intemperie de la transformación. Si soy así, ya no tengo que atravesar la incomodidad de cambiar. Si soy así, mis límites parecen destino. Si soy así, mis heridas adquieren la dignidad engañosa de una esencia.
Muchas de nuestras definiciones nacieron, además, como defensa. No siempre fueron cárceles desde el principio. A veces uno dijo “soy así” para proteger una zona de sí que había sido negada demasiadas veces. A veces dijo “soy sensible” porque el mundo llamaba exageración a su manera de sentir. A veces dijo “soy raro” porque era menos doloroso apropiarse de la palabra que seguir recibiéndola como una piedra. A veces dijo “soy fuerte” porque no había nadie cerca para sostenerlo. A veces dijo “soy incapaz” porque alguna voz había confundido su miedo con una verdad definitiva. Muchas identidades empiezan como abrigo. El problema llega cuando olvidamos quitárnoslo al entrar en casa.
Porque una palabra que en un momento nos salva puede, con el tiempo, empezar a impedirnos vivir. Lo que un día nos permitió comprender una herida puede convertirse después en el marco desde el que interpretamos todo cuanto ocurre. Entonces ya no vemos la experiencia: vemos la confirmación de nuestra antigua frase. Si algo nos duele, decimos: claro, soy demasiado sensible. Si algo nos exige, decimos: claro, soy incapaz. Si algo nos llama, decimos: claro, eso no es para mí. La identidad cerrada no solo describe el pasado; organiza el futuro. Decide de antemano qué podemos intentar, qué debemos temer, qué debemos evitar, qué forma de vida nos está permitida.
La filosofía ha sospechado muchas veces de esa tentación de fijar lo vivo. Sartre afirmó que la existencia precede a la esencia: no nacemos definidos de una vez por todas, sino arrojados a la tarea difícil, ambigua y muchas veces dolorosa de hacernos. No somos una cosa cerrada, sino una libertad en situación. Ortega, al decir “yo soy yo y mi circunstancia”, impidió pensar el yo como una sustancia aislada, pura, autosuficiente. Somos también aquello que nos rodea, lo que nos hiere, lo que nos llama, lo que nos limita, lo que nos ofrece resistencia. Heidegger, desde otra profundidad, recordó que la pregunta por el ser no puede reducirse a la enumeración de los entes, de las cosas disponibles, clasificables y dominables. El ser no es simplemente algo que está ahí como un objeto sobre la mesa. Tiene más que ver con el aparecer, con el abrirse, con el modo en que algo acontece.
Pero quizá no hace falta acudir solo a la filosofía para comprenderlo. Basta mirar la propia vida con un poco de honestidad. Basta encontrar una fotografía antigua, escuchar una frase que dijimos hace años o recordar una decisión que entonces nos parecía inevitable para advertir que también nosotros hemos sido extranjeros de nuestras propias certezas. ¿Cuántas veces hemos dejado de ser aquello que creíamos inamovible? ¿Cuántas convicciones se han agrietado dentro de nosotros sin que el mundo se derrumbara? ¿Cuántas formas de miedo han perdido fuerza con los años? ¿Cuántas certezas que defendimos como una casa resultaron ser apenas un refugio provisional? La vida está llena de antiguas identidades abandonadas, aunque rara vez celebremos ese abandono. Preferimos llamar madurez a la estabilidad, cuando quizá también haya madurez en la capacidad de desprenderse de una versión propia sin convertir esa pérdida en fracaso.
Hay una melancolía particular en dejar de ser quien uno fue. Incluso cuando el cambio libera, algo se queda atrás. Una manera de mirar. Una fidelidad. Una forma de protegerse. Una imagen de sí construida con paciencia, con miedo, con deseo, con necesidad de pertenecer. Por eso no siempre cambiamos alegremente. A veces cambiar duele porque nos obliga a despedirnos de una identidad que, aunque nos limitaba, también nos había acompañado. No toda jaula se reconoce como jaula mientras ofrece calor. No toda prisión se abandona sin nostalgia.
Quizá por eso resulta tan empobrecedor convertir la identidad en una forma cerrada. Porque, al hacerlo, confundimos el mapa con el viaje. Una definición puede orientarnos durante un tiempo, pero no debería convertirse en domicilio definitivo. Decir “soy sensible” puede ayudarnos a comprender una manera de estar en el mundo, pero también puede impedirnos descubrir otras formas de fortaleza. Decir “soy artista” puede nombrar una vocación profunda, pero también puede transformarse en una exigencia de coherencia permanente. Decir “soy raro” puede rescatar una diferencia que antes dolía, pero también puede dejarnos viviendo para siempre en el margen que otros nos asignaron. Toda identidad tiene una doble cara: puede ser refugio o prisión, reconocimiento o condena, casa o jaula.
El problema no está en nombrarnos. Necesitamos palabras para no disolvernos en lo informe. Necesitamos relatos para comprender la continuidad de nuestra vida. Necesitamos decir “yo” para poder responder ante el mundo. Pero quizá deberíamos aprender a usar esas palabras de otro modo: no como sentencias, sino como aproximaciones; no como clausuras, sino como estaciones provisionales; no como definiciones totales, sino como formas temporales de orientación. Decir “soy” debería parecerse menos a cerrar una puerta y más a dejar una ventana entreabierta. Algo entra, algo sale, algo cambia de luz.
Frente a la obligación contemporánea de tener una identidad clara, rentable y comunicable, habría que defender el derecho a no estar concluido. El derecho a no coincidir siempre con uno mismo. El derecho a revisar las frases con las que una vez intentamos salvarnos. El derecho a dejar de ser aquello que dijimos ser cuando no conocíamos otra manera de nombrarnos. El derecho a que una herida no se convierta en carácter, a que un miedo no se convierta en destino, a que una vocación no se convierta en máscara, a que una diferencia no se convierta en frontera. El derecho, en definitiva, a no quedar encerrado en la forma que alguna vez nos permitió soportar el mundo.
Madurar no consiste en descubrir por fin quiénes somos, como si hubiera una respuesta escondida esperando intacta en alguna habitación interior. Creo que madurar consiste en aprender a acompañar nuestro propio devenir sin exigirle una forma definitiva. Ser no como posesión, sino como tránsito. Ser no como estatua, sino como respiración. Ser no como sustantivo, sino como verbo.
Porque nadie es del todo. Uno va siendo.
Y estoy convencida de que, en ese gerundio, frágil e inacabado, hay más verdad que en todas nuestras definiciones.
Si quieres saber más sobre mí: www.chusrecio.com




Esclarecedor, impecable...Gracias.
Desconozco si esta frase la escribió o pronunció de forma literal, pero sí he encontrado esta idea de Oscar Wlide, formulada por él, en forma parecida. "Si usted me conoce basado en quien yo era hace un año, usted ya no me conoce. Mi evolución es constante. Permítame presentarme de nuevo."
Resume bien la reflexión que has hecho en este artículo, que viene a cuento para todos.