Desde siempre he utilizado el dibujo automático como un refugio, una vía de escape que, sin esfuerzo consciente, me permite apartarme de todo aquello que me incomoda. En mi niñez, cuando las voces de mis padres se alzaban en discusiones interminables llenando la casa de tensiones y de ruidosos silencios, en los momentos en los que la soledad me visitaba, los juegos en el patio no incluían mi nombre o las miradas de otros niños se volvían inquisitivas y extrañas, cuando los días se volvían grises y la sensación de ser incomprendida se hacía más presente, entonces me refugiaba en ese acto casi ritual. Ahora, ya adulta, ese mismo camino hacia la evasión se presenta en reuniones donde las palabras giran en círculos vacíos y las horas se diluyen en una maraña de conversaciones que no llegan a ninguna parte, en la soledad de la madrugada, cuando el insomnio se apodera de mi mente y las preocupaciones de la vida cotidiana revolotean alrededor de mis pensamientos, en los momentos en los que enfrento decisiones importantes que parecen bifurcarse en un sinfín de posibilidades que arrastran consigo la carga del miedo a equivocarme… En esos momentos, mi mente, buscando un respiro, deja que la mano dibuje sin control, como si mi cuerpo, por sí solo, supiera lo que necesito. En cada trazo, en cada línea que surge de mi mano sin un plan preconcebido, mi alma encuentra calma.
En ese universo gráfico una imagen se repite con insistente constancia: un árbol desnudo, con múltiples ramas, un agujero enorme en su tronco y una última hoja cayendo.
Tiene mi árbol múltiples ramas dirigiéndose hacia el firmamento, como tentáculos que buscan aferrarse a algo más allá de sí mismas, en un anhelo profundo de conexión, de búsqueda de un abrazo fraterno que nunca llega. Esas ramas entrelazadas, se tornan cadenas invisibles que convierten el mundo exterior en inalcanzable, provocándome la sensación de estar atrapada en un espacio interior sin límites ni consuelo.
Tiene mi árbol en el centro de su ser, un enorme agujero como un vacío profundo, una herida ancestral, una grieta que permanece inmutable a lo largo del tiempo. Es una cavidad que absorbe la luz, un abismo que engulle el sonido, un hueco que pareciera contener el eco de todo lo que alguna vez faltó, como si su esencia misma hubiese sido esculpida por la ausencia. Esta sima interminable es un lugar donde los ecos de lo no dicho resuenan, donde se acumulan los temores que nunca se han nombrado. Un recordatorio de que incluso en la existencia más firme, siempre hay un espacio reservado para lo que no se ve, para lo que no se fue, para lo que pudo ser. Ese agujero es símbolo de mi propio centro, de mi herida y del vacío que aún mantiene la esperanza de ser habitado por promesas.
Tiene mi árbol una última hoja suspendida entre el ser y el no ser, entre la vida y la muerte, entre el fin y el comienzo. Sin ropas, se yergue solitario. Desnudo de certezas se siente vulnerable ante el viento que le susurra promesas de cambio. Esa hoja solitaria desciende silenciosa hasta la tierra sabiéndose el último vestigio de un ciclo que se agota, y al mismo tiempo, la promesa de una primavera que ya late en las raíces del tiempo.




Muchas gracias por compartir lo que anida en tu árbol. Que como un derviche eleva sus brazos al cielo y con sus pies horada una sima en la que habitan en suspensión todos los secretos, vulnerabilidades, fragilidadades, incertidumbres…
Creo que muchas personas como yo nos identificamos con ese agujero negro de nuestro universo íntimo. Ese abismo que parece absorber sin fin nuestros miedos más profundos.
Ese hueco existe en el imaginario individual, pero está lleno de vida, de nuestra vida. La de cada persona. Alberga un recorrido que nos mece y en ocasiones desemboca en pesadillas, pero otras veces nos alumbra y en definitiva nos hace ser como somos, celebremos cada herida/hallazgo por ello.
Gracias de nuevo Chus por seguir abriendo puertas con tus reflexiones que provocan otras nuevas y muchos descubrimientos.
No puedo dejar de identificarme con algunos de tus pensamientos. Gracias por expresarlo y compartirlo.